Eve La bruma del sueño se aferraba a mí como una amante celosa, negándose a soltarme incluso cuando el tenue resplandor del amanecer comenzaba a filtrarse por entre las cortinas mal cerradas. Mis párpados, pesados y tibios, apenas podían mantenerse abiertos. El cuerpo me dolía dulcemente, como si cada músculo llevara impreso el recuerdo del deseo. Había caído rendida en los brazos de Aarón, exhausta, jadeante, casi desmayada, después de una noche que parecía no tener fin. No le bastó con mi sofá ni con mi cama. Me tomó en la ducha, con el agua caliente resbalando entre nuestros cuerpos aún empapados de sudor y lujuria. Me tuvo contra la pared, en el piso de la cocina cuando fuimos, ingenuamente, por un vaso de agua, y luego, una vez más, en mi cama, como si necesitara asegurarse de dej

