Adriano. La miré muy segura de lo que me estaba diciendo, así que sin perder tiempo y sin desabrochar los botones de la camisa metí mis manos por debajo de la prenda muy lentamente, acariciando los laterales de sus muslos subiendo poco a poco a su cintura siguiendo el mismo patrón de caricias recorriendo su piel hasta irme a su espalda donde desabroché el sostén en menos de tres segundos. Su piel se erizó por completo ante mi tacto, y pude presenciar el momento en donde sus labios se resecaron. —Aquí tienes, Anastasia — le pasé el sostén sacándolo por debajo de la camisa. Ella me miró asombrada, pero no emitió palabra alguna. Se dió vuelta frente al tocador, le sacó uno de los tirantes y llevó sus manos a su cabellera volviéndome a lucir ese gran trasero. Allí me di cuenta que su b

