Adriano.
— Me he encargado de llamar a tu novia, viene por ti a recogerte. Ya te he depositado dinero a tu cuenta y he cubierto los gastos médicos. Ya escuchaste a la Dra. reposo y tomate los medicamentos para los dolores y la inflamación. Tienes quince días de licencia — le dije mirándolo sentado en la silla de ruedas después de ser curado en emergencias.
Soy un mafioso pero a mis empleados ante cualquier situación yo respondo por su salud y los gastos médicos. Somos cabrones pero humanos.
—Gracias Señor Adriano —
—¿Ya se va mi último paciente de hoy? — le preguntó Anastasia apareciendo en la sala entregándole una lista de medicamentos.
—Si, su novia viene por él. Tienen suerte esos que tienen chicas que se preocupen por ellos — emití de atrevido mirándola observarme y sonreír.
—De ser así espero que se mejore Tomas, yo debo de ser esa chica que se preocupe ahora por su jefe y le tome la presión para ver que todo marche bien en él ahora. Me lo llevaré quedándome tranquila de que vienen por usted — le dijo a Tomas quien me miró pícaramente.
Yo le guiñé un ojo sin que ella me viera.
—Gracias Dra.—
Yo sonreí para mis adentros por las palabras que ella le dijo, ella será esa chica que se preocuparía por mi ahora. Y por favor, no dijo eso solo por cumplir con su trabajo, claro que no. Yo lo sé.
Ella me guió a su consultorio después de caminar por los largos pasillos fríos de aspectos tan tenebrosos para mí, siempre me encontraré los hospitales el lugar más terrible después de los cementerios, pues las personas nunca quieren ir.
Me senté en una silla y ella hizo lo mismo frente a mí. Me saqué la chaqueta de cuero sintiendo sus ojos clavados en mí y me gustaba sentirlos, saber que me prestaba atención.
—No puede hablar, puesto que eso afectaría a los valores marcados. Relaje el brazo y no apriete la mano —me indicó.
—Que mandona, yo que soy desobediente— Emití mirándola sonreírme a medias. —¿Tengo que quitarme la camiseta? — pregunté a propósito sabiendo que no, pero quería ver su reacción.
Rio muy por debajo haciendo que sus mejillas se tornaran muy rojas y me hiciera morderme los labios.
—No por Dios, ahora no es necesario. Es su brazo el que voy a utilizar — me contestó entre risas.
Por mi utiliza todo lo que quieras, Anastasia. No solo mi brazo.
¿Que mierda me sucede?
— ¿Qué edad tiene? — me preguntó.
—28 — le contesté mirándola asentirme.
Me realizó la prueba colocando un esfigmomanómetro de mercurio en el brazo a la altura del corazón y auscultando el latido en la arteria interna del brazo con un fonendoscopio.
—Esta presión no me gusta, tráteme suave, Doc.— me quejé con ella.
—¿Cual presión le gusta? Le estoy tratando suave, Adriano — me dijo finalmente quitando aquel aparato de mi brazo.
—Otra, tal vez la presión... — pensé antes de decir lo que tenía en mente pareciéndome muy atrevido pero, lo tenía que decir — por ejemplo la de dos labios en un beso desenfrenado — dije mirando como pasó su lengua por su boca.
La puse tan en apuros que escuché cuando tragó saliva, y sus pupilas se dilataron un poco mirándose sus ojos menos grandes.
—Su presión no está desenfrenada al menos, está muy bien. Está dentro de los 120/80 mmHg (milímetro de mercurio)— me cambió el tema.
Claro que no estaría nada mal, yo tan solo quería sentirla cerca.
— Ahora déjeme chequear sus latidos — se colocó el estetoscopio.
— Ouh, no hace falta ese aparato, con la mano es suficiente — le dije queriendo sentir su mano sobre mi pecho.
Ella sonrió no haciendo caso a mis palabras mientras se empeñaba en escuchar mis latidos con aquel artefacto médico.
—Es usted travieso, pero muy sano. Me alegra decirle que se encuentra perfecto— me dijo finalizando la revisión.
—Gracias— miré la hora en mi reloj de mi muñeca. Eran las doce y media de la noche.
— ¿Hasta que hora es su turno? ¿Tiene desde esta tarde aquí? — le pregunté curioso.
—Terminaba a las 12 pero por revisarlo a usted me he extendido un poco, y si, mi turno comenzaba a las tres de la tarde. Aun ando con las sandalias que me prestó — me contestó sacándose la bata blanca.
No haga eso... se ve tan caliente.
Me puse de pie de la silla y entonces se me ocurrió una idea. Una bien fantástica.
—Déjeme llevarla a su casa. Es tarde y por atenderme a mí se ha dilatado. Quiero agradecerle sus cuidados —
—Usted me ha ayudado bastante hoy con prestarme las sandalias de su cuñada. ¿No se pone brava su novia si se entera que lleva usted una mujer a medianoche a su casa? — era muy astuta, quería saber si tengo novia.
Negué con la cabeza y esbocé una sonrisa poniéndome la chaqueta.
—No tengo novia. Y yo me imagino que usted no tiene pareja tampoco, porque yo con una chica como usted no la dejara tomar un taxi o el bus a estas horas y ya estaría fuera esperándola. Así que tomaré por entendido que no tiene novio —
Ella sonrió apenada.
—Pues no tengo. Y no creo que le guste tener una novia como yo, soy mandona y muy peleona — tomó su bolso lista para irnos.
La invité a pasar adelante y así salir de su consultorio.
—Así es que me gustan, para que me pongan orden. Aunque eso no sería un problema para mí, ante esas peleas yo me comprometo a calmarla — le dije mirándola sacar el bolígrafo de su cabello y dejarlo caer.
— ¿Y de qué manera me calmaría, Adriano? — le gustaba jugar con fuego, era muy atrevida.
— A besos o en casos muy extremos la haría mía — fui directo.
Se aguantó sonreír y más bien mordió sus labios. Maldición... estaba mordiendo sus labios.
Le abrí la puerta de la Ford y la ayudé a subir ya que era muy alta. Rodeé el vehículo sonriente por dejarla sin palabras y me subí al volante mirando que empezaba a lloviznar.
—Mañana nos podemos juntar en la tarde— la escuché decirme. — Para devolverle sus sandalias, claro. Es que trabajo solo hasta el mediodía —
Pude sentir su nerviosismo y sonreí para mis adentros.
— Iremos a comer helado de ser así — le hablé.
Me miró.
—Un café está bien— me llevó la contraria.
-Oh no, usted no es nada mayor para pretender un aburrido café. ¿Por qué no me permite endulzarme con su compañía y la de un helado? — le pregunté escuchándola soltar una risita.
—Es usted muy muy sabio, Adriano. Mire que tengo que confesarle que no sé por qué he aceptado su ayuda de las sandalias, ahora que me lleve a casa y también que mañana quedemos en la tarde. Ya no solo está la excusa de las sandalias, estamos quedando como...— la interrumpí
-Por el momento como amigos — completé su frase — Y si no sabe el por qué ha aceptado estas cosas de mí, tal vez sea por la misma razón por las cuales yo no sé por qué he quedado atrapado en sus ojos — le hablé mirándola apretar sus labios.
Hizo silencio unos tres segundos como máximo.
— Mañana a las tres quedamos entonces —
Sonreí complacido.
Me guío a unos edificios no tan lejos del hospital, a unos ocho minutos para ser exactos, siendo el camino muy fácil de aprender.
—Tengo un paraguas detrás, no se moje— me bajé de la camioneta por el paraguas en la parte trasera y abriéndolo rápidamente ante la lluvia de medianoche rodeé el vehículo y la ayudé a bajar cubriéndola con la sombrilla hasta la puerta del edificio.
—Muchas gracias, es usted demasiado tierno. Lo invitaría a subir para yo aprovechar y devolverle las sandalias pero no, yo quiero verlo mañana y engañarme a mí misma con esa excusa — fue sincera poniéndome el corazón a latir a mil.
—Y no, es que yo dudo mucho que luego yo bajara de su departamento tras devolverme las sandalias. Ahí si luego no entendería por qué dejó que pasaran ciertas cosas que haríamos usted y yo. Mejor nos vemos mañana, la pasaré a recoger a las tres, Anastasia—