TRECE Samantha despertó justo al despuntar el alba y miró a su alrededor. Ahí junto a ella, sobre la cama, estaba el joven Sam. Había sido tan fácil seducirlo que casi se sentía mal de haberlo hecho. Sabía que al dormir con un humano, había quebrantado una ley; pero éste era tan joven y fresco, que había decidido flexibilizar un poco las reglas. ¿Por qué no? Nadie se enteraría. Por supuesto ella no lo iba a divulgar, y claro, tampoco permitiría que Sam viviera lo suficiente para hacerlo. Tenía que darse un gusto, aunque sea cada cien años; era lo mínimo que podía hacer por ella misma. Además, había algo en él, algo que lo hacía tolerable a pesar de ser un humano. De hecho, para ser honesta, el chico era algo más que tolerable. Sin embargo, no podía señalar con exactitud qué lo hacía tan

