—Debo encontrar trabajo cuanto antes, Luisa, si no lo hago, no querrán darnos al bebé
—Ya no te estreses más Manuel, todo mejorará, ya verás
—¿Y si no encuentro trabajo? ¿Qué pasará?
—Bueno pues, si no lo encuentras, no pasará nada, más adelante podremos adoptar
—No quiero que te sientas mal, por eso quiero encontrar trabajo, quiero hacerte feliz
—Ya soy feliz contigo, tú eres mi todo
Manuel se tranquilizó y dejó de pensar en qué sería si no encontraba trabajo, respiró aliviado y abrazó a Luisa dándole las gracias diciéndole que la amaba y que nunca la decepcionaría y que siempre la haría feliz todas las mañanas, tardes y noches. Ella empezó a mimarlo como si fuese un bebé, el bebé que anhelaba. Mariela desde su ventana miraba el azul del cielo, pensaba en si en realidad existía Dios, creyó en él luego de recordar que el diablo la había embarazado, pero olvidó el dolor que sintió cuando también recordó que Dios no la había escuchado, necesitaba a un hombre para quedar embarazada, mientras que el diablo solo te pedía algo a cambio y en un instante ya quedabas embarazada, Dios para ella era solo un espíritu que beneficiaba al que lo seguía, y pues ella decía que no tenía el tiempo para hacer tal cosa, porque por años fue paciente a la hora se salir en las noches y seducir a los hombres, a pesar de que la humillaban. Pasaron las horas y llegó la noche, el esperado momento había llegado, Mariela sobre su cama ya estaba lista para recibir a su hija, los dolores ya empezaban y la luna salió, era noche de luna llena. Manuel había salido a buscar trabajo y aún no regresaba, Luisa se encontraba sola y lista para ir a casa de Mariela, para decirle unas palabras que nunca escucharía, ya saliendo de su casa, abrigada y por las peligrosas calles plagadas de hombres morbosos, caminó rápidamente para llegar a la casa de Mariela. Por el camino se topó con varios hombres mal vestidos, polvorientos y malolientes, estos comenzaron a llamarla mamacita, con piropos nada decentes se le fueron acercando, hasta llegar a un límite que la asustó y la hizo correr.
—¡Espere señorita, solo queremos jugar con usted! —le gritó uno que tomaba una cerveza
—Vamos, quiero pasarla bien —dijo otro carcajeando
—¡Yo también! ¡Sí! ¡Yo también! ¡Vamos! ¡Vamos! —gritaron los demás y todos se echaron a correr tras de ella, para abusar y golpearla
Luisa llegó hasta un callejón repleto de basura y gatos maullando, se ocultó entre una montaña de bolsas llenas de restos de comida y los hombres pasaron de largo quedando ella tranquilos. El peligro pasó y se sacudió hasta quitarse bolsas y conchas de plátanos, lo único que no se puso quitar fue el olor desagradable de toda aquella basura, pensó si volvía a casa para limpiarse o ir así hasta la casa de Mariela y acabar con todo de una vez por todas. Decidió ir así hasta Mariela y salió del callejón cuidadosamente para ver que ningún hombre anduviese por allí, la viera y la atacara, viendo que todo estaba bien, salió corriendo y siguió rumbo a su destino. Mariela ya gritaba, jamás pensó que era difícil dar a luz, en su mente decía que era fuerte y que podía con ella, gritó y siguió gritando que hasta los perros comenzaron a ladrar, estos se encontraban rodeando la casa, como un círculo para darle la bienvenida a un ser especial. Cuando Luisa llegó toda cansada, vio como los perros miraban hacía la ventana del cuarto de Mariela, sintió escalofríos y miedo de tan solo escucharlos ladrar, caminó lentamente hacia la puerta, los perros la vieron y se sentaron tranquilamente como si ella fuese una diosa al cual servir.
—¿Qué está pasando? —se preguntó ella al entrar
—¡Aaaaah! —gritaba Mariela una y otra vez
Las calles estaban solas, como si fuese un barrio abandonado y plagado de fantasmas, los perros eran los únicos en el lugar, adorando la casa en el que nacería un bebé en vez de un hospital, ya que en Tepito, las mujeres embarazadas daban luz en esos lugares y no en el mismo barrio, por el peligro que solía vagar. Luisa al escuchar los gritos se asustó, miró por varios lados y sintió un calor como si la casa fuese un volcán.
—¿Mariela? —dijo mirando las escaleras—, ¿Mariela, eres tú? ¿Mariela?
—¡Aaaaah! —fue el último grito de Mariela, respiró profundamente y cuando vio al bebé se asustó tanto, que lo quería asesinar
—¡Nooooo! —gritó al ver que era un niño y no una niña—, ¡Noooo! ¡Nooooo! ¡Maldito! ¡Maldito! —gritaba con desesperación, llanto y dolor
—Ja, ja, ja, ja, ja —escuchó la risa macabra del diablo
—¡Mariela! ¡Mariela! ¿Mariela? ¿Dios mío, que hago? ¿Qué hago? ¡Mariela! —decía Luisa asustada
—No, no, no, no Satanás no —le dijo Mariela al diablo miedosa
—Hicimos un trato, ahora tu alma me pertenece, ahora eres mía y me servirás en el infierno
—¡Noooo! ¡Tramposo! ¡Maldito tramposo! —le gritó, y antes de ver al diablo venir, miró al niño y le lanzó una maldición:
“Quand tu auras vingt-cinq ans, tu mourras et entreras dans le corps d'une femme née le jour de ta naissance, tu seras une femme et je serai libre du diable”
Traducción:
“Cuando tengas veinticinco años, morirás y entrarás en el cuerpo de una mujer nacida el día de tu nacimiento, serás mujer y yo seré libre del diablo”
Tomó el bebé entre sus brazos, logró abrir un poco la puerta y le gritó a Luisa que le ayudara.
—¡Luisa, ayúdame, por favor!
—¿Mariela?
—¡Sube!
Subió Mariela preocupada, y cuando la vio en el suelo con un bebé en brazos le dio miedo acercarse, Mariela le pidió ayuda, estiró sus brazos dándole el bebé y Luisa lo tomó sintiendo algo extraño en su cuerpo, Mariela le dijo con la voz aguda que lo cuidara y la perdonará por todo, en ese instante es arrastrada hacia el cuarto y dio el último grito hasta desaparecer. Luisa gritó su nombre, abrió completamente la puerta y ya no estaba Mariela, el diablo se la había llevado. Bajó corriendo las escaleras y salió de la casa, los perros ya no estaban, y asustada como nunca antes, se fue de allí hasta llegar a su casa, con el bebé que criaría como si fuese su hijo.
—Mariela, Mariela, Mariela, Mariela —repetía el nombre de su amiga preocupada y asustada, se preguntaba en dónde estaba, qué le había pasado y por qué le entregó a su hijo
La mujer que por años deseó ser madre, ya no estaba entre los vivos, arrastrada al infierno y por la mano del mismísimo diablo es lo que le había sucedido, no tuvo niña como siempre lo quiso, pero su regalo fue realmente para Luisa, quien también ya deseaba ser madre y como Manuel no podía dárselos ya lo era. Luisa estaba sorprendida, impresionada, dolida, triste, desesperada, asustada, miedosa, angustiada y a la vez feliz, porque entre sus brazos tenía a un bebé, un niño tan hermoso como había imaginado a su primer hijo: cabello n***o y rizado, piel blanca, ojos marrones y sonrisa de ángel. Cada vez lo veía sonreír se iba en llanto de emoción y alegría, pensó que Mariela se lo quiso dar como gesto de arrepentimiento, nunca supo que ella era la culpable de la muerte de sus padres en aquél accidente aéreo, pues su madre había recibido el encargo de un cliente de caer un avión, Mariela cambió los datos y puso los datos en aquella hoja, del avión en el que volaban los padres de Luisa, la envidia u el odio por la felicidad que Luisa tenía, fue lo que la llevó a hacer tal atrocidad, su madre ganó mucho dinero por el favor, pero luego el cliente le reclamó, ya que hizo caer el avión que no era, la madre de Mariela nunca se enteró que había sido su hija la culpable, murió sin saberlo y golpearla por cada hecho malo que hacía. Su cuerpo llegaba a estresarse tanto, con tan solo pensar en qué diría Manuel, pues sabía que él detestaba a Mariela, ya que por culpa de ella él no podía tener hijos, pensó y pensó hasta que llegó a una idea que consideró mala pero luego la aprobó, mala porque había jurado no decirle mentiras a Manuel, como el también juró no decirlas. Luisa no le diría que era hijo de Mariela, sino que alguien lo había abandonado en la puerta.
—Toc-toc —tocaron la puerta
Luisa dio un pequeño grito al escuchar que tocaban la puerta, estaba tan nerviosa que con tan solo pensar que era Manuel, sus pies no daban para caminar hacia la puerta.
—¿Quién es? —preguntó con la voz temblorosa
—Yo, Manuel, abre la puerta amor
—Ah, eres tú, ya voy
Manuel escuchó su voz como si no tuviese ánimo y estuviese esperando a otra persona. Cuando Luisa abrió la puerta bajó la cabeza, le preguntó cómo le había ido y se sentó en el sillón tomando el bebé entre sus brazos.
—¿Sucede algo? ¿De quién es ese bebé? —preguntó él mirándola a los ojos
Luisa no respondía a su pregunta, lo miraba y sentía pena y vergüenza, el bebé comenzó a llorar tiernamente, al parecer pedía comer del seno de su madre. Ya eran las diez de la noche y Luisa aunque tenía sueño, no podía dormir sin hablarle antes del pequeño.
—Luisa, respóndeme, ¿Por qué no me miras? ¿Qué pasa? ¿De quién es ese niño?
—Lo dejaron en la puerta —contestó sin mirarlo
—¿Qué? ¿Cómo?
—No sé cómo, solo tocaron la puerta y él estaba allí —le dijo y se puso de pie—, Manuel, este puede ser nuestro hijo, el hijo que queríamos adoptar, ya no debes preocuparte por conseguir trabajo
—¿Qué? No, no, espera Luisa, no podemos quedarnos con un bebé que han dejado en la puerta de nuestra casa, no sabemos de quien puede ser
Manuel creyó en sus palabras sin dudar, creyó que el bebé sí lo habían dejado en la puerta de la casa, pues quería sinceramente a Luisa y juraron nunca decirse mentiras, aunque Luisa había rompido el juramento.
—¿Me estás hablando enserio? ¡Manuel! Escúchame bien…
—Te estoy escuchando Luisa, además, ¿Cómo puedes decir que no me preocupe por conseguir trabajo, solo porque tenemos a este niño?
—Yo lo quiero Manuel, yo lo quiero, lo quiero —le decía llorando
Manuel la miró y se conmovió de sus lágrimas, ella sentó y él igual al lado de ella, viendo al bebé como sonreía y sus ojos marrones. Le llegó un recuerdo de su padre, de cuando hablaban de su nacimiento y observaban siempre sus ojos, entonces le dice a Luisa que se quedarían con el bebé, y que ya se sentía listo para ser papá. Luisa se llenó de alegría, lloró de emoción y felicidad, lo besó y lo abrazó, Manuel empezó a tocar la cabellera del niño, carcajeó y le preguntó como lo llamarían, ella pensó al igual que él, hasta que los dos hallaron un nombre lo dijeron al mismo tiempo:
—¡Carlos! —exclamaron los dos—, ja, ja, ja, ja, ja, —rieron, ya que se les vino el mismo nombre y así fue como lo llamaron, Carlos.
Al día siguiente, los dos se encontraban en el hospital, para que un médico revisara al bebé, luego salieron contentos viéndolo reír, caminaron por la calle en la que estaba la casa de Mariela, cuando estaban frente a esta, el bebé empezó a llorar fuertemente como si la casa fuese una mala vibra. Manuel se preguntó en donde andaría Mariela al igual que muchos en el barrio, no sabía que un pedacito de ella lo besaba y lo abrazaba. Viendo que el bebé continuaba llorando sin parar, decidieron irse y llegar a la casa para almorzar. Pasaron meses, el bebé ya gateaba, Luisa cuidaba de él como ama de casa, Manuel tenía un trabajo de lo cual vivían, y aunque con eso comían el pan de cada día, cada día tenía que soportar burlas de parte de sus compañeros de trabajo, ya que sabían que Carlos no era su hijo, y además de que él no podía tenerlos. Manuel trabajaba de albañil, con el pasar de los días aprendió lo que se requiere en ese trabajo, todos llevaban días trabajando en una casa, la cual estaba a punto de ser terminada, Manuel deseaba terminar ya, porque para él todos los días eran un suplicio las burlas de parte de los demás.
—¡Hey, Manuel, mira! —le gritó uno de los trabajadores con dos pelotas de tenis en sus manos
—¿Qué es lo que quieres idiota? —le dijo Manuel furioso
—Solo mírame
Volteó Manuel para ver qué quería el sujeto, este lo humilló delante de los presentes, diciendo que una bola se le cayó y dejó soltar una de las pelotas de tenis, los demás se echaron a reír, ya que se estaba refiriendo a Manuel de que tenía problemas en sus dos testículos. Caminó Manuel hasta el enojado y le gritó que sus testículos no le serían útil para romperle la cara, le dio entonces un fuerte golpe en el rostro tirándolo en el suelo, luego pateó su estómago llamándolo maldito. El hombre se levantó y también golpeó su rostro, aquello se volvió una pelea de gallos, el resto formó un círculo viendo como estos se mataban a golpes, empezaron a apostar, a gritar los nombres de cada uno, hasta que vino el jefe gritando qué sucedía. Todos se alejaron y volvieron a sus puestos, el jefe vio a Manuel y al hombre tomados por el cuello, el jefe los separó y pidió que fueran a su oficina para que aclararan las cosas y dijeran el cómo inició la pelea. Los dos entraron a su oficina y se sentaron para decirle lo que había sucedido.
—Bien, ahora díganme, ¿Quién empezó todo esto? ¿Manuel?
—Señor, yo le juro que no hice nada, este siempre está fastidiándome, pregúntele al resto y verá que verdad lo que le digo
—Este tiene nombre, imbécil
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es? —le preguntó Manuel
—Francisco, ¿cuál es tu versión? —le preguntó el jefe
—Yo no hice nada —contestó él muy tranquilo
—¿Cómo que no hiciste nada? ¿Cómo puedes decir que no hiciste nada? ¡Anda! Dile que eres el culpable de nuestra pelea
—Veo que ninguno quiere cooperar, si no lo hacen, si no hablan con la verdad, me veré en la penosa idea de despedirlos
—¿Qué? ¡No! —dijeron los dos
Manuel bajó su cabeza muy nervioso, con tan solo pensar que no tendría trabajo, se sentía nuevamente como un inútil, no podía quedarse sin trabajo, tenía un bebé que alimentar y a una esposa que debía cuidar y hacerla feliz todos los días como hasta ahora. Entonces llegó a la idea de contarle sobre su problema en sus testículos al jefe, para que creyera en sus palabras.
—Señor —le dijo a su jefe con pena
—Dime, Manuel
—Yo le puedo probar de que aquí, Francisco es el culpable y que yo no he hecho nada
—¡Cállate desgraciado! ¡Ya dije que no he hecho nada, no hice nada! —le dijo con rabia
—¡Silencio, Francisco! —le gritó su jefe—, dime Manuel, te escucho
Manuel respiró, miró a su jefe y aunque sentía vergüenza empezó a contarle:
—Señor, usted ya me conoce, Francisco lleva molestándome desde que llegué aquí, solo porque no soy el padre biológico de mi hijo, además de que… además de que
—¿Además de que qué, Manuel?
—No puedo tener hijo, tuve un accidente con mis testículos
El jefe lo miró y se impresionó pero no mucho, creyó en su palabra y no necesitaba nada más para creerle, ya que lo conocía desde que llegó a trabajar allí, y sabía de su buena conducta. El hombre llamado Francisco bajó su cabeza avergonzado, con una rabia que lo mataba por dentro.
—No necesito escuchar más —le dijo el jefe a Manuel, mirando a Francisco
—Si se fija allá afuera, hay dos pelotas de tenis, con eso me ha humillado hoy y por eso empezó todo, no pude aguantar más señor
—No te preocupes Manuel, vuelve a tu puesto y tú Francisco, quedas despedido
—¡¿Qué?! —gritó él y se puso de pie—, ¡Usted no puede despedirme! ¡No puede! —le gritó a su jefe
—Puedo y lo hago, quedas despedido
Manuel salió y se sintió un poco culpable, pero sabía que era mejor no seguir trabajando con alguien tan malo.
—Se va a arrepentir de haberme despedido
—Tus palabras o amenazas, guárdatelas para otro tonto. Ven mañana por el dinero que debo pagarte por tu trabajo
—¡Maldito! Me las pagarás, juro me las pagarás
—Pídele chamba a tu tío
—¿Sabes que sí? Le pediré una chamba o más bien un favor, le voy a pedir que lo maten —le dijo el hombre enfurecido y se fue
El jefe sintió alivio después de enfrentar al que consideraba el más peligroso de sus trabajadores, pues que Francisco era sobrino de un hombre poderoso, narcotraficante, conocido y muy temido por todos en el barrio. Entonces salió, vio tiradas las dos pelotas de tenis, la recogió del suelo y les dijo a todos que todo aquél que se portará como un pendejo o niño chiquito con Manuel, sería despedido de una vez por todas. Todos escucharon sus palabras y aseguraron no hacerle bromas y mucho menos humillarlo entre ellos mismos.
—Muchas gracias señor —le dijo su jefe
—No es nada, Manuel, cualquier problemas con estos me dices
—Está bien seño
—Ahora a trabajar —les dijo y entró a su oficina
Todos se acercaron hasta Manuel, él pensó que le iba a hacer daño, pero cuando estos le pidieron perdón por todo lo que le hicieron se impresionó, al parecer no lo hacían porque querían, sino que eran obligados por Francisco y si lo desobedecían, él decía que los mataría incluyendo sus familias. Ahora estaban tranquilos de que lo hayan despedido. Manuel aceptó sus disculpas, y no podía creer en todo lo que había escuchado. Terminando de trabajar, todos se fueron a sus casas, Manuel se despidió de sus compañeros, los bendijo dándole las buenas noches y se fue a su casa alegre y con ganas de ver el rostro de su esposa y de su hijo. Estando por la calle repleta de basura, con gatos y perros llorando por el terrible frío, sintió que alguien lo seguía, sentía pasos y suspiros, y cuando miraba hacia atrás no veía nada. Se detuvo a ver a un pobre perro que no podía caminar, y a distancia estaba Francisco detrás de canastas de basura, tenía ganas de hacerle daño, pero fueron los perros que empezaron a ladrar, haciéndolo huir de allí junto con su navaja, con la cual iba a matar a Manuel, quien miró al perro que ladró y se preguntó a quién le ladraba, decidió irse llevándose al perro herido, pero antes les dijo a todos, que los iba a ayudar con un refugio para que no sintieran fríos en las noches nunca más y para que comieran alimento sano y no basura.
Al llegar a la calle donde estaba la casa de Mariela, decidió verla para ver cómo estaba, la casa parecía llevar años, sus paredes estaban por caer y lo único que la adornaban desde el techo, era el gato que Luisa le había regalado a Mariela cuando eran niñas. Desde su desaparición surgieron rumores que hicieron de su nombre una leyenda, decían que mató a su hijo al dar a luz y luego se suicidó, como la leyenda de la llorona; otros que el diablo se la llevó junto a su hijo; los niños decían que murió y su cuerpo vagaba en la abandonada casa y que su hijo lo regaló; y la última historia, que se fue de viaje con su hijo y nunca regresó.