Cuando todas salieron, unos minutos después, ella se volteó hacia mí. —Jenny , es hora. Te toca salir. Miré hacia la puerta, viendo cómo las chicas desaparecían ante mis ojos. Era mi turno. Las mariposas en mi estomago crecieron y se agitaron. Tuve ganas de vomitar una vez más. Toda esa gente… viéndome. Probablemente tropezaría y haría el ridículo. Papá me extendió su brazo y dejó que lo tomara con tranquilidad. Sujeté mi ramo de flores muy fuertemente, ocultando el leve temblor de mis manos y mis rodillas. —No me importa lo que digan —dijo papá mientras caminábamos hacia la puerta—, eres mi pequeña y siempre lo serás. Y ahora respira, tranquila, te estás poniendo blanca como papel. Besó mi mejilla y nos detuvimos un momento en el marco antes de dar cualquier paso. —Esp

