Eran aproximadamente las once de la noche cuando me dejé caer sobre mi cama. Estaba en casa, sana y salva y todo lo que quería hacer era dormir. Por raro que pareciera, tenía una sonrisa estampada en el rostro. Mi viaje al otro lado del mundo había resultado de maravilla, había recuperado a Kyle, y había perdido mi virginidad en un hotel frente al mar, ¿podía pedir algo más? Mi teléfono resonó en mi bolsillo e hice un gran esfuerzo por no ignorarlo. Estaba demasiado cansada como para responder llamadas, sin embargo, me pesaba un poco la conciencia no hacerlo. - ¿Candace? – dije pegándome el teléfono a la oreja. - ¡Ya llegaste! – gritó ella con su particular tono de voz del otro lado de la línea. - Eso parece – reí. – No podría hablar por teléfono en el avión. -

