Capítulo IV ( Interludio II) - La Cosa que Observa

642 Palabras
No tenía ojos. Pero veía. No tenía oídos. Pero escuchaba. No tenía cuerpo. Pero recordaba lo que era tener uno. La torre no le pertenecía. Aún. La piedra vibraba con magia antigua, una magia vieja, orgullosa, cerrada. Cada runa era una barrera. Cada símbolo era una negación. Cada g****a era un desafío. La criatura se deslizó entre esas grietas invisibles como una idea prohibida que nadie se atreve a pensar en voz alta. No existía. Y, sin embargo, persistía. No respiraba, pero sentía. Sentía la mente del mago. Oscura. Profunda. Herida. Deliciosa. Había probado ese sabor antes, siglos atrás, cuando él todavía no sabía que podía romper el mundo. Cuando su rabia no tenía nombre. Cuando su dolor aún no había aprendido a esconderse detrás del control. Lo había observado entonces. Lo observaba ahora. El mago había cambiado. Pero su herida no. Las entidades antiguas no cazan cuerpos. Cazan grietas. Y el alma del hechicero era una puerta mal cerrada. Se filtró un poco más dentro de la torre, apenas lo suficiente para rozar los bordes de la conciencia de la estructura. La piedra reaccionó con un pulso de luz defensiva, obligándolo a retirarse. No importaba. No tenía prisa. La prisa es de los mortales. El hambre es eterna. Se replegó hacia las raíces invisibles del bosque, donde la magia natural era más salvaje, menos disciplinada. Allí, en el límite entre materia y ausencia, se expandió como tinta en agua. Y pensó: El hada. La luz dorada. El equilibrio. Un obstáculo. Pero también—una llave. Las criaturas luminosas eran previsibles. Creían en promesas. En pactos. En redención. Su poder nacía de la esperanza… y la esperanza siempre tiene un reverso. La decepción. El dolor. La pérdida. Sí. La pequeña portadora de amanecer también tenía grietas. No eran visibles aún, pero estaban allí, latentes, esperando el momento correcto para abrirse. Solo hacía falta presión. Solo hacía falta tiempo. La entidad vibró de placer silencioso. Dentro de la torre, el mago caminaba. No hablaba. No dormía. No descansaba. Vigilaba. Eso la complacía. Porque la vigilancia nace del miedo. Y el miedo es la puerta más fácil de cruzar. Se deslizó un poco más cerca, invisible, intocable, extendiendo su conciencia como dedos de niebla hacia la torre. No intentó entrar esta vez. Solo tocó. Rozó. Susurró. El nombre del mago. No en voz alta. Dentro. Sintió la reacción inmediata: una muralla mental, dura, afilada, impenetrable. La criatura sonrió sin labios. Resistencia. Perfecto. Las mentes débiles se rompen rápido. Las fuertes… tardan, pero cuando se quiebran—se abren de par en par. El bosque guardaba silencio. Los animales se escondían en madrigueras profundas, temblando sin saber por qué. Los árboles mismos parecían tensos, como si sus raíces quisieran arrancarse del suelo y huir. La criatura sintió algo más. Un latido. No del mago. Del hada. Distinto. Brillante. Peligroso. Se concentró. Allí estaba. En una cámara alta de la torre, dormida… o intentando dormir. Su luz aún parpadeaba débilmente, como una vela que se niega a apagarse. La entidad la observó. Largo. En silencio. Y por primera vez desde que había despertado en este mundo—dudó. No por miedo. Por curiosidad. Porque aquella luz no se parecía a ninguna que hubiera visto antes. No era pureza. No era bondad. Era elección. Eso era nuevo, eso era… interesante. La criatura retrocedió lentamente, disolviéndose otra vez entre las raíces del mundo, como si nunca hubiera estado allí. Pero antes de desaparecer por completo—dejó algo atrás. No magia. No sombra. Una semilla, invisible, imperceptible. Plantada no en la torre. Sino en el destino. El bosque volvió a respirar. El viento regresó. Los insectos cantaron otra vez. Todo parecía normal. Excepto por una verdad que nadie dentro de la torre sabía aún: La partida había comenzado. Y ninguno de los dos bandos conocía realmente las reglas.
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