El Consejo lo sintió antes de verlo. Las corrientes mágicas que atravesaban Arandor eran antiguas, más antiguas que los propios reinos, y quienes formaban parte del Consejo habían pasado siglos aprendiendo a percibir incluso la más mínima alteración en ellas. Aquella noche, la perturbación fue pequeña. Apenas un temblor, un leve cambio en el flujo de energía entre los planos. Pero para quienes custodiaban el equilibrio del mundo, fue suficiente, la cámara del Consejo era una sala circular de piedra negra pulida por el tiempo. En el centro flotaba un artefacto antiguo: un círculo de cristal suspendido en el aire, atravesado por finos filamentos de luz que representaban los distintos planos de existencia. Cada filamento era un camino, cada cruce era un portal, cada vibración era una señal

