Le doy de lleno con una patada, se desestabiliza un poco y cuando veo que va a golpearme lo tomo por su muñeca, retorciéndola detrás de su espalda mientras se encuentra con la mejilla contra la pared del gimnasio. —Has mejorado —murmura Bruno casi sin aliento. —Eso lo sé —lo suelto con brusquedad y él estira su cuerpo. —No puedes aceptar ni un jodido halago —sacude sus pantalones. —Los acepto —le observo—, pero depende quien los haga —le dedico una sonrisa falsa. Bruno entrecierra sus ojos y camina hacia mí. —¿No aceptas mis halagos pero si aceptas los de Anton? —alza una de sus cejas. —De quien yo acepte o no halagos no es de tu incumbencia —coloca sus labios en una línea plana. —Tienes razón —asiente—. No es de mi incumbencia pero si le importará a quienes sepan que estam
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