Capítulo 2

1325 Palabras
Capítulo 2 De reojo consultó su reloj pulsera y constató que, de acuerdo con sus previsiones eran casi las diez horas. Estaba interpretando parte del repertorio de su artista preferido Yiruma y decidió que al terminar River Flows in You haría el segundo de sus altos para permitir descansar sus dedos. Sin embargo algo le advirtió que había una presencia en el usualmente desolado entrepiso. Apartó el banquillo y lentamente, como con un cierto resquemor, alzó sus ojos y dirigió la vista por encima de sus hombros. A pesar de que se hallaba ya prevenida de estar siendo observada no pudo evitar un ligero sobresalto, más de emoción que de temor. Aiko esperaba encontrar la figura del gerente Leduc o quizás a un pasajero del hotel extraviado en el ascensor y ver al joven de la agencia de viajes la sorprendió; como para constatar que era él giró su cabeza hacia el lobby del hotel y verificó que el mostrador se encontraba vacío. -Hola.- Dijo el muchacho sonriendo y acercándose lentamente. Soy Leandro, Leandro Valsecchi y trabajo en la agencia de viajes.- Esta última aclaración era redundante pues el joven había sorprendido la rápida mirada de la joven hacia el mostrador desierto y había comprendido que ella ya sabía quien era. -Hola.- Respondió un poco turbada la mujer y sin poder evitar el rubor que su timidez producía ante las circunstancias inesperadas, aún las placenteras.-Soy Aiko Teruya. -Te he estado mirando y escuchando toda la semana y me asombra tu talento musical y lo extenso de tu repertorio. Sin duda el joven sabía cómo halagar a una artista, aún diciendo estrictamente la verdad. La conversación fluyó con facilidad desde el comienzo, lo cual no era habitual en las relaciones de Aiko con desconocidos pero algo la impulsaba a no dejar pasar la oportunidad de trabar conversación con quien no la había dejado indiferente desde que lo había visto. La misma muchacha se sorprendió de su disposición abierta a iniciar una relación, contrariando toda su educación familiar. En un momento Leandro, que estaba observando por momentos el lobby por sobre la baranda constató que un turista se había parado frente a su mostrador. Dijo. -Debo volver a mi puesto si quiero conservar mi trabajo. Dime el número de tu celular. En una actitud que luego le parecería irreflexiva Aiko se lo proporcionó y el joven bajó las escaleras repitiendo el número tratando de asociarlo con alguna regla mnemotécnica. Se acercó a su escritorio y al adivinar que se trataba de una pareja de turistas brasileños se dirigió a sus clientes en portuñol, esa mezcla sui generis de castellano y portugués en que se entienden brasileños y argentinos. -Desculpe-me. Eu fui ao banheiro. Como posso ajudá-los? El día siguiente era viernes y por la gran afluencia de turistas Leandro no pudo despegarse de su escritorio y tuvo que conformarse con despedir con un gesto de la mano a Aiko cuando la muchacha se retiraba al mediodía para acudir a sus clases de piano. Al salir a su vez del hotel cumplida su jornada completa de ocho horas el joven tuvo que ir hasta el edificio de la Universidad Tecnológica Nacional con el objeto de completar unos trámites para la entrega de su diploma de ingeniero en la colación de grados que ocurriría un par de meses después. Al salir en vez de ir al pequeño studio que había comprado en la zona de Palermo debió dirigirse a casa de sus padres para dar clases de matemática a su hermano menor Ariel, que debía rendir exámenes la semana siguiente. Cuando finalmente llegó a su apartamento estaba exhausto , se desvistió y se echó sobre el unico sillón para recuperar el aliento antes de meterse en la ducha. Tan pronto se sintió con fuerzas caminó hasta la cama y sacó el celular del bolsillo trasero del pantalón que había dejado sobre aquella. Sentándose en el lecho buscó en el directorio del aparato y seleccionó un nombre. Al tercer sonido se oyó la voz de Aiko atendiendo la llamada. Leandro no tenía aún suficiente experiencia en la vida como para notar que el tono de la muchacha tenía un dejo de ansiedad, que hubiera atribuido a la espera de su llamado. -Hola Aiko.- La voz de Leandro sonaba dulce. -Hola.¿Quién habla?- La pregunta de la chica era completamente innecesaria y solamente pretendía simular una indiferencia que estaba muy lejos de sentir. La charla giró sobre las respectivas actividades y dado que era la segunda vez que hablaban luego del encuentro personal en el entrepiso del hotel sirvió el propósito de crear una cierta base de familiaridad y de poner al otro interlocutor al tanto de ciertas actividades usuales; el intercambio de trivialidades nunca es ocioso entre dos personas que están aproximándose con cautela. Finalmente Leandro entró en tema. - Mañana es sábado. ¿Tienes planeado algo para hacer? Aiko graduó la velocidad de su respuesta para darle un aire casual. -No, nada hasta el momento. -Me gustaría verte...es decir, si quieres. Esta vez la mujer contestó sin titubear. -Sí, la verdad es que me agradaría. -¿Dónde vives? Aiko dio una dirección.- Es en Colegiales.- Aclaró de inmediato. -Conozco un poco la zona. ¿Cuando pasar a buscarte? -¿Te parece bien a las seis? ¿Tienes auto? -Sí. Podríamos a algun bar en la zona de Palermo Hollywood. ¿La conoces? -Sólo de nombre. Yo...no bebo alcohol. -Podrás tomar lo que quieras. Yo tampoco soy un gran bebedor. -Otra cosa. No debo volver muy tarde, no quiero alarmar a mis padres. -De acuerdo. El padre de Leandro le había cedido el Toyota que había usado durante veinte años y que aún funcionaba a la perfección. Con el viejo vehículo el muchacho pasó por la dirección en Colegiales y apenas tuvo tiempo de estacionarlo cuando Aiko emergió de la puerta de la casa y saludó con la mano. La joven lucía hermosa con una amplia falda de color claro y su rostro perfecto apenas maquillado. Recordando las enseñanzas de su padre Leandro salió del auto, dio la vuelta delante del mismo y procedió a abrir la puerta del acompañante para dejar entrar a la muchacha. Aiko una vez más se sonrojó al verse objeto del inusual gesto de cortesía, completamente ausente en sus tradiciones familiares. -¡Oh, que amable! Como en las películas antiguas. -Mi viejo le abre la puerta del auto a mi madre...cuando no están peleados.- La respuesta tenía un tono entre triste e irónico, pero por discreción Aiko se abstuvo de preguntarle si sus padres litigaban con frecuencia, Leandro condujo hasta el antiguo barrio reciclado con el nombre de Palermo Hollywood, en el cual cada segunda puerta es un bar, confitería o restaurant. A esa hora relativamente temprana consiguió un sitio para estacionar en la calle Humboldt. Caminaron una docena de pasos y el muchacho preguntó apuntando a un local con nombre irlandés, pintado de verde y con tréboles también verdes como para no dejar dudas. -¿Te parece bien ese sitio? -Recuerda que no bebo alcohol. Para gozar del aire fresco se sentaron en una de las pocas mesas situadas en el exterior del local y prestamente una muchacha surgió del bar y se acercó a atenderlos. Cuando se hubo retirado Aiko comentó. -¡Qué atención amable! ¿Qué acento tiene? -Seguramente colombiano. Por eso es tan amable. -¿Bar irlandés con mesera colombiana? -Esto es Buenos Aires siglo XXI. Leandro se percató de que los transeúntes varones, aun no muy numerosos, miraban fijamente a su compañera de mesa y comenzó a lamentarse por no haberse sentado en el interior del local. Sin poder evitarlo dijo en forma un tanto atropellada. -¡Estás hermosa! Eres el centro de todas las miradas. Aiko pudo controlar su turbación y dijo. -¿Estás celoso? -Aún no tengo el derecho a estarlo. Más bien estoy orgulloso. La crianza de Aiko había proscripto frases tan halagueñas hasta ese momento y la joven se cubrió instintivamente el rostro para ocultar su rubor. Leandro percibió la situación y decidió refrenar su entusiamo y pasar a conversar sobre temas que le interesaban. -Bien, Aiko Teruya, cuéntame de tu vida.
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