~Capítulo 10~

3200 Palabras
Dasha   —Por tu cara deduzco que algo malo pasó.—dice Boris, mirándome por el espejo retrovisor.   —La palabra “malo” queda corta.—respondo.   —Oh, ¿qué hizo ahora tu príncipe azul?—pregunta con mala cara.   —No empieces con tus tonterías porque no estoy de humor.—zanjo.—Todavía estás en la línea roja, mira que no olvido tu show de ayer con el otro idiota de Khan.—le recuerdo.   —Ya te dije que…   —No me interesa. Que tengas esa ceja cortada sólo me recuerda lo que pasó, y hace que mi mal humor empeore.—inquiero.   —Estás todo el tiempo de mal humor, parece que todo te harta.—suelta, rodando los ojos.   —¿Y? ¿Tienes algún problema con eso?—cuestiono.—Si hicieras bien tu trabajo, quizás yo podría tener un respiro. Pero no, estoy rodeada de gente estúpida.—me quejo.   —No desquite tu enojo conmigo—me interrumpe.—Yo no tengo la culpa de que tu hermano sea una mierda. Estuvo todo el maldito día jodiendo, no paraba de buscar pleito. ¿Qué querías que hiciera? Demasiada paciencia le tuve.—sentencia.—Quédate todo el día cuidándolo, y luego me dices cómo te va.   —¿A caso te estás quejando de tu trabajo? Espero haber entendido mal.—digo al borde de perder la poca paciencia que tenía.   —Solamente quiero que te pongas en mi lugar, que me entiendas también. Estás siempre dándome órdenes, desquitando tu mal humor conmigo. No soy un saco de boxeo, Dasha. Yo también me canso.—dice con lástima.   —Nunca escuché quejas de tu parte. ¿Qué te pasa? ¿Estás cansado de las responsabilidades que tienes? ¿Te queda grande el puesto?   —¡No! Sólo…—cierra la boca y aprieta el volante, conteniéndose.   —Esto va a terminar mal para uno de los dos, y no será para mí. Así que, a menos que quieras perder el trabajo, cállate.—zanjo.   Decide no seguir discutiendo, lo cual agradezco.   Nos quedamos en silencio mientras nos dirigimos a la mansión.   Al llegar, reina el silencio en todo el lugar, lo cual agradezco. Dejo la cartera a un lado, me quito los tacones, la empleada me sirve una copa de vino, y me dirijo al jardín. Tomo asiento en el sofá, subo los pues a la mesa y recuesto mi cabeza en el respaldo.   Elevo mi rostro al cielo y miro el cielo despejado.   —Al fin algo de paz.—murmuro.   Escucho un carraspeo a mi lado y ya esfuma la paz que sentía.   —¿Qué quieres, Elena?—pregunto sin apartar mis ojos del cielo.—¿Qué haces en mi casa?   —Eh, yo… quiero hablar con usted.—murmura con timidez.   Suspiro y me acomodo en el sofá para verla. Ella entrelaza sus manos tras su espalda y desvía sus ojos hacia otro lado con tal de no mirarme.   —Siéntate.—señalo el otro sofá, del otro lado de la mesa.   Ella obedece y toma asiento con rapidez.   —Habla.   —Primero, quiero decirle que agradezco enormemente la oportunidad que me dio para seguir trabajando.—comienza.—Y no es que esté abusando de su confianza…   —Ay, me da jaqueca cuando empiezas a darle vueltas al asunto.—la interrumpo sin paciencia.   —Lo lamento, es que… no sé cómo decirlo.—dice con nerviosismo.   —Elena, tú sabes que mi paciente siempre está colgando de un hilo, y justo hoy ese hilo se rompió muy temprano.—comento.—Así que, si vas a seguir con tus vueltas, mejor no me digas lo que me quieres decir.   —No tengo dónde vivir.—suelta.   —Y eso me incumbe porque…—inquiero confundida.   —Yo quería pedirle… Es que noté que su casa es muy grande, y seguramente…   —No.   —Pero, aún no le dije nada.   —Sé lo que intentas decirme. Quieres quedarte aquí, y eso no pasará—zanjo.   —Yo sé que parece un abuso de mi parte…   —No parece, es.—aclaro.—No soy el salvavidas de nadie, eso ya lo sabes bastante bien. Agradece que te devolví el trabajo.   Termino el contenido de mi copa, oyendo sus lamentos y lágrimas.   —Elena, creo haber sido clara cuando te dije que no me gusta que las personas lloren frente a mí. Quítate de mi campo de visión. Llora en otra parte, preferiblemente fuera de mi propiedad.—le digo asqueada.   —Por favor, señorita Dasha. No tengo a dónde ir.—llora.—Mi hermana está mal y hago hasta malabares para que el dinero me rinda. ¡No me alcanza!—se lamenta con disgusto.—Sinceramente no tengo a quién acudir por ayuda.   Dejo la copa sobre la mesa y la observo. Se nota que está desesperada, parece que las circunstancias se escapan de sus manos. Me pregunto, ¿dónde estarán sus padres, su familia? Ella sola es quién sustenta el hogar. Y sí, sé lo que se siente no tener dinero, no saber qué hacer para salir adelante. Parece que cuando uno tiene dinero, éste se esfuma como sí nada y te quedas ahí, congelado, pensando cómo es posible que en un abrir y cerrar de ojos todo el dinero que te ha costado reunir, se vaya como agua.   Pero, aún así, yo no soy caritativa. No con éstas cosas, con mis cosas. Compartir mi hogar con personas extrañas, mi espacio, mi pequeña burbuja. No estoy acostumbrada a eso, a tener personas rodeándome en cuanto me levanto y salgo de mi habitación.   —Lo lamento. No sé qué en qué pensaba al venir y pedirle que me ayude. —se disculpa de inmediato, mientras limpia sus lágrimas.—Es su casa. Perdón.   —Sabes que soy muy reservada.—hablo. Ella asiente de acuerdo.—No me gusta que invadan mi espacio. No tolero los gritos. Odio que me hablen cuando recién me levanto. Odio el desorden y que me interrumpan cuando estoy trabajando.—voy enumerando todo con los dedos de mi mano izquierda.   —Lo sé y…   —Si tú y tu hermana son capaces de adaptarse a eso, sin  llevarme la contraria… pueden quedarse aquí.—inquiero.   Ella se toma unos segundos para analizar lo que acabo de decirle, y cuando se da cuenta de que les abrí mis puertas comienza a chillar de alegría.   —¡No lo puedo creer! ¡Gracias! ¡No se imagina lo que significa esto para mí!—exclama entre lágrimas de alegría.—¡Esta noticia pondrá muy contenta a Maggie!   Verla llorar, entre felicidad y tristeza, hace que me duela el pecho. Es un sentimiento raro el que se apodera de mí, ¿lástima? ¿compasión? No lo sé. Pero algo dentro de mí me dice que he tomado una decisión buena, positiva, con buenas intenciones. Me hace sentir un poco mejor… saber que no soy una persona tan maldita y sin corazón.   —Boris irá contigo y se encargará de traer todas tus cosas. Las empleadas prepararán sus habitaciones.—le digo mientras me pongo de pie.   Ella hace el amague de venir y abrazarme, pero elevo una mano indicándole que no lo haga. Las muestras de afecto no son de mi agrado, y menos cuando yo estoy involucrada.   —Es usted un ángel. En serio.—dice juntando sus manos.   —No lo soy. —contradigo.—Sólo… tuve un acto de bondad.   Le indico que se retire cuando Boris se nos acerca a paso lento. Ella lo saluda en voz baja y se encamina hacia la casa.   —¿Pasó algo malo? No me digas que la despediste.—suelta de mala gana.   —Mide el tono de tus palabras, no olvides que soy tu jefa.—le advierto.   —Te pido un poco de consideración y empatía, ¿puede ser? Ella la está pasando muy mal.—señala casi con súplica.—Ni las lágrimas te conmueven.   —Las lágrimas solamente demuestran vulnerabilidad, algo que no me agrada. Por otro lado, tú no tienes que opinar en mis decisiones. Yo ayudo a quien quiero, y cuando quiero.   —Ese es el problema: tú no ayudas a nadie —inquiere.—Por más que te rueguen tú no muestras buenas intenciones. ¿Tanto te cuesta ser buena persona y realmente tenderles una mano a quienes lo necesitan?   —A mí nadie tendió una mano cuando lo necesité—le recuerdo.—Es más, hasta el día de hoy inclusive nadie me ayudó en nada. Yo sola tuve que saber revolver mis problemas. Ahora que tengo todo, la gente acude a mí en busca de ayuda. Realmente patético.—comento, y me río con amargura.   —Actúas igual que esas personas desgraciadas, ¿logras darte cuenta de eso?—indica.—Sabes lo que se siente no tener nada, y ahora que tienes la posibilidad de ayudar a aquellos que pasan por lo que tú pasaste, no lo haces. Decides evadir las cosas.—dice con indignación.   —Deja de decir tonterías, Boris. Ahórrate esa psicología barata.—espeto.—Y, para tu información, sí estoy ayudando a los demás.   Él suelta una risa irónica.   —¿Ah, sí? ¿A quién ayudas?   —Para empezar, todas las personas que ahora trabajan para mí, antes no tenían nada. Incluido tú.—recalco.—A todos les di la posibilidad de salir adelante y tener un buen trabajo; también ayudé a Elena, le di otra oportunidad aún sabiendo que cometió un error. Y, ahora vino a mi casa a pedirme ayuda. Dice que no tiene en dónde quedarse, que su hermana está enferma y no sé qué otras cosas más. Y, ¿sabes que le dije?   —¿Qué se fuera? —cuestiona, y puedo notar enojo en su voz.   —No, le dije que podía quedarse. Hasta le permití que se trajera a su hermana.—respondo.   Él guarda silencio, buscando indicios de mentira en mi rostro.   —Pero, claro, estás tan acostumbrado a que yo sea una mierda que te sorprende mi buen acto, ¿no?—digo al notar sorpresa en su rostro.   —Es que… ¿qué te hizo actuar así? O sea, no ayudas a los demás, mucho menos les abres las puertas de tu casa.   —Para que veas que sí tengo corazón.   Vuelvo a tomar asiento, de mala gana, y juego con mis manos.   —Jamás he dudado de que tengas corazón—murmura, arrodillándose frente a mí—Pero nunca muestras tus sentimientos, entonces es difícil saber qué piensas o sientes. No expresas las cosas, hay que adivinar tus intenciones.   —Es mejor ser así.—comento.   —¿Por qué?   —Porque de esa manera las personas no pueden conocer más de lo debido. Si uno reserva sus sentimientos, emociones… la gente no tiene manera de descubrir lo que no quieres que se descubra. Si no muestro mis sentimientos, si no me muestro tal cuál soy, los demás no pueden aprovecharse de mí.—sentencio.   —Pero así alejas a las personas.—murmura con pena.   —Es mejor de ese modo. Encariñarse con alguien conduce a la destrucción, o más bien a la autodestrucción.—digo.   —Dasha, tener esa coraza no te servirá… no te salvará—me informa, y toma mis manos entre las suyas.—En algún momento alguien llegará y romperá esa barrera que has puesto a tu alrededor. Y, ¿sabes qué pasará? Tú sufrirás más, porque no sólo estarás luchando para hacer a un lado esos sentimientos, sino que también intentarás que esa barrera sea fuerte y resista, para alejar a esa persona de tu vida. Y al final, pues, esa coraza se romperá. Entonces esa lucha tuya habrá sido en vano.   —Mi orgullo puede más que cualquier cosa. Nadie entrará en mi vida a menos que yo así lo quiera.—le dejo en claro.   Suelto sus manos y me pongo de pie.   —¿Y qué hay de Gael Moore?—me pregunta.   —Sabes muy bien el papel que él desarrolla aquí.   —¿Y tú lo sabes? Porque quizás más adelante se te olvide.—dice y no alcanzo a descifrar lo que hay detrás de esas palabras.   —¿Disculpa? ¿Qué intentas decir con eso?   —Creo que te estás acercando demasiado a él.—opina.   Yo frunzo el ceño y lo miro desconcertada.   —¿Qué?—mi pregunta sale con histeria.—¿“acercando demasiado”?   —Sí. El que pases mucho tiempo con él no creo que sea lo mejor.   —Vete, Boris.—señalo sin paciencia.—Vete porque ésta conversación no llegará a ningún lado.   —¡Estás evadiendo la situación porque sabes que tengo razón!—eleva la voz.   —¡A mí no me grites!—zanjo.—¡No tienes razón en absolutamente nada! Dices tonterías, y me tienes harta.   Aprieta su mandíbula y guarda silencio.   —A partir de ahora te limitarás a hacer única y exclusivamente tu trabajo. No opines más sobre mi vida o mis decisiones. Basta de consejitos mediocres de tu parte. Se acabó cualquier tipo de confianza que deposité en ti. —increpo con enojo.   Su rostro de transforma y sus ojos me piden perdón.   —Ser buena con las personas no sirve de nada. Contigo fui demasiado blanda, y parece que eso no sirvió porque ahí estás, cuestionando todo lo que hago. ¿Es que debo ser mala para que los demás estén contentos, u obedezcan?—cuestiono sin entender.   —Dasha…   —Señorita Kuznetsov.—ordeno.   Calla y opta por asentir con la cabeza.   —Acompaña a Elena y ayúdales en todo lo que necesiten, ella y su hermana. Pídeles a las empleadas que arreglen dos habitaciones para ellas. También quiero que me entregues una lista con los medicamentos que la niña necesita. Y consigue la información sobre el médico que está llevando el seguimiento del tratamiento.—le ordeno.   —A caso vas a…—cierra la boca de golpe al ver la forma en que lo miro.—Sí, señorita Kuznetsov.   Se retira a toda prisa y yo me alejo en dirección al muelle, que se encuentra luego de bajar unos cuantos escalones de piedra. Avanzo sobre las maderas, viendo el agua por los espacios entre ellas. Mis pies descalzos hacen ruido con mi caminar. La leve brisa me refresca el rostro y el agua se mantiene tranquila a lo lejos.   Cuando termino de recorrer todo el largo del muelle, tomo asiento en el borde dejando mis piernas colgando.   Suelto un suspiro.   A veces siento que las cosas se me escapan de las manos. No encuentro estabilidad, y siento que caigo por un pozo sin fondo. Más de una vez me he preguntado: ¿habría sido todo diferente si mi padre no se hubiera ido de la casa? Quizás Khan hubiese seguido a nuestro lado, y mamá no se hubiese suicidado… Pienso una y otra vez en un posible futuro estando junto a ellos. Puede que no hubiéramos progresado económicamente, pero al menos estaríamos juntos. Igual, en parte agradezco que todo se haya ido a la mierda, porque viviendo bajo el mismo techo que mi padre quizás yo no hubiera tenido la oportunidad de salir adelante, ya que para él todo giraba en torno a Khan. Yo hubiese sido una sombra, como siempre lo fui.   Ahora por lo menos soy yo quien tiene las riendas de su propia vida. Yo tengo el control. Yo decido. No hay nadie que me esté recriminando lo que hago mal, que me critique, que me diga todo el tiempo que no seré nadie en la vida, que mi futuro será una mierda. O que me tome como ejemplo de todo lo que no hay que ser en la vida… Porque todo eso era lo que hacía y decía mi padre. Crecí oyendo todo eso, y poco a poco hasta yo misma sentía lástima de mí, y creía en más palabras de mi padre.   Ahora sólo estoy yo conmigo misma y eso es suficiente.   —¿Reflexionando?   Parpadeo al oír la voz de Celine a mi lado. Toma asiento junto a mí y exhala, sonriendo.   —Este lugar hace que uno sienta ganas de pensar sobre la vida.—comenta.   La ignoro, rodando los ojos, y chasqueo la lengua harta.   Todos me tienen harta.   —Estás muy callada, eso no es bueno.—murmura.—A ver, mírame.   —No seas ridícula.—mascullo mirando hacia otro lado.   —Oh, oh. Algo anda muy mal. ¿Con quién peleaste esta vez? No me digas que fue con el galán.—chilla.   En lugar de responder, suelto un sonoro suspiro. Mi paciencia se había agotado, mi humor estaba por el piso, y el hecho de que ella escarbe tanto me genera irritación.   —¿Fue Boris entonces? ¡Habla!—dice con desespero.   —Estoy cansada.—miento.   —Tus ojitos están enrojecidos. ¿Tú lloras?—suelta sorprendida.   Llevo mis manos a mis mejillas y están secas, pero mis ojos están humedecidos como si me amenazaran con soltar lágrimas.   —Me estás preocupando, mujer. Habla. Dime qué pasa.—insiste.   Niego con la cabeza, mirando hacia el frente. Mis ojos se pierden en la lejanía del agua, hasta el otro lado donde hay más propiedades habitadas por personas adineradas.   —A veces me siento agotada.—suelto.—Haga lo que haga siempre será algo malo. Tomo una decisión, creyendo que es la correcta, pero siempre aparece alguien cuestionando eso. Parece que hasta cuando ayudo a los demás está mal. Entonces… no sé qué se supone que deba hacer…   Ladeo la cabeza indecisa. Volteo a ver a Celine que me mira con el ceño fruncido.   —¿Quién te hace dudar de tus capacidades?—pregunta.   —Da igual. No sé por qué te estoy contando esto si al final del día tu opinión no me interesa.—inquiero.   —Eso es lo de menos. La opinión de los demás sé que no te importa, pero lo que sí importa es que puedas desahogarte. Aunque no lo creas, ayuda mucho decir las cosas que a uno lo atormentan.—dice con voz pacífica.   Yo elevo mis hombros.   —¿Hace cuánto no hablas con alguien sobre tus problemas?   —Nunca lo he hecho.—respondo.—Con Boris hablo pero no tan… profundo, ¿entiendes? Hay ciertos temas que no puedo simplemente conversar con él.   —Bueno, no seré la mejor persona del mundo, pero sé escuchar. Aunque no tomes en cuenta lo que yo te diga, puedes hablar conmigo siempre que lo necesites.   Esa declaración me toma un poco desprevenida, teniendo en cuenta que ella tampoco es tan expresiva. Simplemente me limito a asentir, dejando claro que tomo en cuenta su propuesta, más no accedo a hablar.   **
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