Dasha
Al día siguiente Celine y Elena se dirigen hacia Rikers Island, temprano. Mi prima postiza se había puesto una peluca rubia, con un corte por los hombros, un traje n***o que la hacía lucir como una persona de negocios, y decidimos maquillarla con dolores oscuros y un labial rojo llamativo. La idea es que se vea como alguien totalmente diferente a como se ha mostrado hasta ahora en el papel de Johanna Darren.
Yo, por otro lado, opté por ir a la compañía ya que tenía una conversación pendiente con Piero Ricci. Además, la votación se iba a llevar a cabo en un par de minutos también y de ese resultado dependía mi estadía aquí o no.
Elías iba conmigo ya que Boris estaba ocupando el lugar de Celine: seguir a Khan hasta la fábrica donde está Roxanne. Ese es otro asunto del que me ocuparé en breve.
La hermana de Elena, Maggie, se quedó en la mansión con la niñera que contraté para que la cuide durante todo el día. Su cumpleaños estaba cerca, así que decidí organizarle una fiesta en el jardín trasero para que se divierta y tenga todo lo que yo no pude tener cuando era pequeña.
—La noto nerviosa, señora.—comenta Elías, manejando.
—Y yo a ti te noto fuera de lugar.
—Tiene razón, disculpe. Es que con la señorita Johanna siempre conversamos en el viaje.—dice con confianza.
—Tú lo dijiste: con la señorita Johanna. Y yo no soy ella, así que cierra la boca o te despido.—zanjo.
—No puede hacer eso.—comenta.
—¿Qué?
—Que no me puede despedir simplemente porque quiere. Debe tener un buen motivo para hacerlo.—explica con calma.
—Tú no vas a decirme lo que puedo, o no, hacer.—aclaro.—Si se me da la gana despedirte, lo haré. Así como lo hice con muchas personas antes.
—Eso no es legal.—sigue.—Tengo un amigo que es abogado, y él me dijo que usted no puede despedir a las personas injustificadamente. Si me despide porque quiere, y no por un buen motivo, entonces yo puedo tomar serias medidas legales en su contra.
—¿A qué se debe esta revelación de tu parte, Elías? ¿Me estás amenazando?—cuestiono sin entender.
—No, señora. Yo en verdad estoy agradecido con usted, es sólo que quería… no sé… asegurarme de que no me va a despedir injustamente.
—Dile a tu amigo abogado que no sea estúpido. Yo puedo hacer lo que quiera. Más vale que respetes tu lugar y no te pases de la raya.—espeto.
Él asiente, algo avergonzado, y no me dirige más la palabra en todo el camino.
En cuanto llegamos a la compañía, la recepcionista me recibe con una mirada interrogante. Me mira más de la cuenta, y frunce los labios cuando paso por su lado. De inmediato me alcanza y toca mi hombro para que me detenga.
—Disculpe, señorita…—habla en voz baja.
—Voy a mi oficina.—le digo.
—Debo informarle primero al señor Moore.—dice incómoda.
—Trabajo aquí.
—Es parte del protocolo.
—No vi que lo hicieras antes.—suelto.—Estaré en mi oficina.
Sigo de largo y escucho que suelta un suspiro.
Llego a mi oficina, ignorando a los trabajadores que me observan en el camino. Murmuran por lo bajo, me analizan de pies a cabeza, comentando sobre la votación que los socios tomarán. Algunos me dan los buenos días, otros ni siquiera me dirigen la palabra.
Me encierro en mi oficina, despojándome de la cartera. Exhalo y me repito mentalmente que todo estará bien. Tiene que estarlo.
Dimitri me aseguró que votará a mi favor, y estoy segura de que Demian también lo hará. Los demás no sé.
Le envío un mensaje a Celine, diciéndole que me llame en cuanto salga de Rikers Island. Le mando otro a Boris indicándole que no le pierda el rastro a Khan, y que a la mínima sospecha le de una paliza. Al mismo tiempo, le indico al grupo de hombres que contraté que vayan comenzando con la tarea que les di: ésta misma noche esa fábrica, liderada por Roxanne, va a volar en pedazos.
La puerta de mi oficina se abre despacio y veo a Piero Ricci ingresar.
—Buen día.—saluda.
—Acabemos con esto de una vez por todas.
Él cierra la puerta con seguro y avanza a pasos lentos, mirándome.
—Estoy ocupada, así que si puedes ir directo al asunto, sería de gran ayuda.—le digo.
—¿Ocupada? Asumo que no será por los negocios de esta compañía. Digo, porque la votación parece que tomará tiempo.—indica.
—Es asunto mío, no suyo.—zanjo.—Ayer mencionó tener información sobre mi familia.—le recuerdo.—Me gustaría saber qué sabe al respecto, y quién se la proporcionó.
—Tengo mis contactos…—comenta, acariciando el respaldo del sofá, mientras avanza hacia mí.—Su madrastra es malvada y peligrosa.—sigue, pasando sus dedos por la madera del escritorio.—Sé que le estás siguiendo el rastro, bien cerca.
Cuando su mano empieza a ascender por mi brazo, lo detengo de inmediato.
—Deja de jugar conmigo. No me conoces, así que déjate de estupideces. Dime de una vez qué quieres.—sentencio, alejándolo de un empujón.
Él se ríe y ladea la cabeza.
—Quiero ayudarte en todo. Quiero ser la persona a la que recurras cuando necesitas algo.—me dice.
—¿No entiendes que no necesito ayuda de nadie? Tengo mis propios métodos.—recalco.—¿Por qué iría corriendo hacia ti? No eres nadie.
Traga saliva y desvía la mirada por unos segundos. Toma aire y vuelve a hablar:
—Sabes que te conozco. Eres la misma niña de casi 20 años que conocí.—me recuerda. Vuelve a avanzar hacia mí y me mira a los ojos cuando estamos cerca.—Quiero saber por qué cambiaste tan radicalmente. Por qué te fuiste. Por qué me mentiste.—insiste en saber.—No quiero que me veas como un enemigo. Únicamente quiero explicaciones.
—Tuve mis razones.—digo, tras soltar un suspiro.—Tenía una vida complicada, y fue la única escapatoria que conseguí.
Me alejo de él y me dirijo hacia el balcón. De repente comencé a sentirme ahogada, como si me faltara el aire.
—¿Por eso me mentiste con tu identidad? Te busqué, incluso fui a la universidad donde supuestamente estudiabas… nunca te inscribiste.—dice a mi espalda.
—Fue necesario hacer todo eso.—inquiero.—Tenía qué.
—Tenías que usarme, ¿no? Todo el dinero que te di, los regalos… ¿qué hiciste con eso?—pregunta.
Me giro para observarlo.
—Guardé el dinero y vendí cada regalo.—respondo.
—Nunca sentiste nada por mí, ¿no? Fui tu salvación, tu juguete al cual usaste para tu propio beneficio.—suelta con dolor.—Yo sí me encariñé contigo. Todo lo que te decía, lo sentía de verdad. Yo… estaba enamorado de ti.—expresa con una mano en el pecho.
—No jamás te obligué a nada. Los regalos, el dinero, las palabras bonitas… todo salió de ti sin que yo lo pidiera. Ahora no me culpes.—le advierto.
—¿No sientes remordimiento? ¡Me usaste a tu antojo!—grita.
—Yo también te quise.—suelto.—No fue un juego. Solamente me aseguré de no quedar estancada luego de que mi familia se desmoronara como lo hizo.
—Yo te podía ayudar si me decías la verdad. Sabías perfectamente que te daría todo lo que me pidieras.—asegura.—¡Quería estar contigo!
—Yo tenía otros planes.
—Sí, me di cuenta. Construir un gran imperio, ¿no? —dice con seriedad.—Querías hacerlo sola, por lo visto.
—Quería tener éxito. Demostrar que no iba a ser una fracasada sin futuro.—espeto con firmeza.
—¿A quién se lo querías demostrar?—pregunta sin entender.
—¡A mi familia! ¡Al mundo entero! —le grito con enojo.—Siempre fui la oveja negra. Escuchaba a diario las constantes críticas de mi padre hacia mí. Veía como él ponía a mi hermano en un pedestal. Mi madre no podía defenderme porque le tenía miedo a mi padre. ¿Cómo crees que me sentía yo? Siempre quise ser alguien, que la gente hablara de lo lejos que había llegado, que alguien sintiera orgullo de estar a mi lado. Soñaba con tener poder, dinero. Deseé tener todo lo que tengo.
Siento un nudo en la garganta, así que no digo nada más. Simplemente me froto la zona del cuello, queriendo acabar con la sensación de tormento que tengo en mi interior.
—Lamento que no hayas tenido el apoyo de tu familia. Pero no eres la única que atraviesa por eso. Pudiste apoyarte en mí. Muchas veces intenté que hablaras sobre el tema, y tú lo evadías.—dice con pena.
—¡No quiero que me veas con pena, maldita sea!—lo señalo.—Por ese motivo jamás te conté nada. Era cosa mía. Bastante lástima me tuve, como para que ahora me la tengas tú. Basta. Mi familia ya no está conmigo.—zanjo.
Tomo una profunda respiración y apoyo mi espalda en el barandal.
—Por favor, confía en mí. —murmura, acercándose.—No te voy a cuestionar más. Pasaré por alto todo lo que pasó entre ambos, esas cosas que quedaron sueltas ahí. Lo que importa es lo que pasa ahora.—asegura.
—¿Qué quieres? Ya te dije todo. ¿Qué harás ahora?
—Ayudarte. Te lo juro. Sabes que jamás te mentí, tampoco lo hago ahora.—su voz suena segura.
Toma mis manos entre las suyas y yo me tenso al instante.
—¿Cómo sabes sobre Roxanne?—cuestiono, soltando su agarre.
—Es complicado. Yo le estaba siguiendo el rastro desde hace tiempo porque, Lucca, el hijo de mi actual pareja estaba en cosas raras. Me di cuenta que él estaba consumiendo drogas, entonces un día lo mandé a seguir y di con una fábrica donde al parecer se hacían negocios sucios. Mi investigador personal me dio los datos de Roxanne Petrov, y Khan Petrov.
Aprieto mi mandíbula al oír esos nombres. Trago saliva y hago un ademán para que continúe con el relato.
—Bueno, una cosa llevó a la otra y Lucca murió de una sobredosis. Así que me dispuse a rastrear el origen de esas personas que le vendieron la droga por mucho tiempo, y los resultados de Khan Petrov me llevaron a Rusia y los de Roxanne me trajeron a Estados Unidos. Decidí centrarme en Khan Petrov, ya que algo me llamaba la atención e hizo que en mi mente aparecieras tú. Traté de buscar los registros tuyos, pero no había nada. Busqué, busqué… hasta que un buen amigo mío, y excelente hacker, pudo acceder a los datos más privados de la ciudad y encontré tu certificado original. El tuyo, y el de Khan Petrov.
Mi mente grita: peligro.
—Y aquí estoy.—finaliza.—Tu hermano trabaja con ella. Asumo que lo sabes.
—Ese es otro asunto.—inquiero.—Veo que sabes sobre mi verdadera vida.
—Y no deberías tener vergüenza de eso.
—No me da vergüenza decir que era pobre. Me da vergüenza la familia que me tocó: un padre horrible que jamás me tuvo en cuenta, un hermano que nunca me protegió ni me respetó, y una madre que cuando se pudo liberar de las cadenas que tenía… hizo lo que pudo para sacarnos adelante. Ella fue la única que medianamente me dio amor.
—Yo también te di amor.—me recuerda.—Fueron dos años que realmente me hicieron muy feliz. Más allá de tus mentiras, me hiciste feliz.
Sus brazos me rodean y me abraza con mucha delicadeza, como si llevara queriendo hacerlo desde hace tiempo. Es un abrazo cariñoso.
Mi mentón queda sobre su hombro, más allá de que no se lo correspondo.
Escucho que alguien golpea la puerta, y segundos después forcejea con la cerradura. Me separo de Piero y vuelvo a la oficina.
—Dasha, ¿puedes abrir la puerta?—habla Gael desde el otro lado.
Carraspeo y acomodo mi atuendo antes de abrir.
—¿Por qué tenía seguro?—me pregunta con el ceño fruncido.
Piero aparece y la mirada de Gael viaja hasta el arquitecto, al que mira con desconfianza. Luego me mira a mí, como pidiendo explicaciones.
—Creo que deberías enviar a un cerrajero, porque no es la primera vez que la puerta se traba.—le digo con fastidio.
—Las demás puertas están en buen funcionamiento.—me indica.
—Bueno, pues empiezo a creer que ustedes tienen un problema en mi contra. Primero lo de la reunión, ahora la puerta…—le suelto.
—Con ese tema otra vez… —suspira.
—Yo me retiro.—interviene Piero.—Señorita Kuznetsov, estamos en contacto.—se despide.—Gael, buen día.
Yo asiento, sin decir nada.
Él se va y Gael cierra la puerta de mal humor, lo que ocasiona un fuerte ruido.
—¿No quieres golpearla más fuerte así se termina de romper?—suelto con ironía.
—No estoy de humor.—me advierte.
—¡Sorpresa! Yo tampoco.—zanjo.—¿Qué quieres?
—Vengo a comunicarte el resultado de la votación.—vacila.
Yo tomo asiento sobre el escritorio y me cruzo de brazos, esperando a que él hable.
—¿Y bien? ¿Debo irme ya o tengo que esperar a que Harrison me lance otro insulto como despedida?—le pregunto, y sonrío con falsedad.
Él avanza hacia mí y queda entre mis piernas. Toma mi rostro entre sus manos y me besa con urgencia. Me toma por sorpresa, pero aún así le correspondo de la misma manera. Le rodeo la cintura con mis brazos y disfruto de sus labios por un largo rato. Realmente extrañé sus besos y esta sensación de calma estando entre sus brazos.
Cuando nos separamos, Gael apoya su frente contra la mía.
—Necesitaba esto…—susurra.
—¿Es tu despedida?—le pregunto, alejándome un poco para verlo a los ojos.
Él niega.
—Es mi disculpa por ser tan estúpido. Es mi manera de decirte que te extrañé. Y… es la forma de decirte que la votación quedó en 4 contra 3. Te quedas aquí.—afirma, dejando un sonoro beso en mis labios.
—¿Quién votó a mí favor?—le pregunto.
—Dimitri, Demian, Elías y yo.—responde.
Suelto un suspiro de alivio, y apoyo mi frente contra su pecho, cerrando los ojos.
Siento que él deja un beso en mi cabeza y me abraza. Su abrazo es diferente al de Piero. Es… cálido, tierno, protector.
Me separo de Gael y me pongo de pie.
—¿Pasó algo con Piero Ricci?—habla, rascando su nuca.
—No, nada.—le sonrío.
Él me observa por unos segundos, indeciso. Finalmente asiente.
—¿Qué tal está Nora?—le pregunto.
Él eleva sus hombros con indiferencia.
—No lo sé. No he sabido de ella desde hace mucho.—explica y toma asiento en el sofá.
—¿Seguro?—insisto.—¿No hablaste con ella mientras yo estaba en Rusia?
—No lo hice. Estoy muy seguro. ¿Por qué lo preguntas? —me mira.
—Curiosidad. —respondo.
Me está ocultando la verdad. Me pregunto por qué.
**
Llego a la mansión pasadas las diez de la noche. Había ido con Gael a supervisar el Casino, mientras que los demás socios asistían a las reuniones previstas o se ocupaban de la publicidad y demás temas referentes.
Isaac y Harrison no estaban muy contentos conmigo y Justin me pidió disculpas por haber votado en mi contra. Alegó que yo le caía bien, pero que en cierta manera los otros dos socios tenían razón en algunos aspectos y que por eso creía que yo no le favorecía del todo a la compañía.
Celine me llamó alrededor de las 3 p.m. para decirme que habían logrado conectar el dispositivo. Elena había logrado distraer a su primo y Celine se había encargado de lo demás. También tuvo que seducir a unos cuantos guardias para no levantar sospechas, ya que más de uno le hizo preguntas del porqué estaba allí. Al final se logró el cometido, y eso es lo importante.
Ingreso a la mansión, sumamente cansada. Ya no tenía más energía y me dolían los pies por los tacones.
Mi teléfono móvil suena mientras le entrego mis cosas a una de las empleadas.
—Su prima está en el jardín, junto a los demás.—me indica ella.—También tiene visita: la señorita Nora Franklin la espera en su despacho.
—¿Hace mucho llegó?—le pregunto, observando la pantalla del aparato.
—Hace pocos minutos. Dice que es urgente, y se le notaba triste.—dice.
—Diles a todos que me esperen en el jardín. Tengo una noticia para darles.—le ordeno.
Ella asiente y se retira. Yo aprovecho para atender la llamada:
—Kuznetsov. —digo.
—Todo está listo, señora.
—Quiero que ese lugar quede hecho pedazos.—advierto.—Supervisen que Roxanne logre salir ilesa de allí. Aún no será su final.
Corto la llamada y me dirijo hacia mi despacho. Nora ya se había tardado en venir a enfrentarme. Sé que su visita tiene relación con Gael.
La encuentro observando un muñeco, al parecer es de Maggie, y me lo enseña con diversión y descaro.
—Veo que te volviste solidaria.—comenta.—Pensé que odiabas a los niños.
—Algunas personas cambian para bien.
—No sería tu caso.—se ríe, acariciando el muñeco.—Tú cada día estás peor.
—¿Whisky?—le pregunto, mientras me sirvo. Ella niega.—¿Qué se te ofrece?
Tomo asiento en el sofá y ella observa el muñeco pensativa. Suspiro ante el suspenso que le da a la situación.
—Tuve un día agotador, Nora. Algunas personas trabajamos.—le digo.—Si no vas a decir nada, vete.
—¿En verdad quieres a Gael?—pregunta.
—Hace menos de un mes que estoy aquí, es muy pronto para pensar en eso.—hablo, y le doy un trago al whisky.
—Yo sí lo quiero.—me cuenta, acercándose. De deja caer en el sofá frente a mí y deja el muñeco en su regazo.—Amo a Gael. Y… me hace mal verlo contigo.
—Si lo amaras tanto como dices, no lo hubieras usado como lo hiciste. ¿Qué clase de amor es ese?—cuestiono incrédula.—Estabas con él por su dinero y ahora, que no estás con él, te diste cuenta de que lo amas. Eres muy rara.
Ella exhala con tristeza.
—Tú no lo quieres. Lo estás usando también.—suelta.—Estuviste con ese Príncipe árabe, haciendo quién sabe qué allá en Rusia, y Gael la pasó mal. Vio esas imágenes que aparecían en la televisión y eso no le hizo bien. ¿Tú estabas ahí para verlo? No. Estabas muy a gusto con otro, divirtiéndote. Pero yo sí lo vi, Dasha.—me recrimina.
—Si él prefiere creer en las cosas que ve por televisión, es tema suyo. —aclaro.—Yo sé muy bien cuál fue el motivo de mi encuentro con Hassan Mahaluf. Si los demás prefieren creer que me acosté con él, o que engañé a Gael de alguna manera, es su problema. Yo no puedo hacerme cargo de las noticias o chismes que la gente divulga.—espeto.
—No entiendes nada. Quiero lo mejor para Gael, algo que a ti no te importa. ¿No ves que ese hombre te quiere?—señala con enfado.—¡Ojalá yo estuviera en tu lugar!
—¡Lo estuviste, y no lo aprovechaste! Preferiste cagar la oportunidad que tuviste, así que ahora hazte cargo de las consecuencias.—sentencio sin paciencia.—No te metas en asuntos que están fuera de tu alcance. Gael no te quiere, Nora.
—Si veo que él sufre por tu culpa, me voy a meter. Sí, yo cometí un error en el pasado… y el karma que estoy pagando es muy grande. Estoy arrepentida, en serio.—se lamenta—Por favor, no cometas mi error: no lo utilices, no lo veas como una cuenta bancaria viviente, no lo lastimes. Él tiene un hermoso corazón, y es un hombre excepcional. Te vas a arrepentir si lo pierdes por tonterías.
Trato de que sus palabras no me afecten, pero en cierto grado lo hacen. No puedo evitar sentir un pinchazo de culpa en el pecho porque Nora tiene razón: sí lo estoy usando, sí lo estoy lastimando. Y el resultado será desastroso. Voy a perderlo por este plan que me propuse.
Bebo el whisky que me queda en el vaso, tratando de calmar el remordimiento que tengo.
—No voy a cometer el mismo error que tú.—le digo, forzando una sonrisa.
—Sé que no. Créeme.—concuerda.—Temo que tu error sea peor que el mío.