Evans Evans observó con atención cómo Valentina se alejaba, su silueta iba perdiéndose poco a poco en la lejanía. Mientras tanto, él permanecía sentado en el interior del coche, las manos todavía temblorosas sobre el volante, como si el acto de conducir le resultara abrumador en ese instante. El estruendo de los cláxones que sonaban a sus espaldas se fue apagando gradualmente, transformándose en un murmullo distante y apenas discernible. En ese breve momento, parecía que el tumulto del mundo exterior había desaparecido, dejándolo sumido en sus pensamientos, aislado en su propio universo. Su mente estaba colmada de pensamientos en conflicto. Por un lado, comprendía a la perfección el anhelo de Valentina por disfrutar de su propia libertad y la necesidad de tomar sus propias decisiones,

