Dante Olsen
La primera noche en este departamento fue, para decirlo suavemente, un desastre absoluto. Si alguien me hubiera dicho que terminaría durmiendo en una cama tan básica que casi puedo sentir el espíritu del fabricante barato riéndose de mí, lo habría considerado un insulto personal.
Pero aquí estoy, en lo que Melissa llama un “hogar acogedor”, con sábanas que, a su favor, son de algodón egipcio de 800 hilos. No llegan a los 1500 que estoy acostumbrado, pero al menos no se sienten como papel de lija.
Melissa, por supuesto, parecía disfrutar mi incomodidad. Esa niña insolente tenía una sonrisa tan satisfecha cuando me ayudó a tender la cama que, por un momento, casi olvidé que estoy aquí por el beneficio a mi empresa y no para ser sometido a su tortura cuidadosamente diseñada.
Cuando finalmente me acosté, pensé que sería capaz de ignorar el tamaño insuficiente de la cama y la almohada que claramente fue diseñada para alguien con un cuello más pequeño que el mío. Pero no, ahí estaba yo, dando vueltas como un animal enjaulado, sintiendo cada resorte del colchón que Melissa eligió probablemente con la intención de que desarrollara escoliosis.
No sé en qué momento me quedé dormido, pero lo siguiente que supe fue que la alarma de mi celular sonó con la fuerza de un martillo neumático. Y ahí estaba yo, enfrentándome al primer amanecer en este lugar que, honestamente, parece sacado de una película de bajo presupuesto.
Después de un rápido baño:
—bendito sea quien decidió instalar una ducha medianamente moderna en este agujero—pensé.
Me puse uno de mis trajes impecables. Al menos algo en mi vida sigue teniendo sentido. Pero cuando salí al diminuto comedor, la escena que me recibió me hizo cuestionar mi existencia: Melissa, sentada con una elegancia que no debería ser posible en un lugar como este, disfrutando de un desayuno.
No cualquier desayuno, claro, sino una perfecta ensalada de frutas, un vaso de jugo de naranja fresco y, por supuesto, esa sonrisa burlona que parecía gritar: “Bienvenido a tu infierno, Dante”. Podía sentir que me odiaba pero no podía entender sus razones.
—Buenos días, Melissa —dije, intentando sonar cordial, aunque mi tono delataba mi creciente irritación.
—Buenos días, Dante. —Su tono era tan dulce como el jugo que estaba bebiendo, pero su mirada tenía ese brillo travieso que me decía que ya estaba planeando mi próxima tortura, yo era muy observador y en ella veía todo. —¿Cómo amaneciste?— finalmente preguntó con fingida preocupación.
Ella sabía perfectamente cómo había amanecido.
—Podría haber sido mejor, considerando las circunstancias —respondí, mientras me sentaba en el comedor, esperando, ingenuamente, que ella me sirviera algo de comida.
Ella me observó con una ceja levantada, como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
—¿Qué? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia mí.
—¿No me vas a servir el desayuno?
Su risa fue instantánea, cristalina y tan cargada de burla que me hizo pensar que llevaba cinco años ensayándola para este preciso momento. Se cruzó de brazos con esa postura de reina absoluta que siempre me hacía sentir como un pobre plebeyo..
—Dante, querido —dijo, saboreando cada sílaba con un tono que dejaba claro cuánto estaba disfrutando arruinar mi paciencia.— estás aquí para aprender a vivir por tus propios medios.
La miré incrédulo, intentando procesar lo que acababa de escuchar. ¿Aprender a vivir por mis propios medios? Yo era Dante Olsen, CEO de una de las empresas tecnológicas más importantes del mundo, un hombre acostumbrado a mover montañas con una sola llamada. ¿Y ahora esta mocosa venía a darme lecciones de vida?
—¿Por mis propios medios? —repetí, señalando la cocina como si me hubiera pedido descifrar un lenguaje extraterrestre.
—Exacto. —Su sonrisa era tan amplia como maliciosa.— Si quieres comer, aprende a cocinar. No soy tu empleada y, mucho menos, tu niñera.
—Eres mi esposa, ¿no? —espeté finalmente, con un tono que buscaba ser lógico pero terminó sonando más derrotado de lo que quería.— ¿No es acaso la obligación de una esposa servir a su esposo?
Apenas terminé de hablar, me di cuenta de que acababa de cometer un error monumental, lo supe porque en sus ojos azules pude ver como la llama del infierno se encendía más.
—¿Perdón? —Melissa arqueó una ceja, y la risa que soltó fue tan peligrosa como un arma cargada. Luego, avanzó un paso hacia mí, inclinándose lo suficiente como para que nuestras miradas se encontraran de forma desafiante.—Dante, ¿escuchaste eso en una película de los años cincuenta, o simplemente olvidaste que estamos en pleno siglo XXI?
—No estoy diciendo que… —intenté aclarar, pero ella me cortó con un gesto brusco.
—¡Oh, no! Ahora sí escucha, magnate tecnológico. —Su tono era ácido, pero había algo más, algo que se sentía como un reproche acumulado durante años.— ¿Te acuerdas de esa esposa a la que desterraste sin siquiera preguntarle su opinión? ¿Esa que mandaste a Dinamarca como si fuera un archivo inútil? Pues resulta que esa esposa tiene cerebro, voluntad y, sobre todo, muy poca paciencia para tus absurdas expectativas de macho alfa.
Cada palabra golpeó como una descarga eléctrica. No porque me sorprendiera su furia, sino porque me di cuenta de algo que nunca había querido admitir: tenía razón. Durante cinco años, había tratado a Melissa como un asunto pendiente, como una pieza incómoda en el tablero que era mi vida.
—Melissa, ¿qué clase de absurdo es este? —pregunté finalmente, intentando recuperar algo de control, aunque cada vez parecía más imposible.
—No es absurdo, Dante. Es independencia. Algo que claramente necesitas aprender. —Con un movimiento teatral, señaló la cocina como si estuviera mostrándome mi nueva prisión.
—¿Independencia? —bufé, aunque sabía que mi argumento no iba a llegar muy lejos.
—Sí. Aquí hay reglas. Nada de comida comprada, nada de ultraprocesados y, sobre todo, nada de lujos innecesarios. Si quieres comer, usa la cocina.
Me quedé mirándola, sintiendo una mezcla de incredulidad y fastidio mientras ella se sentaba de nuevo, como si acabara de ganar una batalla importante. Había algo en su postura, en la manera en que me miraba, que me hacía sentir que el verdadero castigo no era este departamento, ni la falta de servidumbre, ni la comida casera: era tener que enfrentar a la mujer que había ignorado durante cinco largos años. Al parecer, ella estaba decidida a no dejarme olvidar ni un solo segundo de ello.
No había tocado una sartén en mi vida. Pero mi hambre superaba mi orgullo, así que decidí empezar con algo básico.
—¿Dónde está la cafetera? —pregunté, intentando mantener la calma.
—En la encimera. Suerte con eso.
No me gustó el tono de su voz, pero ignoré la provocación. Me dirigí a la cafetera, que parecía más simple de lo que esperaba. Al menos esto no sería tan difícil, pensé.
Mientras intentaba preparar el café, logré quemarme la mano con el vapor y derramar agua caliente por toda la encimera. Melissa, en lugar de ayudar, estaba en la esquina riéndose
Mientras me debatía entre la humillación de mi torpeza y el ardor en mi mano ya que el vapor de la cafetera decidió atacarme con más saña que Melissa misma, ella seguía allí, riéndose sin siquiera intentar disimular. Una risa cristalina, burlona y, por supuesto, profundamente irritante.
—¿Estás disfrutando esto, verdad? —gruñí, sosteniendo mi mano como si hubiera sobrevivido a un ataque de dragón.
—Mucho. —Su respuesta fue tan directa como su sonrisa, que parecía gritar: pobre hombre rico, atrapado en su propia incompetencia.
Eventualmente, y tras lo que pareció ser un debate interno entre seguir viéndome sufrir o mostrar una pizca de humanidad, Melissa suspiró y se levantó.
—Está bien, Dante, déjame evitar que incendies la cocina. Te prepararé un café, pero solo porque me divertí mucho viendo tu intento de inutilidad.
—Qué considerada, Melissa. Realmente estoy conmovido. —Mi tono era tan seco como la tostada que seguramente me obligaría a preparar más tarde.
Con movimientos ágiles y, debo admitir, una gracia irritante, Melissa comenzó a preparar el café. El aroma de los granos recién molidos llenó el aire, por un momento pensé que las cosas no podían ir peor. Por supuesto, subestimé su capacidad para convertir lo ordinario en un campo de batalla.
—¿Quieres azúcar? —preguntó, mientras llenaba la taza con el café más n***o que había visto en mi vida.
—No, no lo bebo con azúcar.
Ahí estaba, esa sonrisa maliciosa que era el preludio de alguna travesura.
—Ah, claro, por supuesto que no. —Me miró directamente, inclinando ligeramente la cabeza.— Tan amargo como tu forma de ser.
—Muy graciosa, Melissa.
—Lo sé, tengo talento natural para esto. — dijo de forma descarada.
Colocó la taza frente a mí con una teatralidad digna de un mago revelando su truco final. —Disfruta tu café.
A pesar de su tono, estaba tan hambriento y tan desesperado por un poco de cafeína que no cuestioné sus intenciones. Agarré la taza, aspiré el aroma y di un sorbo confiado.
El líquido salado invadió mi boca con la fuerza de una ola en alta mar. Casi me ahogo mientras escupía el café de vuelta a la taza, lanzándola sobre la mesa mientras soltaba una mezcla de tos y maldiciones que harían sonrojar a un marinero, puedo decir que toda mi elegancia la perdí en ese momento.
—¿Qué demonios es esto? —grité, mi voz resonando en el pequeño departamento.
Melissa estaba riéndose tanto que casi pierde el equilibrio, sujetándose del respaldo de una silla mientras las lágrimas brotaban de sus ojos.
—¡Es café, Dante! ¿No te gusta? —logró decir entre carcajadas, con esa sonrisa tan amplia que podría haber iluminado una ciudad entera.
—Esto no es café. Esto es agua salada disfrazada de café. ¡¿Qué clase de bruja eres?!
—Una bruja bastante creativa, por lo visto. —Se encogió de hombros, sin siquiera intentar ocultar su satisfacción. — Pero te lo merecías. Ayer colgaste los cuadros torcidos. Y tardaste mucho.
—¡Colgué esos cuadros porque tú me obligaste!
—Oh, pobre CEO. ¿Te obligaron a trabajar con tus propias manos? ¡Qué tragedia! —Colocó una mano sobre su pecho, fingiendo empatía con un dramatismo digno de un Oscar.
La miré, incrédulo, mientras mi lengua seguía intentando recuperarse del ataque salino.
—Maldita mocosa… —murmuré, agarrando una servilleta para limpiar el desastre que había dejado sobre la mesa.
—Lo tomaré como un cumplido. —Melissa sonrió, recogiendo su vaso de jugo con una elegancia irritante antes de despedirse. Bueno, Dante, disfruta tu desayuno. Yo tengo cosas que hacer. Intenta no incendiar el departamento mientras estoy fuera.
Y con eso, salió por la puerta, dejándome solo con mi café salado, mi dignidad herida y la creciente certeza de que estos 30 días iban a ser mucho, mucho peores de lo que imaginé.
De inmediato contacté a mi asistente, Hendrik, solicitándole que viniera a recogerme, ya que, dicho sea de paso, este edificio carecía de la mínima dignidad de contar con un estacionamiento.
Me sentía absolutamente consumido por Melissa, y eso que apenas llevábamos un días compartiendo techo. ¿Cómo iba a sobrevivir un mes entero sin perder la cordura?
Tras el desafortunado incidente del “café salado de la bruja”; me vi obligado a cambiar mi traje. Las gotas de café que terminaron en mi camisa parecían un recordatorio irónico de mi derrota temprana en esta absurda guerra doméstica. ¿Desde cuándo un CEO multimillonario tiene que lidiar con estos pequeños y humillantes percances?
Cuando finalmente estuve listo para salir, con mi maletín en mano, agradecí profundamente a Hendrik, mi leal asistente, quien esperaba en la entrada con un café express en mano. A diferencia del veneno líquido que Melissa había osado llamarle “café”, este sí cumplía su propósito básico: mantenerme funcional.
—Gracias, Hendrik —murmuré mientras tomaba un sorbo y sentía que regresaba un poco de mi dignidad perdida.
Mientras nos dirigíamos a la oficina, decidí aprovechar el tiempo en el auto para preguntar algo que llevaba rondando en mi cabeza desde que había vuelto a cruzarme con Melissa.
—Hendrik, ¿qué pudiste averiguar de Melissa? Quiero conocer… sus puntos débiles.
Hendrik, siempre eficiente, me entregó un fólder con la información.
Una vez que llegué a la oficina, respiré profundamente antes de entrar en mi reino de control absoluto. Aquí, todo estaba bajo mi dominio, desde los movimientos financieros más complejos hasta la temperatura exacta de mi café. Nada escapaba a mi supervisión… salvo, claro, Melissa.
Dejé el maletín en mi escritorio y encendí mi computadora con un gesto firme, como si el acto mismo me devolviera el control que había perdido en las últimas 48 horas.
Me recosté en mi silla de cuero n***o, abrí el folder que Hendrik me entregó y empecé a leer. Lo que descubrí era… interesante, por así decirlo. Melissa Hansen, la niña que desterré a Dinamarca con la esperanza de olvidarme de este absurdo matrimonio, había resultado ser mucho más que eso.
Primero, su carrera. Melissa no solo había sobrevivido en Dinamarca, sino que había prosperado. Estudió diseño y fundó, una marca de joyas de lujo que había alcanzado notoriedad internacional. Vaya, vaya. La niña que imaginé languideciendo en un rincón sombrío resultó ser una estratega en su propio campo.
—Muy hábil, Melissa Hansen. —murmuré mientras me inclinaba hacia adelante, intrigado.
Pasé a su vida personal y ahí fue cuando la historia se volvió realmente interesante. Según el informe, Melissa era reservada y extremadamente solitaria. En los últimos cinco años, no había tenido relaciones amorosas ni escándalos públicos. Un modelo de discreción.
Una sensación de alivio o era de..¿satisfacción? me invadió. Saber que había sido fiel a este matrimonio, incluso cuando yo lo había olvidado, me llenó de una extraña calma.
—Fuiste una “buena niña” —murmuré en voz baja, sin darme cuenta de que estaba sonriendo ligeramente.
Sin embargo, mi satisfacción duró poco. Mientras revisaba el resto del informe, algo me incomodó. Antonella Martínez una mujer de nacionalidad española quien fue, su ex compañera de universidad y ahora mano derecha en su joyería, parecía ser la única persona cercana a ella. Esa soledad que describían los reportes me resonó más de lo que esperaba. Melissa no solo había estado aislada físicamente, sino también emocionalmente.
Por un momento, una punzada de culpabilidad atravesó mi conciencia. Yo había creado esa distancia. Yo había dictado ese destierro. Y ahora que estaba comenzando a conocerla, no podía evitar preguntarme qué habría sido de nosotros si hacia en ese entonces las cosas de diferente manera.
Sacudí la cabeza, apartando esos pensamientos inútiles. Esto no era una sesión de autoanálisis. Este matrimonio seguía siendo una transacción y Melissa era una solución temporal en mi camino hacia los inversionistas árabes.
Cerré el folder sin querer leer más. La guerra había comenzado, aunque Melissa parecía llevar la delantera con sus juegos sarcásticos y su maldito café salado, yo no iba a permitir que se saliera con la suya.
—Vamos a ver, Melissa —susurré con una sonrisa fría—quién termina ganando este juego.
Encendí mi computadora y programé una reunión con mi equipo. Tenía que resolver los asuntos importantes de la empresa antes de enfrentarme nuevamente a la tormenta llamada Melissa Hansen. Y esta vez, estaría preparado.
Una niña no le ganaría al “Gran Dante Olsen”
Sin percatarme del paso del tiempo, me encontré nuevamente frente al reloj marcando las 8:00 p.m. La inevitable perspectiva de regresar al departamento y enfrentar otra velada con Melissa me llevó a tomar una decisión práctica: dirigirme a un exclusivo restaurante para cenar. Sabía perfectamente que de quedarme a su merced, no comería absolutamente nada digno y probablemente moriría de inanición antes de que lograra doblegarme.
Cuando finalmente regresé al departamento, ya era algo tarde. Las luces estaban apagadas, el silencio reinaba en el lugar, como un respiro momentáneo en medio de la tormenta que era convivir con ella. Me limité a caminar hacia mi habitación, evitando cualquier posible interacción.
Por lo menos, esta noche no le concedí el placer de humillarme.
Aunque esta fuera una pequeña victoria, debo admitir que me fui a la cama con una ligera sensación de triunfo que, curiosamente, logró arrancarme una sonrisa.