Dante Olsen Apenas han transcurrido unas horas desde la última vez que vi a Melissa, desde el instante en que cruzó la puerta de este humilde departamento que, irónicamente, fue ella quien me obligó a habitar. Nunca imaginé que acceder a uno de sus caprichos significaría entregar mi corazón en bandeja de plata, desprotegido y a merced de su voluntad. No puedo describir la fractura silenciosa, el desgarrador estallido en mi pecho cuando la vi partir. Se fue sin mirar atrás, sin detenerse un solo instante para reconocer lo que estaba dejando, a quién estaba abandonando. Ni siquiera el eco de sus pasos en el pasillo trajo consigo una duda, una vacilación. Solo se marchó. Y con ella, se fue todo. Sobre la mesa quedó su nota, una despedida escrita con la misma delicadeza con la que al canta

