Daniela era una esbelta mujer que sabía mucho de Nueva York. Nos llevó por todos los departamentos posibles hasta encontrar el indicado. Paseamos por toda la Gran Manzana viendo los lujosos pent-house que nos ofrecía a precios bastante altos.
Fuimos a ver el cuarto departamento. Era un rustico departamento al estilo Brooklyn muy cerca del Empire State. Tenía grandes ventanales hacía toda la ciudad, paredes de un oscuro ladrillo y una escalera que nos llevaba a las habitaciones de arriba. Tenía un gran balcón y una piscina enorme. Maia quedó encantada al igual que yo. Aunque no era mi estilo, a elegancia de ese lugar se sentía como mi hogar.
—Lo queremos —dije por Maia, ella emocionada viendo todo el departamento. Armin se había quedado plantado en la puerta mirando algunos papeles—. ¿Puedes decirme el precio?
Daniela me miró confundida.
—Bueno… es uno de los departamentos más baratos. Pensé que buscabas algo más… ya sabes, tu padre me dijo que puedes pagar lo que quieras —Daniela dijo todo eso un tono bastante confuso. Sabía que mi padre iba a querer que tuviera un buen departamento lujoso. Pero ese departamento era tan ideal para mí como para Maia.
—Lo queremos y ya, Daniela. —Dije sin más, llamando la atención de Armin. Recordé que Armin debía quedarse en Nueva York—. ¿Tienes otro departamento libre en este edificio? —pregunté mientras abría mi bolso para sacar mi teléfono.
Daniela revolvió los papeles nerviosa.
—Bueno… tenemos el departamento de al frente de este. Es mucho más pequeño y barato, no tiene balcón ni escaleras… Es un precio básico —le señalé al muchacho que se hizo el distraído cuando nos dirigimos a él.
—Lo quiero también, es para él. —Dije levantando mi mentón, Armin se sorprendió ante ello y me miró inmediatamente. Daniela no objetó nada más y anotó ambos departamentos.
Maia bajó junto a ella mientras yo le daba una última vista al departamento.
Armin se acercó y se puso cerca de mí.
—No tienes por qué hacerlo ni ser amable, Atenea. —Fue la primera vez que no escuché que me haya respondido con un simple ‘señorita’ de su parte. Fue borde, estaba muy enojado—. Sí todo esto es por qué me burle de ese estúpido gato, te pido disculpas. No necesito que pagues un departamento por mí, puedo vigilarte de todas formas y puedo pagarme mis propias cosas.
—¿Ni siquiera me darás las gracias? Dios, se nota que eres del bajo Vancouver. No lo hago por humildad ni por qué me caigas bien. Se lo prometí a mi padre, este es tu empleo, y deberías ocuparte de tus asuntos la próxima vez. No te he dado tanta confianza para que me trates de tu amiga… —me di la vuelta y lo ignoré—. Y, por cierto, el trabajo de mesero te quedaba mejor que esto.
Armin se acercó bruscamente y se posicionó delante de mí.
Desafiante y provocador, su mirada no era del mismo niño inocente de antes.
—Parece que tu alma de capricho no te deja ser un poco sincera y humilde, ¿no es así? Y es que le creí a tu padre cuando me mencionó tu corazón generoso, pero ahora veo que lo eres bajo sus órdenes… —Armin se acercó un poco más para que pudiera levantar mi vista y mirarle fijamente a los ojos—. Sí no fuese por qué le debo un favor a un viejo amigo, yo no estaría aquí cuidando de lo insoportable que eres.
—Pues renuncia, ¡ve y renuncia, es muy fácil! —dije casi a los gritos, Armin pasó por mi lado mientras se dirigía a la entrada con pasos lentos—. No tengo que soportarte ni tú a mí, niño pobre.
Él se detuvo y volvió a enfrentarme, camino tan rápido que retrocedí también.
—Lo siento mucho, niña rica y caprichosa. Lamento no ser el típico fortachón y millonario hombre que debe mendigarle a una niña maleducada. No tengo por qué escucharte ni soportar tus quejidos de niñita que se cree el centro de atención… —Armin me enfrentaba como nadie antes lo había hecho. Quizás Dixon, algunas veces, pero de la manera en que él lo hizo jamás había pasado—. Gracias, Atenea, espero que seas feliz con este agradecimiento de alguien pobre que debe cuidar de una niña rica.
Se dio la vuelta y me dejó plantada en el departamento, llena de bronca.
Caminé rápido por el pasillo hasta encontrarme con él en el ascensor. También lo esperaba, había olvidado de cerrar la puerta a mis espaldas. Volví al departamento y en cuanto lo cerré vi a Armin subiéndose al ascensor con una sonrisa.
Las puertas se cerraron cuando llegué corriendo, enojada y furiosa pateé una de las puertas pronunciando su nombre y diciéndole idiota. Muchas veces.
Me quité los zapatos y bajé rápidamente por las escaleras.
Llegué abrumada, cansada, Maia se sorprendió al verme acalorada.
—¿Atenea? ¡Había ascensor! —me tocó la frente y notó lo transpirada que estaba, Armin me miraba con una sonrisa triunfante—. Dios mío, te ves fatal, ¡se corrió tu maquillaje!
No dije nada, solamente lo miraba a él. Bajé mi mirada y me mordí la lengua para no largarme a llorar. Me daba muy mal gusto pelear con alguien que en ese momento no valía la pena.
—Dejé que Armin tomara el ascensor —dije tratando de tener un poco más de respiración—. Quería usar las escaleras y bajar de peso, creo que solo se me bajó la presión…
Daniela se echó a reír junto a Maia, Armin contuvo la risa.
—Bueno, suele pasar, amiga… ¡Vayamos de compras ahora! Te hará bien, y de paso te cambias de ropa… en serio te ves fatal —Maia me llevó al coche mientras que Daniela se subía con Armin adelante.
Él estaba desafiándome, y aquella manera era la que iba a despertarme completamente para demostrarle quién era realmente Atenea Brown.
Y no tenía la más mínima idea de quién era realmente.
Armin iba siempre detrás de nosotras, Maia cada cosa que veía era cada cosa que se llevaba. Habíamos ido con Daniela para invitarla por agradecimiento. El gran centro comercial neoyorquino, donde iban algunas estrellas de cine, estaba repleto de gente de muy buena clase con gustos expectables.
Daniela iba con Armin hablando de sus cosas, Daniela también provenía de una familia pobre de Ohio. Esta nueva vida era algo impresionante para ella, pero que se acostumbraba a codearse con personas de industria y compañías, no dejaba atrás su forma campesina y su gusto por los caballos.
Armin solamente le costó lo mismo que a nosotras, no fue mucho más allá además de que supiera hablar tres idiomas. Entramos a varias tiendas, vi a Armin en una de ellas viendo algunos vestidos floreados como los que llevaba Maia. Vio la etiqueta y dejó el vestido donde estaba. Claramente no podía pagarlo.
Daniela se acercó a mí y a Maia.
—Es buen muchacho… —mencionó, Maia asintió—. No más tiene un pasado triste.
—Todos lo tenemos, de alguna forma… —dije sin más, revisando mi teléfono donde no llegaba ningún mensaje. No estaba repleta de amigos, solo de gente poderosa muy conocida—. Pero bueno, ¿seguimos? Díganle que iremos a comer.
Daniela llamó a Armin y seguimos nuestro rumbo a un restaurante. Sin embargo, Maia quería comer en McDonald’s. Desde hacía mucho que no iba a alguno, aunque luego decidió por Burger King, entonces nos dirigimos a ese.
Pedimos nuestras comidas, aunque Armin no pidió nada para comer. Maia, avergonzada por ello, le compró una hamburguesa de queso. Mientras que Daniela comió del menú vegano. Nos sentamos mientras que Maia llegaba un poco tarde detrás de nosotros. Había conseguido unas coronas de cartón con el logo de la empresa.
Le colocó uno a Armin y Daniela, yo opté por no usar uno.
Maia nos hablaba de su familia y su historia. La relación con su padre cada vez era más lejana, no sabía prácticamente nada de él más que las últimas cartas que se habían enviado hace ya cuatro años. Era mucho tiempo. Armin no habló más de lo ya contado. Cada día sospechaba más de él.
Cuando salimos del restaurante, Armin me colocó su corona en mi cabeza sin que yo le dijera. Me quedé parada en medio de la entrada esperando que algo saliera de su boca. Maia feliz me arrastró de nuevo por la calle y seguimos caminando, dejando a Armin con Daniela por detrás.
Nos despedimos de Daniela y seguimos nuestro rumbo viendo algunas tiendas. Cuando creí que todo era felicidad y armonía… olí su perfume. Ese perfume arrasador, transparente, emocional. Mis ojos fueron directamente a él, que estaba en la misma tienda que yo viendo ropa. Ropa de mujer.
Maia estaba en el probador, vistiéndose de lo que había visto. Él se giró cuando pareció que alguien lo llamó. Fue la chica de la tienda diciéndole que su tarjeta había sido rechazada. Me di vuelta de inmediato para que no me viera a los ojos, pero cuando creí que aquella mirada no iba a poder encontrarme, me giré y nos miramos frente a frente.
No supe que hacer.
Dixon ante mis ojos, con su alianza de matrimonio, y su nueva figura de hombre casado; estaba delante de mis ojos el hombre a quién amaba alocadamente. Con pasión y lleno de deseo por dentro.
Se quiso acercar a mí de un ademán, pero me alejé corriendo por la tienda mientras las bolsas caían por detrás de mí. Tropecé en las escaleras de la tienda cayendo fuertemente contra el piso, mis lentes de sol se partieron en dos. Cuando quise levantarme por mi propia voluntad, me di cuenta de que me faltaba la respiración.
Todo se tornó gris. Cada vez me faltaba más el aire.
—Atenea, quédate conmigo, no te dejaré sola —escuché una voz masculina, y sus manos envolverme todo el cuerpo—. Respira profundo, y exhala. Vuelve a hacerlo… —Lo hice, una y otra vez, hasta que mis ojos volvieron a ver con claridad luego de la borrosidad—. Así es, hazlo una y otra vez. Estoy aquí, quédate tranquila.
Pude ver la silueta masculina bronceada, rubia.
Armin me tenía en sus brazos.
—¡Por Dios! ¿Qué pasó? —de repente escuché la voz desesperada de Maia.
Escuché que Armin le mencionó sobre un ataque de pánico.
Me subieron lentamente al auto mientras que lograba ver como Dixon salía desesperado a buscarme. Maia lo pudo ver, y cuando se sentó a mi lado hizo una mueca de desagrado. Armin también lo vio, sin saber quién era.
Nos fuimos rápidamente mientras que Maia me iba ofreciendo agua cada tanto. Cerré mis ojos dejándome por la brisa de Nueva York. La gran y fantástica ciudad de cualquier soñador estrella.
No pude oír más la voz de Armin cuando me quedé dormida en la falda de mi amiga.
Pero sí cuando desperté en mi casa, de la nada. Sentía que habían pasado al menos unos cinco minutos cuando cerré los ojos. Armin le mencionaba a mi padre sobre mi descompostura, jamás le mencionó un ataque de pánico.
Maia preocupada, estaba junto a él. Le explicaba lo sucedido, mientras que mi padre insistía en que hubiésemos ido al hospital. Armin le mencionó que no era nada grave. Mi padre salió de la oficina, pude contar sus pasos hasta el sofá donde yo me encontraba. Me hice la dormida y sentí su beso en mi frente.
Armin y Maia volvieron al pasillo caminando.
Me levanté silenciosa y pude oírlos sin que me vieran, hablaban sobre mí y mi condición actual. Él estaba muy asustado mientras que ella mantenía la calma.
—Lo hiciste muy bien, Armin, no te preocupes —le mencionó ella.
—Juro que si no la ayudaba creo que iba a morirme yo igual.
—Él la puso de esa forma, es un maniático manipulador.
Se escuchó el suspiro de Maia.
—¿Quién es ‘‘él’’?