—¡Espera! ¿Qué hizo qué? ¡Por Dios, Atenea! ¡Por Dios! Tomé los palillos de sushi mientras que estábamos sentadas en los cojines de un restaurant japonés del centro de Manhattan. Le había contado todo, como era costumbre. Mi fin de semana no había sido entretenido, luego de lo sucedido Armin nuevamente no me dirigió la palabra más que decirme buenos días. Y todo por mensaje, no había podido verle el rostro hasta ese día donde nos aguardaba en la puerta del restaurant. —Pero supongo que está enojado conmigo por eso, no me ha hablado en días —murmuré mientras tomaba pedazo de salmón entre mis palillos—. Mejor así, pienso. —Bueno, de todo lo que me contaste lo sentí demasiado real. Ni Cameron se atreve a tanto, ¿sabes? —le pregunté que pasaba con él, y su sonrisa se desvaneció—. Nada por

