La mañana llegó con un resplandor suave filtrándose por las ventanas. Isabella despertó entre sábanas revueltas y el aroma embriagador de Daemon impregnado en su piel. Su corazón latía con fuerza al recordar la noche anterior. Nunca se había sentido tan completa, tan segura y al mismo tiempo, tan vulnerable. Daemon, a su lado, la observaba en silencio. Sus ojos oscuros seguían cada uno de sus movimientos, como si quisiera grabar cada detalle de su rostro en su memoria. Cuando Isabella le sonrió, él sintió que algo dentro de él se quebraba y sanaba a la vez. —Buenos días, mi ángel —murmuró, deslizando los dedos por su mejilla. —Buenos días —respondió ella, apoyando su mano sobre la de él. —Debo irme. Marco debe estar buscándome. —No le llames por su nombre —Gruño Daemon, quitando las s

