El zumbido monótono de las luces fluorescentes en la sala de visitas se colaba en la mente de Daemon como una agujita que lo pinchaba con cada segundo que pasaba. Las luces parpadeaban de vez en cuando, creando sombras que danzaban sobre las paredes grises. El aire viciado, cargado de la humedad de la prisión, se pegaba a su piel, dejándole una sensación pegajosa. La chaqueta de cuero que descansaba sobre el respaldo de la silla de metal parecía un lastre. El contacto con el frío acero le transmitía una sensación de incomodidad, pero lo mantuvo en su lugar. Necesitaba estar lo más calmado y controlado posible. Su mente, sin embargo, no podía dejar de correr, como un tren desbocado, persiguiendo cada detalle, cada movimiento, cada palabra. El guardia a su lado lo observaba con la desconfia

