PATRÓN.

1622 Palabras
Año 1851 Martín volvió a su choza con la primera luz del sol, sin dinero y con una cicatriz que le recordaría lo que había hecho. Camino triste y desesperado, pensando que si no fuera por el ardor de la herida en el brazo creería que todo lo vivido fue un sueño y nada más.   —¡Martín! ¡Martín! —Agustina su mujer salió corriendo a su encuentro, parecía loca de felicidad y el hombre sintió tanta pena, pues no traía consigo ni un solo real. Se sentía miserable, perdido, no tenía nada que ofrecerle a su mujer y a su hijo.   —¡Lo siento mujer! ¡Lo siento! —exclamó con un nudo en la garganta, tenía deseos de llorar, caer de rodilla y pedir perdón por haber fallado.   —¿Por qué te disculpas Martín? —preguntó, pero sin darle tiempo a responder continuo, —¡Ven, date prisa Martín! ¡Mira lo que hay allí! ¡Mira! —preguntó la mujer sin dejar de reír.   Martín corrió hacia adentro de su destartalada choza y no pudo evitar abrir los ojos con sorpresa quedándose momentáneamente mudo al ver dos sacos de oro ¡Oro puro! Había monedas montones de ellas regadas por el suelo, sus ojos brillaron al darse cuenta de que ahora era un hombre rico.   —¡Somos ricos, mujer! ¡Somos ricos! —el hombre tomó la cintura de su mujer y la elevó por los aires, olvidándose de su dolor en el brazo, la alegría de saberse un hombre con dinero, le hizo olvidarse incluso que los vecinos pudieran escucharlo.   —¡Lo lograste Martín! —gritó, mientras ambos reían a carcajadas. Martín dejó a Agustina en el suelo y le dio un beso.   —Ahora seré el patrón y no peón —dijo, mientras observaba a la montaña que colindaba con dos de las fincas más prósperas. San Jerónimo y El Paraíso, con el pensamiento de comprar una de ellas o las dos.   Semanas después… —Todo aquel que quiera ser tratado bien y tener un buen pago por su trabajo. Puede venir conmigo Las puertas del Paraíso están abiertas para todo aquel que lo quiera y necesite. Les daré trabajo y un buen trato.   Martín se había hecho con las tierras colindantes a la finca de Las Mercedes, su mayor sueño era hacerse con la tierra que lo vio nacer y donde sus hijos descansaban.   —¿Cómo vas a contratarnos?, vos estás loco Martín si no tenés siquiera onde caerte muerto, solo te estás burlando de nosotros.   Juan se burló, era un jornalero compañero de Martín, quien no creía una sola palabra de lo expuesto por Martín Cabrera, “un hombre que nació pobre no podía ser dueño de una finca”, pensaba el hombre.   —Vos te lo perdés Juan, si quieres seguir siendo tratado como perro, no te quito tu gusto, pero no vengas después a pedir trabajo porque no te estaré dando. Vos elegís venir ahora o quedarte donde estás —Respondió Martín.   —No muchachos de aquí yo no me muevo, el patrón no va a darnos trabajo si nos vamos ahora. ¡Martín no tiene ni onde caerse muerto! —insistió Juan convenciendo a la mitad de los hombres ahí reunidos.   —Ya te digo Juan, no estoy jugando con ninguno, pero, si no querés venir, no quites a esta gente las ganas de tener algo mejor para sus mujeres y sus hijos.   Martín miró con enojo a Juan pues el hombre trataba de hacerlo menos delante de todos los hombres allí presentes y eso él no iba a olvidarlo.   —No le quito las ganas a nadie Martín, el que quiera irse que se vaya con vos.   Gritó el hombre, mientras giraba sobre sus pies para dejar a Martín con más de un pensamiento malévolo.   Los días fueron pasando, convirtiéndose en semanas y posteriormente en meses. Martín finalmente, compró con oro la finca de Las Mercedes. Los patrones no pusieron objeción cerraron el trato gustoso y dos semanas después Martín Cabrera junto a su esposa y su pequeño hijo se instalaron la casa grande, donde antes no habían podido siquiera pisar los jardines.   Agustina miró la casa, el lugar donde ahora viviría hasta sus últimos días, era precioso, el color blanco predominaba el lugar. Había luces un lujo que nadie más se podía dar en esos tiempos, cuando las chozas solo eran iluminadas por velas de cera. Las alfombras que adornan el piso de manera, eran extranjeras, la pobre mujer no había visto tanto lujo en su vida y aunque ahora parecía tenerlo todo, no pudo evitar estremecerse, por las cosas que bien podían suceder de ahora en adelante.   —¿Viviremos aquí? —preguntó el pequeño mientras miraba todo a su alrededor, con temor de tocar algo y que fuese regañado. Él solo tenía cinco años y era ajeno a todo lo que su padre tuvo que hacer y ofrecer para tener riquezas.   —Si Valentín todo lo que tus ojitos ven ahora es nuestro, tuyo mijo —dijo con felicidad Agustina quien se sentía como una reina en la casa principal, pero sobre todo su felicidad se debía a que su pequeño Valentín, no volvería a pasar hambre nunca más.   La nueva señora de la casa abrazó a su hijo para darle un beso en la frente. Pensando en sus otros hijos que tuvo que enterrar debido a la falta de dinero, sus pobres criaturas murieron de hambre por culpa de su miseria. “Pero no Valentín, él crecería y sería un hombre fuerte y educado” pensó la mujer.   Un año después… El llanto desgarrado de la mujer se escuchó en la soledad de la noche. Era un lamento desde lo más profundo de su corazón, mientras se abraza a la caja donde yacía el cuerpo de su marido, los vecinos vinieron a darle el pésame uno a uno, mientras dejaban alguna limosna en el cesto, sobre la caja del difunto y así pasó la noche.   El féretro con el cuerpo de Juan salió de su choza a las nueve de la mañana. El hombre había muerto repentinamente en circunstancias muy extrañas, la vecina había dicho a la mujer doliente que se había tratado de una brujería, pero ella no creía esas cosas.   El entierro pasó por el centro de la finca, justo frente a la Iglesia Católica recién construida donde don Martín Cabrera observaba pasar los restos de Juan y a los dolientes. Se quitó el sombrero en signo de respeto, montó sobre su caballo un hermoso ejemplar de color n***o y siguió el camino hacia el cementerio para enterrar al hombre.   **** —Es una pena lo que le sucedió al Juan, la gente dice que fue culpa de un aparecido allá por la faja del tigre —susurro una de las cocineras. Agustina guardó silenció al final de las escaleras que daban a la cocina.   » Dicen que era un Jinete sobre un caballo. La Romelia dijo que el caballo lo persiguió hasta la orilla del puente entre alemán y San José —la mujer continuó con su relato, mientras Agustina escuchaba todo.   » Esas cosas no pasaban antes por aquí, todo es muy raro, es el segundo hombre que muere así repentinamente —la mujer tembló y se persignó.   —Esas son cosas del mal, ya sabes lo se dice entre los jornaleros. El patrón tiene pacto con el mal —susurró bajito la mujer de edad más avanzada.   —No hables Tomasa, no sé qué van a escucharte —dijo con premura otra de las cocineras.   Agustina subió por las escaleras con el corazón martillando dentro de su pecho. Ella no sabía lo que Martín había ofrecido o en qué consistía el pacto que había hecho. Cuando le preguntaba por la cicatriz en su brazo, él le decía que se había caído sobre una cruz de madera con punta y se había cortado.   Camino hacia el ventanal del segundo nivel desde donde podía mira todo lo que le era de su familia ahora se preguntó ¿Cuál era el verdadero precio? ¿Qué podría suceder en caso de que Martín fallará? ¿Había sido Juan una víctima? Un escalofrío le recorrió el cuerpo, se frotó las los brazos con las manos como si sintiera mucho frío.   —¿Qué hemos hecho, Dios mío? —se preguntó en tono bajo. Giro para ver a su hijo jugar sobre la cara alfombra, su niño se veía sano y feliz “¿Qué precio tenemos que pagar?” las preguntas no cesaron.   ****** La neblina cubría todo el lugar, por más que intentaba encontrar una salida no podía encontrarla. Su cuerpo temblaba, el sudor perlaba su frente, pese a que era una noche fría, sabía que estaba en alguna parte de la montaña, las ramas lastimaban sus pies descalzos, arañaban su rostro. El miedo se apoderó de ella, sentía que el aire empezaba a faltarle, como si algo caliente entrara por su nariz.   —¡Martín! —gritó desesperada, tanto de encontrar a su marido.   —¡Martín! —insistió, mirando de un lado a otro con desesperación sin poder ver nada más que el humo blanco de la neblina.   El ruido llamó su atención, se paralizó cuando la luna finalmente logró atravesar la densidad, quedando frente a una enorme serpiente.   —¡No! —gritó cuando la enorme serpiente se dirigió hacia ella.   Su cuerpo se agitó, abrió sus ojos desorientados, estaba en la habitación principal de la casa grande, palpó el lugar donde su marido dormía, estaba vacío y frío. Se abrazó a sí misma, llorando, sin imaginar que este solo sería el principio de su fin…
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