Angelo –¿Qué fue eso? –le pregunté a Emiliana tan asombrado como extrañado– Ella ignoró todos mis intentos por una explicación, ni siquiera se molestó en volver a abrir la puerta. Se dirigió al interior sintiéndose tan cómoda y libre como cualquier niño en un salón de juegos. –¿Tanto te desagrada Carina? –alcancé a preguntar al saber que no pretendía responder a ese tema– –La detesto, –confirmó buscando su ropa entre el suelo– me las tenía que pagar. No se iba a quedar tan campante después de decir que se alegraba que mi padre esté muerto, además, es obvio que pretende seguir fastidiando. –Estás… celosa. –acusé sin pensarlo dos veces– –Nop. Negó con mucha normalidad y solo Dios supo cuánto me hubiese agradado que sí lo estuviera. Le di una mirada de pies a cabeza y me encendí

