Capítulo 2

1451 Palabras
—¿Hola? —respondí con voz trémula. —Hola, preciosa. ¿Cómo estás? —Harvey se oía muy alegre. —¿Bien? —dije con inseguridad. —Me preguntaba si te gustaría acompañarme esta noche a cenar. Quiero verte. —¿Estás hablando en serio? —las palabras salieron como cohetes de mi boca. —¿Por qué no lo haría? Me gustaría pasar un rato con mi novia. ¿Qué? ¿Estaba oyendo bien? ¿Dijo “mi novia”? ¿Qué clase de broma absurda era esa? ¡Los hombres no son así! Al menos no los hombres que son apuestos y dioses en la cama. Ese tipo de comportamiento se lo atribuyo a los hombres desesperados de cincuenta en adelante que se conforman con las oportunistas que conocen a través de Tinder. La vocecita de mi consciencia gritó: ¡Alerta de psicópata! ¡Cuelga y cambia de número! Tragué grueso y carraspeé mi garganta. —¿Qué dijiste? —mi voz sonó chillona—. Oye Harvey, yo creo que vas muy rápido. Yo… —Relájate, Anely. Estoy bromeando —dijo él—. Solo quiero verte y… —respiró profundo y soltó el aire de golpe—. La pasé muy bien anoche y me gustaría repetirlo muchas veces más. «Sexo», fue lo único que se me vino a la cabeza. Eso era lo que yo significaba para Harvey. Y no me molestaba en lo absoluto. Tuve tantas malas experiencias con hombres que me hicieron daño sin importarles mis sentimientos y eso hizo que desarrollara cierta repulsión a los enredos románticos. Así que tomé una decisión. Lo disfrutaría hasta que durara, sin compromisos ni dramas. —Vale. ¿Pasas por mí a las siete? —accedí. Ese encuentro se convirtió en otro, otro y otro. Durante las próximas tres semanas nos dedicamos a explorar las diversas formas de proporcionarnos placer, salir a comer, pasear por la ciudad, ir a bailar, tomarnos un par de copas y terminar la velada enredados entre las sabanas de una cómoda cama de hotel. Él me llamaba con frecuencia para saber de mí, pero nunca cayó en el típico error de los hombres, de prometer la luna, el sol y las estrellas. ¡Detesto cuando lo hacen! Al final, solo son promesas vacías que no llegan a nada. Soy más del tipo de mujer de hechos y no de palabras. Y tal vez eso fue lo que me gustó de Harvey, porque era un hombre práctico, que era cariñoso cuando debía serlo, sin caer en cursilerías. Confieso que hubo un momento en que soñaba con la llegada de mi príncipe azul, con enamorarme perdidamente de un hombre que me dijera cosas lindas, que me regalara flores y chocolates, que me deleitara con poemas y serenatas a media noche; que me curara el corazón. Anhelaba amar y ser amada con la misma intensidad que yo lo hacía. Y cada vez que conocía a alguien, cometía el error de aferrarme y entregarme en cuerpo y alma. Al principio todo era hermoso, pero la magia solo duraba pocos días. Con el tiempo, destrozaban todas y cada una de mis ilusiones. ¿Cuántas veces se le puede romper el corazón a alguien? Yo ya perdí la cuenta de las veces que han roto el mío, y por eso me harté de enamorarme. No obstante, Harvey tenía algo que hacía tambalear los cimientos de mi cordura y pensar en la idea de arriesgarme, de amar de nuevo y darlo todo, sin importar nada. —¡Anely! —la voz de Gabrielle me hizo salir de mis cavilaciones. —Lo siento, amiga. Me distraje pensando —le dije. —Ya me di cuenta —masculló ella—. ¿Qué vamos a hacer? ¿Nos quedamos o vamos a otro lugar? Lancé una rápida mirada al lugar. Comenzaba a llenarse de gente y nunca me han gustado los lugares concurridos, a menos que se trate de un buen concierto de rock o metal. Bathwater de No Doubt sonaba a un volumen moderado, el suficiente para sentir la música, pero el adecuado para charlar sin tener que gritar. Nos encontrábamos en el nuevo lugar de la ciudad, tan solo tenía cuatro meses desde que lo inauguraron y me encantaba el ambiente. Era ideal para tomarse unas cuantas cervezas en buena compañía, escuchando éxitos de los setenta, ochenta y noventa. Miré de nuevo la pantalla de mi móvil para ver si tenía un mensaje nuevo, pero no fue así. Tenía la esperanza que Harvey me escribiera y así decirle donde encontrarnos. —¡Anely! —Mi amiga agitó su mano frente a mi cara—. ¿Qué sucede contigo? —Lo siento, pero es que no logró dejar de pensar en Harvey. Me escribió en la tarde para preguntarme que haría en la noche, le dije que estaría en la tienda contigo, terminando de organizar el inventario. No creía que me fuera a desocupar tan temprano. Le mandé un texto hace rato, pero no lo ha leído aun. Lo llamé para decirle que estaba aquí, pero no contesta… No quiero seguir insistiendo y mostrarme desesperada. ¡Joder! Pero él nada que me escribe —resoplé con frustración. —Amiga —Gabrielle me sujetó de los hombros y miró directo a mis ojos—. Debes relajarte. Estás comenzando a comportarte como siempre lo haces. Recuerda lo que pasa cuando te entregas sin reservas. Tómatelo como lo que es: un romance de verano. Me llevé una mano a la frente y me la golpeé con suavidad. —Tienes razón. Debo controlar mis sentimientos —volví a resoplar—. ¡Rayos! ¿Por qué no puedo mantener mi corazón encerrado en una caja? No puedo evitar sentir que… —Sí, lo sé. Lo quieres —mi amiga me interrumpió—. Es normal. Hace mucho tiempo que no conocías a alguien como Harvey, pero por tu bien, trata de mantener las distancias. —He mantenido las distancias durante todo este tiempo y creo que Harvey desea dar el siguiente paso, pero siempre lo evado cuando insinúa que quiere formalizar lo nuestro —solté un bufido de frustración—. No sé qué me pasa. Por una parte deseo mantenerme alejada de todo lo que amerita tener una relación seria, pero por otro lado, ansío vivir de nuevo esa experiencia. Enamorarme y… —Debes dejar caer tu muralla y permitir que todo fluya —me aconsejó mi amiga—. Nunca sabrás si es el indicado sino te arriesgas. —Vale. Déjame ir al tocador y en cuanto regrese, nos vamos —sonreí y Gabrielle hizo lo mismo. Sin perder tiempo, tomé mi bolso y me dirigí al sanitario de mujeres. Necesitaba descargar. Después de cinco cervezas, mi vejiga lo agradeció. Arreglé mi cabello frente al espejo y retoqué mi maquillaje. Al salir del baño me decidí a dirigí hacia la barra para pagar nuestra cuenta para y poder irnos a un lugar menos concurrido. Me sentía muy estresada porque en los últimos días estuve arreglando la nueva mercancía de la tienda que regentaba junto a mi mejor amiga y comadre, Gabrielle. Ella era madre soltera, pues un cretino, después de jurarle la luna, el sol y las estrellas, la embarazó y se perdió del mapa. Por suerte, los padres de mi amiga eran de dinero y la ayudaron a abrir una tienda de artículos de belleza. Yo me encargaba de la contabilidad y la administración, además de ayudarle a atenderla los fines de semanas. Metí la mano en mi cartera para sacar mi tarjeta de crédito y cuando levanté la mirada, sentí que alguien enterraba un fierro ardiente en medio de mi pecho. Apreté mis puños y tensé tanto mi mandíbula que mis dientes rechinaron. Maldije una vez más mi mala suerte en el amor, mientras una odiosa lágrima se asomaba en uno de mis ojos. La escena frente a mí, me causó asco. Harvey abrazaba a una mujer y la besaba como si quisiera engullírsela. Me tragué mi rabia y caminé en dirección a la barra, pasando a un lado de él. Harvey ni cuenta se dio de mi presencia. Siguió en sus menesteres. Me ubiqué en un sitio estratégico, donde al abrir los ojos lo primero que viese fuera yo. Tomé una honda inhalación para aplacar mis instintos asesinos e hice un ademán con la mano para llamar la atención del hombre que atendía la barra. Le entregué mi tarjeta y le indiqué el número de mi mesa para que se cobrara lo que debíamos. Todo esto sin quitar mi mirada de Harvey y su nueva conquista. «Maldito imbécil», pensé mientras lo fulminaba con mi vista.
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