El fragmento de la conversación, "La verdad es que no le dijimos a Emilia. Pensamos que no era necesario...", resonó en la mente de Emilia como un eco perturbador. Observó a su padre y a Eduardo, cuyas expresiones eran una mezcla de inquietud y algo que parecía culpa. La incomodidad que irradiaban era palpable, y el murmullo de sus voces, aunque ininteligible ahora, solo avivó la llama de su curiosidad.
Una punzada de miedo y una creciente sospecha la invadieron. ¿Qué era lo que no le habían dicho? ¿Y por qué involucraba a Eduardo? De repente, su plan de venganza, tan cuidadosamente elaborado, comenzó a tambalearse. Las lágrimas pasadas, el dolor y la humillación, todo lo que había alimentado su furia, ahora se enfrentaban a la posibilidad de haber sido construidos sobre una verdad incompleta.
La fiesta, antes un escenario para su meticulosa artimaña, se transformó en un calvario de preguntas sin respuesta. El reencuentro con Eduardo, que había revivido sentimientos complejos y contradictorios, ahora se cargaba de una nueva capa de ambigüedad. La rabia se mezclaba con la nostalgia, sí, pero también con una incipiente ansiedad. ¿Sería posible que su percepción del pasado fuera errónea? ¿Que su venganza, el motor de sus últimos años, estuviera basada en una mentira?
Mientras su padre y Eduardo se alejaban a una zona más discreta, Emilia sintió que el suelo bajo sus pies se abría. Necesitaba saber. Necesitaba la verdad, sin importar lo dolorosa que fuera, porque solo así podría decidir si la venganza era el camino correcto o si, por el contrario, había estado persiguiendo una sombra. La noche apenas comenzaba, pero para Emilia, ya se había convertido en un campo de batalla emocional donde el amor, el odio y la verdad lucharían por prevalecer.