Los días pasaron y, como de costumbre, estaba aburrida y también un poco triste porque no veía a Alexander. No me escribía, y eso solo confirmaba una cosa: no quiere al bebé que llevo en mi vientre y, quizás, lo que decía Daría era verdad. Su familia me ve como una plaga que solo quiere el dinero. Es injusto para mí vivir una vida así. En mi apartamento, sufriendo, con preocupaciones y un sinnúmero de pensamientos en mi cabeza, escucho que alguien toca a la puerta. Seguro debe de ser el casero. Solo eso faltaba. En cuanto abro la puerta, veo que Alexander entra con una sonrisa de oreja a oreja. —Ya lo sé, me extrañabas y querías verme —se sienta en la sala con algunas bolsas—. He traído esto, no sé, quizás te guste —me enseñó unos vestidos que para esta etapa me quedarían bien—. Tampo

