Toribio abotonaba su camisa con movimientos precisos, su mente ya estaba lejos, en el plan que debía ejecutar. No iba a esperar a que José Luis moviera un dedo para encontrar a Leonardo. Lo haría él. Personalmente. Había dejado instrucciones claras: nadie, absolutamente nadie, debía acercarse a su finca sin ser conocido. Si lo hacían, no saldrían con vida. Antes de irse, sus ojos se detuvieron en el cuerpo dormido de Jenn. Desnuda, enredada entre las sábanas, parecía un sueño que no merecía. Se acercó en silencio y con cuidado la cubrió con la sábana. Al sentir su calor ausentarse, ella se removió y abrió los ojos. Esos ojos que siempre lograban desarmarlo. —No te vayas —susurró Jenn, tomando su mano con suavidad. Toribio se sentó a su lado, acariciando sus dedos con ternura. —Solo ser

