Toribio no había probado bocado. Ni un sorbo de agua. Ni una palabra. No se había movido del cuarto desde que Jenn fue trasladada tras la cirugía. La habitación olía a desinfectante y a silencio contenido. Los sonidos de las máquinas que la mantenían estable eran lo único que rompía la quietud. Le habían dicho que habían logrado extraer las balas, que el bebé estaba bien. Pero Jenn… Jenn estaba demasiado débil. Su cuerpo había estado luchando desde mucho antes del ataque. Tenía una anemia severa, desatendida, y el estrés físico y emocional de los últimos días la había llevado al límite. Toribio no quería ni parpadear, no quería perder el momento exacto en el que Jenn abriera los ojos. Estaba inmóvil, pero su alma entera estaba inclinada hacia ella, rogando que regresara. Dmitry había he

