Hay días en los que despierto y me cuesta creer que han pasado tantos años. A veces miro a Scarlett dormir, con esas líneas suaves en el rostro que no tenía cuando la conocí, con su cabello un poco más claro por las canas que se niega a ocultar —y que yo, secretamente, adoro—, y pienso en todo lo que fuimos. En todo lo que sobrevivimos. Me enamoré de ella cuando tenía 22, sin buscarlo, sin entenderlo del todo. Y ahora, a mis 35, todavía me sigue sorprendiendo con su forma de mirarme como si el mundo entero se le acomodara en los ojos. Esta mañana, sin embargo, algo es distinto. Estamos en la cocina, como cualquier otro domingo, compartiendo café y silencio. Ella lee el periódico impreso —porque Scarlett sigue creyendo que el papel tiene más clase que las pantallas— y yo reviso correos

