No fue un gran momento. No hubo abrazos, ni confesiones dramáticas, ni lágrimas que sellaran un cambio. Fue algo pequeño. Silencioso. Íntimo. Llegamos del parque con Amelia dormida en mis brazos, su cabeza recostada sobre mi hombro y su osito colgando de una manita suelta. Entramos con cuidado, intentando no despertarla. Scarlett no estaba en su oficina, como normalmente a esa hora. En cambio, la encontré en la sala. Y no estaba sola. Leo estaba en el sillón, con las piernas cruzadas, un cuaderno en el regazo y el ceño ligeramente fruncido. A su lado, Scarlett, con una taza de té y una expresión que conozco bien: paciencia esforzada. Esa que reserva para cuando algo de verdad le importa. Me detuve en seco. No por lo que estaban haciendo, sino por lo que no estaban haciendo. No había te

