II. Atrapados en Invierno

3799 Palabras
Poco tiempo después de acabar con el jardín y las preparaciones del invierno, comenzó el invierno. Afortunadamente la más corta en el pueblo el invierno. Tan pronto como empezaron a caer las primeras nevadas tuve que asistir con menos frecuencia a trabajar, algunos días seguía surtiendo la florería con flores que cuidaba en el invernadero, pero otros se me hacían realmente difícil seguir el camino de aquí al pueblo con la brisa fría y las pulgadas de nieve. El profesor por su parte sigue atendiendo fielmente al consultorio. Esta noche cayó una nevada incesante, y yo que no soy amiga del frío decidí irme a dormir temprano en mi cómoda y cálida cama. No tardé nada en quedarme dormida. Nuevamente tuve ese extraño sueno de mí misma “durmiendo,” simplemente estaba rodeada de oscuridad con mis ojos tranquilamente cerrados. De repente el sueño cambio, ya no podía verme a mí misma, ahora podía ver mi habitación en primera persona. Mi vista se detuvo en las puertas de cristal del balcón. La luz de la luna penetraba pálidamente la cortina casi traslucida, y una figura oscure parecía estar afuera. Me senté en la cama tratando de examinar que era, pero no pude discernirlo. Un ruido repentino fue suficiente para despertarme; un ruido que venía de mi balcón. Me senté de golpe sobre la cama y observé detenidamente el balcón, esta vez no había sombra alguna. Me levanté de la cama para encender la chimenea que extrañamente se había apagado, con razón se sentía frío en la habitación. Me acerqué a la ventana y corrí las cortinas, no había nada, solo nieve cayendo. Regresé a la cama y no tuve más sueños durante la noche. Desperté esta mañana con los rayos del sol que se colaban entre las cortinas de mi habitación, decidí abrirlas y asomarme sin abrir las puertas; el balcón estaba lleno de nieve. Me quedé recostada al cristal viendo nada en específico, solo trataba de procesar la extraño sensación que me trajo recordar el sueño de anoche hasta que cruzo por mi campo de visión la figura del profesor. El profesor se encontraba arrojando sal rudimentaria por el camino de piedra para evitar accidentes por la formación de hielo. Decidí bajar al jardín. Una cama de brillante nieve se extendía por todo el suelo y pude verlo ahí... El profesor simplemente estaba allí de pie con las manos dentro de los bolsillos de su abrigo y su cara apuntando hacia el cielo con los ojos cerrados mientras delicados y brillantes copos de nieve empezaron a caer, al mismo tiempo que nubes grises empezaban a cubrir disimuladamente el sol. “Señorita Georgin.” El profesor giró percatándose de mi presencia. “Buenos días profesor.” Me abrace a mí misma llenando mis pulmones de aire frío mientras el profesor caminaba en mi dirección. “Cómo se encuentra esta mañana?” “Bien, muchas gracias. ¿Qué tal se encuentra usted, profesor?” “Bastante bien. El clima no está nada mal.” Sonrió un poco ligeramente. “¿Que no está nada mal, dice? Le concedo que no esta tan mal.” “Suena como alguien que no disfruta mucho del invierno.” El profesor se tumbó casualmente en la nieve quedando sentado y con los brazos descansando en sus rodillas. “Porque no lo disfruto demasiado. Lo que odio del invierno es el frío y el clima gris; me hace sentir aburrida y muy pasiva, hasta me dan ganas de ir a hibernar como los animales.” “No me parece que sea un mal sentimiento” Volteó hacia atrás para saludarme con sus ojos oscuros. “Pienso que es una afirmación un poco inusual” “No lo creo así. Oh bueno, tal vez si lo es, porque yo, por el contrario, adoro el invierno. Creo que me gusta un poco más el clima frío y el ver la nieve caer; me parece una actividad increíble.” Cerró los ojos en silencio disfrutando de los copos de nieve que besaban su rostro, y respiró hondamente. El hombre parecía una escultura. Inesperadamente, el profesor se acostó en su espalda aun con los ojos cerrados. “¿¡Profesor que hace?! Terminará todo mojado.” El profesor abrió sus ojos despacio. “Lo que adoro de la nieve, además de su belleza es su textura y el frío que contagia. Me hace sentir… vivo, y eso me gusta. Tal vez mi modo de pensar le parezca extraño, pero quizás debería intentarlo y simplemente… disfrutar.” Aunque realmente no me parecía nada extraño sino curioso, no supe que decir, así que simplemente decidí hacer caso a su sugerencia y me acomodé sobre la nieve cerca de el profesor. Al principio se sintió algo extraño y frío, me sentí como una niña. Se siente frio y húmedo, pero ciertamente es una sensación agradable. Es cierto que la nieve no es tan mala después de todo, de vez en cuando durante el invierno juego en la nieve con los niños de la iglesia. “Sabe, señorita Georgin,” dijo rompiendo el silencio y sacándome de mis pensamientos. “Su cabello es el único color vivo entre todo este paraje de insípido blanco.” Torné mis ojos hacia arriba fijándome como mi cabello fluía sobre mi cabeza “Luce como fuego o sangre sobre la nieve.” ¿Como fuego o sangre sobre la nieve? ¿Cómo se supone que responda a eso? Sin duda aquel comentario fue inesperado, me tomo desprevenida, y sin absolutamente ninguna razón algo de calor que subió a mis mejillas me delató ante el profesor “Está bien señorita Georgin, no hace falta sonrojarse.” Avergonzada por mi ridícula reacción cubrí mi cara con una mano y resoplé como un caballo. El profesor dejo salir de sus labios una pequeña carcajada que resonó en mis oídos. Lo miré disimuladamente, tenía unos hermosos dientes. “La estoy tomando del pelo señorita, no tiene por qué avergonzarse. No lo dije con ninguna intención.” Miro hacia el cielo curvando sus labios en una sonrisa de labios cerrados. “Solo compartí lo que mis ojos vieron.” “En ese caso, me perece que sus ojos ven muchas cosas, profesor. Usted es algo imaginativo por lo que veo.” Dije enrollando ociosamente en mi dedo un mechón de cabello que traje hacia mi pecho. Por más que traté de evitarlo mi necedad me llevo a mirar hacia él y desafortunadamente me encontré con sus ojos de leña húmeda que se anclaron en los míos. No sabía ni qué hacer ni qué decir, solo pude hacer no mas que sostener su mirada hasta que simplemente volví a mirar al cielo y cerré mis ojos dejando que los copos de nieve cayeran sobre mi rostro. No sé cuánto tiempo duré así pero cuando abrí mis ojos nuevamente él se había ido, seguramente debí haberme visto tonta. En un arrebato se me dio por enterrar mi cara en la nieve, tratando de controlar una incomprensible inquietud en mi cabeza. Por fin levanté mi rostro dando una bocanada de aire cuando sentí la helada nieve quemando mis mejillas. Me quedé sola sobre la nieve, con las mejillas maltratadas y mi ropa húmeda. Esa misma mañana, cuando me encontraba preparando café, por alguna razón, recordé las recientes miradas del profesor cuestionándome si habría algún significado detrás de ellas, pero me obligué a mi misma a centrar mis pensamientos ya que seria ridículo asumir tan presuntuosamente que tal vez podrían significar algo. Sin embargo, hay algo en su mi rada que hace que me resulte inevitable pensar en ella. Tenía que ser solo mi imaginación. Y hablando de mi imaginación, me sentí extrañamente observada, tanto hasta el punto en que volteé dos veces para descubrir que no había nadie detrás de mí. pero la incomodidad de sentir una mirada en mi espalda era tan inquietante que decidí voltear una tercera vez para encontrarme con el profesor con los brazos cruzados frente a su pecho y recostado de forma relajada en el marco de la puerta de la cocina. Me estremecí instintivamente, pero hice lo posible por ocultar mi sorpresa, no sé si habrá funcionado. “Profesor pero que hace ahí de pie y en silencio?” dije colocando una mano sobre el mesón. “Disculpe señorita Georgin, no quería asustarla.” Hizo un gesto de disculpa con su mano y enderezó su postura. “Pero si no lo hizo.” Mentira. “Si no es descortés preguntarle, ¿le habrá quedado algo de café por casualidad?” Su joven y guapo rostro lucía cansado, había ojeras bajo sus ojos y su semblante no era el mejor que le había visto. ¿Cómo es que no lo noté cuando lo vi más temprano? Me tomó unos segundos reaccionar a su petición. “Para nada profesor. Por favor, tome asiento, hay café suficiente.” Dije colocando mi taza sobre el mesón para buscar una taza y servir un poco de café para el profesor. El profesor se sentó en la mesa de la cocina. “Muchas gracias, señorita Georgin. Disculpe mi atrevimiento.” Dijo mientras la taza de café recién hecho aterrizaba en sus manos. “No se disculpe profesor, el café sabe mejor en compañía” Le di una pequeña sonrisa y me senté en la silla frente a él. “Es acertado.” Comentó. “Es lo que solía decir mi abuelo, que en paz descanse.” “Me parece que es un buen dicho.” “Así es… ¿Gustaría algo de pan o galletas, profesor?” “Estoy bien así, muchas gracias.” “Con gusto.” Cubrí mi taza con mis dos manos para soplar el delgado vapor que fluía hacia arriba. Al mirar hacia adentro de mi taza compare el café con los ojos del profesor. Sin advertirlo, mi mente comenzó a divagar… No es que esto sea nada del otro mundo o que no nos hayamos sentado antes en el mismo espacio, es algo que se ha repetido un par de veces, en especial desde que el invierno comenzó ya que el clima obliga a la gente a mantenerse confinada, pero aun así seguía siendo raro. Es quizás debido a que nunca había interactuado tanto tiempo con el de manera continua, eso sumado a que esta es la primera vez que me pide café. De pronto me di cuenta de lo obvia que estaba siendo ya que estaba simplemente abrazando la taza de café en mis manos con la mirada perdida en la ventana, apreciando los como la nieve aumentaba su espesor. Para mi suerte, el profesor no se percató ya que cuando le dirigí mi mirada lo encontré con la nariz dentro de un libro que seguramente se habría sacado de las orejas. —Venía de revisar a las gallinas esa tarde cuando me dirigí al almacén para revisar el inventario, nos haría falta más paja y maíz para las gallinas, leña, carbón y leche. La cosa no estaba tan mal, pero sin embargo seria necesario reabastecernos tan pronto como fuera posible, con las temperaturas descendiendo a este ritmo la leña nos duraría muy poco. Estoy segura de que nos abastecimos bien durante las preparaciones para el invierno, pero este invierno ha sido sin duda mucho más frio que el anterior así que no es raro que hayamos consumido más leña de lo planeado. Escuché de pronto el sonido de la pesada puerta principal. “Profesor?” Salí corriendo hasta el recibidor donde se encontraba la puerta abierta permitiendo a la brisa invernal entrar a la casa y al profesor con un abrigo listo para salir. “¿¡Profesor, acaso piensa salir ahora!?” “Así es, señorita Georgin. Vamos necesitar reabastecernos de algunas cosas para esta semana, no sabemos cómo estará el clima. Honestamente, olvidé por completo traer más leña la última vez que estuve en el pueblo.” Dijo sosteniendo la puerta con una mano y medio cuerpo girado hacia a mí. “Profesor, por favor sea sensato, pronto oscurecerá. ¿Qué pasará si la nieve empieza a caer más fuerte? Los suministros pueden esperar hasta mañana.” dije abrazándome a mí misma para contrarrestar la brisa que se colaba por la puerta. “Esta bien señorita Georgin, de todos modos, tengo un asunto urgente que atender, traeré de paso los suministros. Haré lo posible para regresar antes de que oscurezca.” ¿Qué asunto podría ser tan importante para hacerlo salir en estos momentos,? además no hay manera de que logre regresar antes de que oscurezca. “Profesor, si oscurece no solo hará más frío, también podría encontrarse con bandidos.” “No se preocupe, estoy bastante prevenido. Nos vemos señorita Georgin, por favor pierda cuidado.” Cómo me pide eso... Me cuesta creer la semejante irreverencia del profesor, de un hombre tan sensato como él. Seguramente estaba enloquecido, estoy convencida de que la nieve le congelo el cerebro esta mañana. No puedo negar que en cuanto la tarde se convirtió en noche y la nieve empezó a caer más pesada comencé a asomarme por las ventanas con intervalos de cinco minutos esperando encontrar al profesor afuera, pero terminé por irme a dormir temprano después de cenar. Después de un par de horas me desperté sintiendo algo de inquietud así que me levanté de la cama y corrí un poco la cortina con curiosidad. El cielo estaba completamente oscuro y caía una tormenta descontrolada. Aquella inquietud ciertamente aumentó haciéndome preguntar si el profesor habría llegado ya; así que tome una lampara, puse un chal de lana sobre mis hombros, y salí de mi habitación. Pude ver por las escaleras que las luces de abajo seguían encendidas, tal como las dejé para el profesor. “Profesor?” Lo llame y solo me respondió el silencio. “¿Profesor?” Me atreví a visitar su habitación y tocar a la puerta un par de veces sin respuesta, finalmente me tomé el atrevimiento de girar la perilla para abrir la puerta y encontrarme con su habitación vacía. El profesor no estaba. Instintivamente bajé a la sala de estar sintiendo atrapada en mi pecho algo de angustia, presentí que el profesor regresaría después de haber oscurecido, pero aun así ya era muy tarde. Comencé a caminar en círculos levantando mi mirada hacia la puerta cada cinco segundos, estaba preocupada, naturalmente. Al final decidí decirme mi misma que debía apaciguarme porque lo mas racional es que se haya quedado en el pueblo ya que con en estas condiciones imposiblemente podría llegar sin un caballo y a tan altas horas de la noche. Como ya el sueño me había abandonado por completo, terminé por desplomarme como un saco de papas sobre el sillón individual de color amarillo en el que siempre se sienta el profesor. Fijé mi atención en la mesita que tenía al lado. Se encontraba algo desordenada, tenía una taza puesta sobre un plato y había colocado el florero en el piso para poder hacerle espacio al periódico y la pila de libros y cuadernos que tenía encima. Pensándolo bien, reciente mente el profesor había pasado muchas horas tumbado en el sillón leyendo, y la mayoría de las veces que lo pude ver frotaba sus ojos o sostenía el puente de su nariz expresando claramente fatiga; también parecía estar algo sensible. A mi parecer y en mi experiencia como florista, al profesor ocasionalmente le incomoda el olor de las flores y se mantiene alejado de ellas en lo posible cuando luce fatigado. Ahora podía agregar a la lista de preocupaciones la posibilidad de que se enfermara debido al mal clima. Buscando cambiar la dirección en la iban mis pensamientos comencé a husmear entre los libros del profesor uno por uno, pero mi atención se estaciono especialmente en una vieja libreta que me causo curiosidad. Hojeando la libreta dejé caer accidentalmente un par de hojas y me regañé a mí misma. “Georgin eres una torpe, te vas a dejar en evidencia.” Cuando recogí las hojas que cayeron pude notar que entre ellas había algunos recortes médicos de periódicos y un par de certificados de defunciones. Lo que me llamó la atención fue ver que también guardaba un boletín que advertía sobre los recientes asaltos en ciertas rutas solitarias y un par de reportes de personas buscadas algunos con recompensas; al parecer todos eran de criminales. Mis ojos se quedaron viendo el retrato de un hombre en especial, la nota decía que tipo asesinó a su familia, pero que terrible. Decidí no darle más importancia a eso e hice lo mejor que pude para dejar todo como lo había encontrado. Honestamente ya había perdido el sueño así que tomé un libro que encontré por ahí (Porque hay un libro en cada rincón de esta mansión) y me recosté sobre el sofá largo subiendo mis pies y recostando mi cabeza en un almohadón. Era un libro sobre cómo cuidar de caballos, me entretuve un buen rato leyéndolo y entre las letras del libro y mis pensamientos, mis parpados se hacían cada vez más pesados y se cerraron como cortinas. Terminé por quedarme dormida en el sillón, ni siquiera el DONG que el reloj de pared hace cada hora fue suficiente para despertarme. En mi inconciencia, pude escuchar el sonido de una puerta y sentí una corriente fría que golpeo mi cuerpo. Pero mi cuerpo se rehusaba a despertar. Lo siguiente que vi cuando volví a abrir mis ojos fue mi habitación, me encontraba sobre mi cama con una manta encima. ¿Acaso… acaso él me cargó hasta la habitación? Pensar en el simple hecho de que estaba tan inconsciente como para no sentir que me transportaba a hacia mi habitación y el hecho de que me cargó por las escaleras me hacía morir de vergüenza. En primer lugar, no esperaba que fuera un hombre fuerte, debo admitir que soy algo pesada, y, en segundo lugar, debe pensar que soy alguna especie de criatura perezosa y viciosa por dormir. No sabía con qué cara iba a presentarme ante él, pero si ya había perdido mi dignidad ya no quedaba nada más que hacer. Cuando bajé las escaleras en la mañana encontré al profesor sentado con un periódico tomando café. “Buenos días, profesor” Saludé con voz moderada. “Buenos días, señorita Georgin” El profesor bajó su periódico y dirigió su atención hacia mí. “¿Cómo… cómo llegó ayer? Me parece que llego bastante tarde, la verdad estoy sorprendida.” Le pregunté en un esfuerzo de esconder mi vergüenza. “Se me hizo tarde pero afortunadamente no me topé con ningún inconveniente, y como lo prometí traje los suministros que nos hacían falta. Ya los acomodé en el almacén.” Su cara volvió a esconderse detrás de el periódico. “Profesor, no tendría que haberse tomado la molestia de… bueno, de llevarme hasta mi habitación. Me siento apenada con usted.” El profesor volvió a mirarme otra vez, pero con una expresión diferente. “Yo me disculpo si me propasé señorita Georgin, pero lo que no podría haber hecho era dejarla abajo muriendo de frío. Cuando regresé anoche la encontré en la sala de estar durmiendo. Ni siquiera tenía una manta y el fuego ya se había apagado. También me sentí algo culpable, usted suele retirarse a su habitación temprano y me imagine que debí haberla preocupado anoche, es por eso que me tomé el atrevimiento de llevarla hasta su habitación. Le ruego me perdone.” “En ese caso le agradezco por su consideración, profesor, pero insisto en que no tendría por qué haberse molestado.” “¿Gustaría algo de café?” Dijo poniendo su periódico a un lado y descruzando su pierna, preparándose para ponerse de pie. “Sí, por favor” Respondí reacomodando mi chal. Me encontraba de pie junto a la ventana de la cocina viendo la nieve que se había formado, al menos diez pulgadas. La tormenta ya había cesado, pero sin embargo caía del cielo una ligera aguanieve. Lo bueno de este clima es que es predecible, usualmente cuando hay tormentas de nueve es porque el invierno está próximo a marcharse. Me dirigí hacia el profesor y puse la taza de café en la mesa frente a la que estaba sentado, dejando caer mi chal sobre mis codos. “Profesor, déjeme tocarlo.” Dije colocándome junto a él. “¿Disculpe?” Musitó en confusión y pude darme cuenta de lo inesperada que había sido mi pregunta. “Oh, disculpe. Esa fue una petición muy repentina.” Recogí mi cuerpo hacia atrás apenada. “No, no. Por favor, adelante.” Dijo estirando su mano para alcanzarme rosando ligeramente mi mano. Di un paso hacia adentro y el profesor giró su cuerpo en mi dirección. Tomé cautelosamente el rostro del profesor entre mis manos. Sus mejillas estaban tibias y parecían tener buen color, su rostro ya no se veía cansado y sus ojeras habían desaparecido, lo cual era sorprendente después de atravesar una tormenta y tener una corta noche de sueño. Después coloqué el dorso de mi mano sobre su frente, corriendo ligeramente el cabello castaño que colgaba en su frente. “Me preocupé por usted profesor, temía que fuera a despertar enfermo hoy…” volví a poner delicadamente mis manos sobre sus mejillas. “Como se siente?” Nuestras miradas se conectaron y me resultó imposible levantar mis ojos de los suyos. Aquellos ojos cafés parecían arder como leña y brazas. “Estoy excelente.” Respondió en un tono de voz bajo y sedoso mientras me miraba… de una manera que no pude entender. Por qué… ¿Por qué me miraba así? Digo, suponiendo que “así” sea realmente algo y no precipitosas asunciones de mi loca imaginación. —Desprendí mis ojos de los suyos para seguir reparando su rostro que en definitiva se veía menos tenso e irritado, no reflejaba ningún signo de fatiga. Quizás pasó una buena noche después de todo... Estaba tan concentrada en mi tarea que ignoré por completo el hecho de que los ojos del profesor estaban posados de forma estática sobre mí y que mis manos seguían sosteniendo su rostro de forma despreocupada. “Me alegra oír eso.” Dije quitando mis manos cuidadosamente y di un paso hacia atrás con una sonrisa complicada. Recogí las tazas de café para llevarlas al fregadero. “Señorita Georgin.” “¿Sí, profesor? Respondí sin voltear hacia atrás. “¿Le importaría… si cenáramos juntos hoy?” Dejé de hacer lo que estaba haciendo. Apoyé las manos sobre el mesón de la cocina, primero giré mi torso y un momento después giré mi cuerpo. “¿Cenar?” Dije como si no reconociera el significado de la palabra.
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