III. Primer Dia de Primavera

2840 Palabras
“¿A dónde piensa ir con tanta prisa, señorita Georgin?” “¡Profesor!” Me sentí como un ratón atrapado con las manos en el queso. “No pienso desperdiciar un día tan precioso adentro.” “No había tenido hasta el momento un paciente más necio. Supongo que no debe haber problema, seguro que tomar algo de sol le hará bien.” Me dio una pequeña sonrisa. Salí a recorrer el jardín trasero dejando huellas en la nieve que revelaban el pasto verdoso debajo, la nieve brillaba como escarcha mientras se diluía y el aire se sentía fresco y delicioso. Me senté en una de las bancas de piedra absorta en la lenta muerte de la nieve cuando una mano se posó delicadamente en mi hombro, sorprendiéndome. El profesor me extendió una taza de café y se sentó junto a mí en la banca, estuvimos en silencio un rato. “Muchas gracias, profesor” “¿Gracias?” Lo tomé por sorpresa. “Gracias por cuidar de mí, disculpe por causarle molestias.” “No fue nada señorita Georgin, era lo menos que podía hacer.” Por supuesto, era su deber moral como doctor. Por alguna razón seguía vibrando en mi interior esa mezcla de emoción y desazón cada vez que pensaba en las molestias innecesarias que se tomaba el profesor y las razones lógicas de por qué. Pero nada importante en realidad como para dedicarle tantos pensamientos ¿Verdad? En los siguientes dos días, toda la nieve desapareció por completo. Nos llegaron muchas nuevas semillas, aunque tristemente la señora Doris murió a causa de una tuberculosis, razón por la cual su hija, la señorita Alice, tomará su lugar dirigiendo la tienda. Ahora, especialmente es cuando más trabajo tendré, en especial con el jardín de la mansión así que aproveché que estaba en el pueblo para adquirir un par de cosas que voy a necesitar y algunas otras para mí misma. Pasé por el puesto de la señora Ana quien estaba repleta de nuevas cosas que le llegaron junto con la llegada de la primavera; la señora Ana siempre está vendiendo en su puesto, incluso en los peores inviernos. Curioseando entre los artículos de la señora Ana, recordé que pronto sería el cumpleaños del profesor (Del cual por cierto me enteré gracias a que el profesor es uno de los temas de conversación más comunes, y a que hay muy poco que las señoras del pueblo no sepan) así que sentí la necesidad de buscar un presente. Mi cabeza giró por un buen rato ya que considerando lo poco que conozco de sus gustos no tengo ni la más mínima idea de cual podría ser un regalo adecuado. Después de conseguir un juego de té de porcelana pintado a mano, deslicé mi mano sobre una hermosa y brillante mascada color amarillo pastel, en ese momento recordé todos los años que he estado comprando cosas de la señora Ana y todos los años que seguramente mi abuelo debió hacerlo pues era a ella a quien le compraba todas las mascadas, cintas y broches que me regalaba; así como sus pañuelos, de los que seguramente debía tener uno de cada color. Aquel fugaz recuerdo encendió una chispa en mi haciendo que mis ojos aterrizaran en un par de pañuelos de seda que sin dudarlo mucho también decidí llevar conmigo. Sin perder más tiempo retorné hacia la mansión no deseando ser sorprendida por la noche o por algún bandido en el camino. Afortunadamente logré hacer que la señorita Thalía me diera un aventón en su carreta nuevamente, y de paso me sugirió conseguir un caballo, mencionando que el señor Nicolás tenía muchos nuevos rocines. Esa misma tarde estuve cambiando las flores dentro de la casa, se me ocurrió poner un florero en el estudio del profesor que por pura casualidad se encontraba abierto pese a que el profesor todavía no había retornado del pueblo. Cuando entre me di cuenta que el lugar reflejaba su personalidad. Lucía pulcro y tranquilo, aunque tenía algunos libros y papeles que adornaban el escritorio y el suelo no estaba técnicamente desordenado, parecían estar acomodados como en un orden lógico, o al menos para él. Coloqué el florero en un buen sitio y cuando marché para curiosear a través de la ventana del estudio, mi pie pateo una pata del escritorio haciéndolo estremecer. El dolor hizo que me inclinara apoyándome a el escritorio con una mano mientras la otra sostenía mi pobre pie en el aire, lo mas seguro es que haya golpeado mis dedos más pequeños. Después de maldecir entre dientes y recuperar nuevamente mi balance pude notar que había en el piso, a los pies del escritorio, una llave que no estaba allí antes. Seguramente cayó al suelo cuando me tropecé con el escritorio debido a mi torpeza. Me agaché a recoger la llave del suelo y la empecé a examinar con curiosidad, no me resultaba familiar. Consideré que tal vez aquella era la llave de una de las habitaciones que corresponden al profesor. Decidí poner la llave en el cajón del escritorio. Cuando lo abrí noté ahí metido un periódico, mi curiosidad fue mas poderosa que mi sensatez así que saqué el periódico del cajón y lo desdoble para leerlo. Mis ojos cayeron en una noticia que había escuchado en el pueblo no hace mucho, era sobre como un pequeño grupo de asaltantes en los caminos fue hallado sin vida cerca del siguiente pueblo. Sus cuerpos estaban tan destrozados y faltos de carne que se asume que fueron devorados por algún animal y terminaron cubiertos por la nieve. Un pequeño escalofrío recorrió mi espalda mientras me imaginaba como sería tener una muerte tan horrible. También había un hueco en el periódico. La nota decía que era un asesino siendo buscado, imagine que la parte que fue cortada del periódico sería un retrato de aquella persona, pero… ¿Por qué estaba recortado? “Señorita Georgin.” La voz gruesa del profesor me hizo dar un salto y soltar el periódico en mi mano casi tirandolo sobre el escritorio. “Oh! P-profesor, que susto me ha dado…” Dije virando hacia atrás rápidamente. “¿Cómo entró aquí?” El tono que uso era bastante duro y la expresión de su rostro era severa. Jamás lo había visto con esa cara, ¿Lo habré enojado entrando aquí sin permiso? Sí, seguramente sí. “Em… Profesor… disculpe, es que vi la puerta abierta y quise dejarle estas flores.” Di un paso hacia atrás apenada. “No debería estar aquí.” Dijo dejando caer su maletín en el portal y dando tres zancadas hasta el escritorio. “Sí… Es mejor que me retire. Por favor dispénseme.” Dije caminando con cautela hacia la puerta y él l pareció no escuchar mientras devolvía el periodo al cajón. “Un momento.” Dijo haciéndome detener en mis pasos. “Sí, profesor” Di la vuelta cuando estando un paso frente a la puerta. “¿Dónde está?” “¿¡Dónde está!?” Repitió dándole un golpe a la mesa que hizo estremecer el jarrón. El sonido me asustó haciéndome encoger de hombros. “¿Dónde está qué?” Pregunté nerviosa. El profesor nuevamente atravesó la habitación en cuestión de un segundo y me tiró del brazo. Instintivamente traté de liberarme, pero él solo apretó mi brazo con más fuerza. “Profesor! Me- me lastima…” Dije mirándolo con desconcierto, sin entender por qué tomaba esa actitud tan extraña y repentina. “Tú la tomaste. Dámela.” Dijo estremeciendome. Sus cejas estaban tejidas entre sus ojos, me asombré, jamás pensé que un rostro tan sereno podría verse así de furioso.“La llave.” En ese momento se iluminó mi mente. Estaba tan distraída que olvidé por completo que seguía apretando la llave en mi mano. “Tome su llave.” Sin apuntar, lancé la llave hacia algún lugar del estudio. El profesor liberó mi brazo y no esperé ni un segundo más para huir de allí. Empecé dando zancadas largas y terminé corriendo hasta llegar a mi habitación. En el camino pude escuchar algo similar a un jarrón rompiéndose. Me encerré en mi habitación tratando de procesar todo lo que había pasado justo hace un momento… No me podía explicar la reacción del profesor. Entiendo que irrespeté su intimidad de forma deliberada pero aun así no hacia menos sorprendente su actitud. Honestamente jamás me lo había esperado de él. En primer lugar, porque es un hombre muy sereno y educado, y en segundo lugar porque jamás lo había visto enojado antes. Y yo diría que fue suficiente con una primera vez. Dos golpes a la puerta me hicieron saltar nuevamente. No era ingenua, siempre supe que había peligro en vivir a solas con un hombre, es por eso que tenia a mano mi leal revolver de tres cañones, el que mi abuelo me enseñó a usar. “Georgin- señorita Georgin. Podría… hablar con usted por un momento.” “Lo siento profesor. No deseo hablar ahora.” “Señorita Georgin, yo debo... disculparme par lo de antes.” “Ya lo hizo. Por favor retírese de mi puerta.” Los pasos del profesor se alejaron lentamente y suspiré. No sé si habré sido grosera con el profesor cuando trató de darme una disculpa, pero sinceramente no podía sentirme de otra manera. Me fui a la cama con un nudo en el estómago, un manojo de emociones complicadas en la cabeza y mi revolver bajo una almohada. La mañana siguiente, cuando bajé las escaleras, encontré tiradas en el suelo, fuera de sus jarrones, las flores nuevas que recién ayer puse. Mi boca cayó al suelo. ¡Cuál es el significado de esto, Dios mío! ¿Por qué era necesaria tal infantilidad? En un impulso de furia me acerqué a la mesita con libros más cercana y con mis dos manos arrojé al piso todo lo que en ella se encontraba. Algunos papeles y páginas volaron, pero no me importó, lo deje todo ahí tirado y me marché al pueblo tratando de pensar en otra cosa que no fuera ese condenado profesor. *** “Y esto?” De tarde, cuando regresé a la mansión encontré que alguien limpió el desorden de esta mañana y colocó nuevas flores dentro de los floreros. ¿El profesor? “Georgin.” Nuevamente la voz del profesor, que por cierto es hábil para aparecer de la nada, me asustó. “Señorita Georgin. Por favor, permítame un segundo.” “No será necesario, profesor. Con permiso.” Volteé mi rostro y comencé a caminar hacia las escaleras, pero mi cuerpo se frenó cuando una mano tomó la mía, deteniéndome. “Pero sí lo es, Señorita Georgin.” Me atrajo lentamente de regreso haciendome encararlo. “Entiendo que esté molesta por la manera en la que la traté ayer y por eso mismo debo disculparme. Le aseguro que yo jamás querría hacerle daño de ninguna manera… simplemente me exalté porque aquella llave es... de algo muy valioso para mi.” Aclaro su garganta y con su otra mano aplanó su camisa. “Sin embargo sé que no hay excusa para mi comportamiento de ayer, y no busco justificarme. Genuinamente quiero que sepa cuan apenado estoy por eso, porque necesito que entienda que conmigo puede sentirse segura. Y honestamente no quisiera que conservara esa imagen de mí como hombre…” El profesor acarició sutilmente mis nudillos con su pulgar mientras inclinaba hacia abajo su cabeza. Su otra mano estaba detrás de su espalda. Cerré mis ojos y suspiré de forma estrepitosa. “Está bien profesor, acepto su disculpa.” El profesor miró hacia mí con sus intensos ojos color café y volvió a enderezarse. Liberé mi mano con cuidado. “Realmente lamento haber violado su privacidad, profesor.” “No tiene que disculparse.” Un silencio incomodo nació. Estaba por retirarme a mi habitación hasta que el profesor habló nuevamente. “Permítame compensarle.” “No hará falta profesor, pierda cuidado.” “Por favor, es lo mínimo que puedo hacer. De cualquier manera, es algo que tenía planeado enseñarle.” “Esta bien...” Decidí aceptar el ofrecimiento del profesor y de nuevo armada, ir con él a el lugar que quería enseñarme. Caminamos por un rato desde la parte de atrás de la mansión hasta atravesar un tramo de arboles del que justo después se encontraba lo que parecía ser un campo de flores silvestres. Mis ojos se abrieron en asombro, era un lugar bellísimo, y no tenía idea que cerca de la mansión hubiese un tramo del río. “Supuse que este sitio le gustaría. No sé cómo no pensé en el antes, quizás por el invierno y porque generalmente soy un ermitaño. Pero ahora puede visitarlo siempre que guste.” Estuvimos sentados por un rato en silencio, viendo como el sol brillaba sobre el agua hasta que decidimos regresar antes de que el sol se escondiera. Para cuando llegamos a los terrenos de la propiedad, el cielo se ponía oscuro. “Iré a revisar algo en el establo. Puede seguir adentro.” ¿Qué cosa tendría que hacer al establo? Nuevamente mi curiosidad saco lo mejor de mi y en lugar de ir adentro seguí los pasos del profesor hacia el establo. Cuando llegué, el profesor estaba mirando… No tengo idea de que estaba mirando, pero si noté que había paja nueva en el establo. “Qué hace aquí profesor?” Pregun5te entrando al establo. “No mucho, realmente.” Dijo apoyándose en la reja y mirando hacia quien sabe qué. “Profesor…” Dije acercándome. “¿Sí?” Levanto su mirada hacia mí, se sacudió y comenzó a acercarse. “Gracias… Por enseñarme aquel lugar. Lo aprecio.” “No fue nada, señorita Georgin.” “Lo fue. Usted… pensó en mí.” No sé por que dije eso. Comencé a jugar con mis dedos nerviosa. “Lo hice.” Dijo anclando su mirada en la mía. “Lo cual no es nuevo.” ¿Qué era esto, qué era esta sensación en el aire? ¿Por qué mi corazón de pronto comenzó a resonar en mi pecho como un tambor? “Señorita Georgin... Por favor, no me mire así, de esa manera.” “¿Así cómo?” Le pregunté con ingenuidad. “Así.” No estaba segura de cómo era “así” pero me imagino que seguía haciéndolo y tal vez con un poco más de intensidad. “¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?” Nuevamente sus ojos oscuros ardían como brazas mientras me miraba. Pero no dijo nada. “¿Profesor?” El profesor miro hacia abajo llenando sus pulmones de aire, y lo liberó conectando nuevamente nuestras miradas. “Porque podría olvidarme de que soy un caballero y le terminaría faltando el respeto…” Sus ojos y sus palabras provocaron en mí una emoción que no puedo explicar pero que hacía temblar mi estomago con anticipación. “¿A qué se refiere profesor?” El profesor descansó una mano en su cintura y con la otra frotó su cara. Entonces me miró y un segundo cortó la distancia que aún quedaba entre nosotros sujetándome repentinamente de la cintura. Jadeé sorprendida. “En serio, ¿No comprende a lo que me refiero? Mi raciocinio desapareció con su cercanía, al igual que mi respiración. Tragué saliva para suavizar un nudo atorado en mi garganta mientras miraba de cerca sus labios. “Fingiré que no.” "Entonces," El profesor sujetó delicadamente mi rostro con su mano "La tendré que ilustrar." y así sin más, me arrebató un beso. Aquello me tomó por sorpresa, y pese a que estaba impactada, me encontraba correspondiéndolo. Cerré mis ojos enganchando mis brazos al profesor mientras él apresaba mi cintura con su brazo y a mi con sus labios. Me perdí tanto en aquel beso que me tenía extasiada con su dulzura que ni siquiera me di cuenta de en qué momento terminamos en el suelo recostados a una paca de heno. Los labios del profesor se separaron de los míos después de dejarme sin aliento y bajaron por mi mandíbula hasta mi cuello. El profesor desapuntó un botón de mi camisa, que ya se encontraba desabrochada de un botón y la abrió exhibiendo algo de mi piel. Sus labios besaron la base de mi cuello y luego mi hombro mientras mis dedos se entrelazaban en su cabello. “¡Ahg!” chillé cuando sentí algo que me lastimó. “¿Señorita Georgin, está bien?” El profesor se desprendió de mi enseguida. “Sí, solo pienso que algo me pincho...” “Ciertamente.” Dijo mientras se sacaba un pañuelo del bolsillo y lo colocó en mi hombro, al que una fina gota de sangre le comenzaba a escurrir. “Debe haber algo filoso entre la paja” dijo tratando de revisar entre la paja que lo pudo haber causado. “Lo mejor será que volvamos adentro.”
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