El precio de la verdad Stefan Nowack El amanecer tiene un silencio extraño, como si el mundo entero contuviera la respiración. No puedo borrar de mi mente la imagen de Arthur tendido en el suelo, su cuerpo inerte bajo la luz fría de la luna. La muerte tiene un olor particular, una mezcla de hierro y vacío que se queda en la piel, imposible de limpiar. Pasé la noche vigilando su cuerpo, esperando que alguien viniera, pero nadie lo hizo. Nadie preguntó por él. En esta casa, los muertos se vuelven fantasmas demasiado rápido. Apenas sale el sol, llamo a Raquel. —Arthur está muerto —digo sin rodeos cuando responde. Hay un silencio largo al otro lado de la línea. —¿Cómo? —No lo sé. Pero no fue un accidente. —Respiro hondo— Encontré su maletín roto, y el rastro de sangre lleva al jardí

