CAPITULO 3: El llamado de la sangre

2789 Palabras
El llamado de la sangre Stefan Nowack El silencio se apodera de la cocina. El olor a lasaña recién horneada se mezcla con la tensión que llena el aire. Mi madre me observa con el rostro tenso, como si cada palabra que pronunció Arthur la hubiera golpeado directamente en el pecho. Su mirada, normalmente cálida, está ahora cargada de miedo… o tal vez de algo más profundo, algo que se asemeja a la culpa. —¿Qué dijiste, Stefan? —repite, como si necesitara confirmar que no ha escuchado mal. —Que Gerald Nowack está muriendo —respondo con voz firme, aunque por dentro me tiemblan las manos—. Y que quiere que me mude a su mansión. Quiere que deje todo atrás. A ustedes… a mi vida. Las palabras resuenan en la habitación como un disparo. Alessia nos observa desde la otra esquina, sus grandes ojos oscuros se mueven de mamá hacia mí, intentando comprender una conversación que claramente no pertenece a su mundo. —Sube a tu cuarto, cariño —le pide mamá con una voz que suena más frágil de lo habitual. —Pero mamá, yo… —intenta protestar, pero la mirada de Sofía basta para hacerla callar. Alessia deja el vaso a medio llenar sobre la mesa y sube las escaleras sin decir más. Solo cuando escuchamos el sonido de su puerta cerrarse, mamá vuelve a mirarme. —Sabía que este día llegaría —murmura con un hilo de voz, apoyándose en el borde del mesón como si el peso de los años la estuviera derrumbando—. Lo sabía, pero recé porque nunca sucediera. —¿Por qué nunca me lo dijiste? —le reclamo con un tono que ni yo reconozco. No es enojo puro; es dolor, es la sensación de haber vivido una mentira. Ella baja la mirada, respira hondo, y por un momento veo a la mujer que me ha sostenido toda la vida tratando de encontrar las palabras correctas. —Porque te prometí una vida lejos de ellos, Stefan. Una vida donde no te juzgaran por los errores de otros. Gerald… —su voz tiembla— Gerald no fue un hombre malo, pero sí un cobarde. Y la cobardía destruye más que la maldad. Me quedo quieto, intentando procesar sus palabras. Mamá se aleja un poco y se sienta, acariciándose las manos, un gesto que siempre hace cuando algo la inquieta. —¿Qué pasó en esa casa? —pregunto, tomando asiento frente a ella—. Necesito saberlo todo, mamá. No me pidas que viva con preguntas sin respuesta. Ella asiente lentamente, como si hubiera esperado esa frase durante años. —Tu padre y yo nos conocimos cuando yo trabajaba como enfermera privada en Varsovia. Su madre, tu abuela, estaba enferma del corazón, y Gerald me contrató para cuidarla. Yo era joven, ingenua… y él, un hombre encantador. Había perdido a su esposa poco antes. —Hace una pausa larga—. No debí involucrarme con él, pero lo hice. Lo amé, Stefan. Lo amé con todo mi ser. Siento un nudo en el pecho. Nunca la había escuchado hablar de amor de esa forma. —Cuando quedé embarazada, Gerald estaba… feliz, o al menos eso creí. Pero su familia no lo estaba. Ellos tenían planes para él, una boda arreglada con una mujer llamada Verónica Sokolov, una unión que consolidaría la fusión de dos imperios financieros. Yo era un obstáculo. —Su mirada se endurece—. Entonces me hicieron desaparecer. El silencio se hace más pesado. —Arthur era amigo de tu padre desde la infancia. Fue el único que se atrevió a ayudarme. Él me llevó lejos, me escondió y me prometió que velaría por ti. Gerald sabía lo que ocurría, pero no hizo nada. Cuando te tuve en brazos por primera vez, juro que supe que nunca dejaría que volvieran a hacerme daño. Y lo juré de nuevo cuando Arthur me dejó sostenerte por última vez antes de marcharse. Mamá se queda callada. Sus ojos están húmedos, pero no llora. Ella no es de las que lloran, siempre ha sido de las que resisten. Yo, en cambio, siento que me falta el aire. —Entonces, ¿Gerald sabía que estaba vivo? ¿Sabía dónde estaba? —pregunto, tratando de ordenar la rabia que sube como lava. —No lo sé. Tal vez no. Arthur me dijo que había prometido no revelar nada, pero ahora… —sus ojos se alzan hacia los míos—, si él te buscó, significa que algo ha cambiado. Quizá tu padre finalmente se dio cuenta de lo que perdió. Respiro profundo. La idea de ese hombre enfermo, rodeado de riqueza, buscándome después de casi tres décadas me genera un cóctel de emociones imposible de digerir. Lo odio y lo necesito al mismo tiempo. Quiero gritarle, pero también quiero entender. —Mamá, no pienso ir —digo con firmeza, levantándome. —Stefan… —me llama, y su voz tiene un tono que me obliga a detenerme—. No tomes decisiones con el corazón en llamas. Escúchame, hijo. Si de verdad ese hombre está muriendo, tal vez mereces escucharlo. No por él, sino por ti. No puedes vivir con la pregunta de qué habría pasado si lo hubieras hecho. Me quedo quieto, mirando su rostro. Sus ojos me recuerdan que todo lo que soy, lo soy por ella. Pero sus palabras… duelen porque sé que son ciertas. Esa noche no duermo. La lluvia golpea los cristales de la ventana y el reloj parece burlarse del tiempo que intento robarle al sueño. En la mesita, la vieja fotografía de mamá y yo cuando tenía cinco años me observa como si esperara una respuesta. “Tal vez mereces escucharlo.” Esa frase me persigue, me atraviesa como una daga silenciosa. Tomo el teléfono y abro el mensaje que Arthur me dejó: “Cuando tomes una decisión, llámame. El tiempo no espera.” Me levanto. Camino de un lado a otro. No puedo evitar imaginar a ese hombre, mi padre, en una cama rodeado de tubos, esperando a un hijo que ya no recuerda cómo suena su voz. Me duele admitirlo, pero hay algo en mí que quiere verlo, que necesita mirarlo a los ojos y entender por qué. Al amanecer, ya he tomado una decisión. --- El día amanece gris, y mi corazón late con fuerza bajo la camisa. He empacado una maleta pequeña: solo lo esencial. Mamá está despierta, como si lo hubiera sabido. Me espera en la sala, con una taza de café entre las manos. —¿Vas a ir? —pregunta, aunque la respuesta está escrita en mis ojos. —Solo quiero escucharlo —le digo—. No me quedaré más de lo necesario. Ella se acerca y me abraza con fuerza. Huele a jabón, a hogar, a todo lo que me ata a la vida. —Ten cuidado, hijo. Esa gente no conoce la bondad como tú la conoces. Si ves que algo no está bien, vuelve. No dejes que la sangre te haga olvidar quién eres. Asiento. Sus palabras se quedan grabadas en mí como un tatuaje invisible. Cuando salgo, Alessia baja corriendo las escaleras. —¿Te vas de viaje? —pregunta con voz adormecida. —Un par de días, peque —le digo, acariciándole el cabello—. Cuida a mamá por mí, ¿sí? —Siempre lo hago —responde con una sonrisa traviesa, pero en sus ojos se esconde algo de preocupación. La dejo con un beso en la frente y salgo. Afuera, Varsovia despierta envuelta en neblina. --- El trayecto hacia la mansión Nowack es largo y silencioso. Arthur me espera con un coche n***o en la estación de tren, impecablemente vestido, como si el tiempo no hubiera pasado por él. —Sabía que vendrías —dice apenas me ve, con una leve sonrisa de alivio. —No lo hago por él —aclaro antes de subir al auto—. Lo hago por mí. Arthur asiente sin discutir. Mientras avanzamos por las carreteras rurales, el paisaje cambia; las torres y los edificios desaparecen, reemplazados por campos infinitos y bosques espesos. El aire se vuelve más frío, más pesado. Me siento como si estuviera cruzando un umbral invisible. —¿Cuánto tiempo hace que no vuelves aquí? —pregunto mirando el camino. —Nunca me fui realmente —responde—. He servido a la familia Nowack toda mi vida. Aunque últimamente… el ambiente en la casa es distinto. Hay demasiada tensión. —¿Por la esposa de mi padre? —pregunto. Arthur me lanza una mirada breve antes de volver al volante. —Verónica es una mujer ambiciosa. Cuando Gerald enfermó, tomó el control de casi todo. La mansión, las empresas, incluso al personal. Si no fuera porque su esposo aún vive, ya habría declarado la herencia a su favor. Tienes que tener cuidado con ella. El coche atraviesa una verja de hierro forjado y me encuentro frente a una mansión que parece salida de otra época. Es enorme, majestuosa… y sin embargo, hay algo triste en ella. Las ventanas altas reflejan la luz gris del cielo, y el silencio es casi antinatural. Arthur me abre la puerta y me guía por el vestíbulo. El mármol brilla bajo la luz tenue de las lámparas antiguas. En las paredes cuelgan retratos de los Nowack, generaciones de rostros fríos y altivos. Me detengo frente a uno de un hombre joven con el mismo color de ojos que yo. —Ése es tu padre —dice Arthur en voz baja—. Así se veía cuando aún tenía esperanza. Trago saliva y continúo caminando. Mis pasos suenan como ecos en el vacío. Al final del pasillo, una voz femenina nos detiene. —Arthur —dice con tono autoritario—, no esperaba que trajeras compañía sin anunciar. Giro y la veo: una mujer de unos cincuenta años, alta, de cabello rubio perfectamente peinado, vestida de blanco impoluto. Sus ojos, fríos como el hielo, me analizan de pies a cabeza. —Señora Verónica —saluda Arthur inclinando la cabeza—. Este es el hijo del señor Nowack. El silencio que sigue es insoportable. Ella me observa con una mezcla de sorpresa y desprecio. —Así que… el bastardo existe —dice finalmente con una sonrisa venenosa. Mi primera reacción es avanzar hacia ella, pero Arthur me toma del brazo con firmeza. —No te rebajes, muchacho —murmura. —¿Dónde está Gerald? —pregunto con voz contenida. —En su habitación, aunque dudo que esté en condiciones de hablar mucho —responde con un aire teatral—. Ha tenido una noche complicada. Pero si crees que con solo aparecer aquí podrás reclamar lo que no te pertenece, te equivocas. Esta casa, estas tierras, todo esto… pertenece a los Nowack legítimos. Sus palabras me hieren, pero no respondo. Aprendí a controlar la furia en los tribunales; puedo hacerlo aquí también. Arthur se adelanta. —El señor Nowack pidió verlo. No es una solicitud, señora. Es su voluntad. Verónica frunce los labios y se gira, dando media vuelta. —Haz lo que quieras. Pero no digas que no te lo advertí. —Y se aleja con pasos elegantes, dejando tras de sí un aroma a perfume caro y veneno. --- Subimos las escaleras. Mi corazón late con fuerza. Arthur abre una puerta al final del pasillo. La habitación es amplia, con cortinas cerradas y el sonido constante de un respirador. Y allí está él. Gerald Nowack. Un hombre de cabello canoso, rostro delgado y ojos hundidos, recostado en una cama cubierta de sábanas blancas. Aun así, hay algo imponente en su presencia. Cuando sus ojos se abren y me miran, siento un escalofrío. Es como si estuviera viéndome en un espejo distorsionado por el tiempo. —Arthur… —su voz es apenas un susurro—. ¿Es él? —Sí, señor. Es Stefan —responde el mayordomo, retirándose discretamente hacia la puerta. Me acerco sin saber qué decir. Gerald me observa con una mezcla de alivio y remordimiento. —Eres… igual a tu madre —murmura—. Dios mío, cuánto tiempo perdí… Las palabras me golpean de lleno. Parte de mí quiere abrazarlo, otra parte quiere gritarle. —No sé qué esperaba que dijera —le digo, tratando de controlar el temblor de mi voz—. Me dejó. Nos dejó. Y ahora quiere qué… ¿perdón? Sus labios tiemblan. —No busco tu perdón, hijo. Busco redención. Sé que no la merezco, pero… —hace una pausa para tomar aire—. Verónica me destruyó, Stefan. Me hizo creer que lo correcto era obedecerla, mantener la imagen de familia perfecta. Pero cuando supe que habías sobrevivido… que Sofía te había criado… supe que debía encontrarte antes de que fuera tarde. Su mirada se nubla. Me siento a su lado, sin saber por qué. Quizá por instinto, quizá porque a pesar de todo, hay algo en su voz que no parece fingido. —Necesito que escuches con atención —continúa con esfuerzo—. Hay cosas que Verónica no debe saber. Las empresas Nowack… están siendo saqueadas desde adentro. Ella y su sobrino, Viktor, planean quedarse con todo. Pero la ley aún puede proteger el legado, si tú tomas el control. —¿Yo? —repito, incrédulo. —Eres mi único hijo legítimo —dice, y esa palabra —“legítimo”— me hace un nudo en la garganta—. Arthur tiene los documentos. Todo está en orden. Solo tienes que firmar cuando llegue el momento. Pero antes… necesito que prometas algo. —¿Qué cosa? —Que no dejes que el odio te consuma. Que recuerdes lo que tu madre te enseñó. La ambición puede destruirte, Stefan, como me destruyó a mí. Sus palabras me estremecen. De pronto tose, un acceso violento que hace que me levante para sostenerlo. Arthur entra de inmediato, lo ayuda a recostarse y me hace una señal para que salga. Salgo con el corazón desbocado. Me apoyo en la pared del pasillo mientras escucho el pitido constante del respirador. No sé si siento rabia, compasión o tristeza, probablemente todo al mismo tiempo. Arthur sale minutos después. —Debe descansar —dice con voz grave—. Pero te necesita aquí. Hay mucho que debes saber. —No sé si puedo quedarme, Arthur —respondo con voz baja—. Este lugar me ahoga. —Lo entiendo, pero si te vas ahora, Verónica ganará. Y entonces todo lo que tu madre sufrió habrá sido en vano. Sus palabras me atraviesan. Miro hacia el final del pasillo, donde un retrato de Gerald joven parece observarme, y me pregunto si el destino siempre tuvo planeado traerme aquí. --- Esa noche me asignan una habitación. No logro dormir. La mansión cruje con los sonidos de una casa demasiado vieja, pero sé que no es solo eso. Hay pasos, murmullos, voces que no alcanzo a entender. Me levanto, tomo mi teléfono, y pienso en llamar a mamá… pero no lo hago. Si le digo cómo me siento, me pedirá volver. Y no puedo hacerlo, no todavía. Camino por los pasillos, las luces están apagadas. Al girar en una esquina, escucho una voz. —No deberías estar aquí —dice alguien detrás de mí. Me doy la vuelta y veo a un hombre de mi edad, alto, de rostro anguloso y mirada fría. Sé de inmediato quién es. —Tú debes ser Viktor —digo. —El sobrino de Verónica, sí —responde con una sonrisa que no llega a los ojos—. Y tú, el milagro perdido. Supongo que piensas que vas a heredar todo esto. —No pienso nada aún —respondo, pero él se acerca más. —Pues deberías. Porque aquí, quien duda… pierde. Su mirada me hiela la sangre. Antes de que pueda responder, se marcha por el pasillo, dejándome con una certeza inquietante: no estoy en un hogar, estoy en una trampa. --- Cuando amanece, me encuentro de nuevo con Arthur en el jardín. El aire huele a humedad y a peligro. —Arthur —digo finalmente—, si de verdad mi padre quiere que lo ayude, lo haré. Pero lo haré a mi manera. —¿Y cuál es esa? —pregunta con cautela. —Voy a quedarme. Voy a descubrir qué está pasando dentro de esta familia. Y si Verónica o ese maldito Viktor intentan destruir el legado de mi madre… —mi voz se endurece— entonces conocerán lo que significa enfrentar a un Nowack de verdad. Arthur me observa en silencio, con un brillo de orgullo en los ojos. —Entonces, joven amo, que comience la guerra.
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