Aunque al principio había detestado la joya, de forma gradual la había llegado a aceptar como algo que la unía a Ian. Sir Edward estaba sentado en su sillón de costumbre, con una manta sobre las piernas. Tenía mejor aspecto, pensó Varia. Su cara no estaba tan pálida como cuando ella le vio la última vez. —¡Ah! ¡Ian, hijo mío!— exclamó cuando fueron anunciados—, ya estáis aquí. Sólo con unos cuantos minutos de retraso. Empezaba a preocuparme, pensando que tal vez habíais perdido el avión. —No, papá. Todo se hizo de acuerdo a lo planeado— dijo Ian con sequedad. Estrechó la mano de sir Edward. Después se volvió hacia Varia. —He traído a Varia sana y salva. Sir Edward extendió la mano hacia ella. —Me alegra mucho verla, querida mía— dijo—, me sentí muy triste, sin embargo, cuando supe
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