En la universidad tenía dos mejores amigas: Luisa Mendiola y Raquel Orozco.
Luisa era una chica muy distraída, un poco tímida y no hablaba con mucha propiedad, nos habíamos conocido meses atrás cuando ella entró a medio ciclo escolar, pero nuestra amistad estaba muy bien asentada, pues en mi podía encontrar cualquier apoyo y sabía que yo también en ella.
Por el contrario, Raquel era mi mejor amiga desde hacía 6 años atrás, habíamos estudiado juntas en el mismo colegio y ahora estudiábamos en la misma universidad, desde que nos conocimos sabíamos que estaríamos juntas, ella era la única persona a la que le podía aceptar críticas de un buen modo y eso se debía a que simplemente me conocía demasiado bien, era el tipo de persona con la cual jamás podrías enojarte, porque Raquel era tan dulce y linda, que en su mirada te daba la paz y relajación en cualquier momento que lo necesitabas. Era la única de las tres que tenía un novio, el cual no solicitaba ningún requisito, por el simple hecho de que ella lo quería, y con eso era más que suficiente.
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Tras una semana intensa de estudios, decidimos salir juntas al centro comercial y después de hacer las compras nos desviamos a nuestra cafetería favorita “Dolce Mami”, a comer pastelillos y conversar, necesitaba contarles sobre mi cita con Mario, pero no sabía cómo empezar, así que decidí no hablar primero.
Las escuchaba conversar, a mí me parecía increíble que Raquel no hablara mucho sobre Javier, a pesar de que tenían exactamente dos años y medio de relación, tiempo que ni en mis más locos sueños pensaba que podría llegar a durar con algún chico, aun si lo amaba mucho. Pero si Raquel no hablaba de su relación era porque no tenía mucho que comentar, su principal función entre nuestro grupito de tres era de “apoyo y ayuda”, pues para dar consejos ella siempre había sido la mejor.
Luisa por su parte, no dejaba de hablar, estaba enamorada secretamente de un profesor a medio tiempo que venía dos veces a la semana a impartir clases en la universidad, el hombre claramente se veía mucho mayor, pero no era sorpresa para ninguna que a ella le gustaran de esa edad.
El tema de ese día se basaba en él, que para la próxima semana Luisa por fin se atrevería a poder hablarle y lo peor que podía pasar era que él no le hiciera caso alguno, cuestión que desafortunadamente no estaba tampoco puesta en duda, pues si bien el hombre era bastante atractivo, tenía aquella personalidad bastante explosiva, arrogante y un tanto grosera, lo que me desagradaba y me hacía pensar que ciertamente él no parecía estar en busca de una relación “inocente”, pero tal y como se podía esperar, igual le dábamos todo nuestro apoyo.
— ¿Y qué pasa contigo, Camila? — preguntó de pronto Luisa, bebiendo de su taza y mirándome.
— ¿Qué pasa de qué? — contesté haciéndome la tonta, sabiendo que para estas alturas el tema principal era Agustín.
— No te hagas, querida Camila, ¿Qué onda con Mario? – preguntó Luisa riendo, aquello no me hizo gracia, porque tanto ella como Raquel sabían perfectamente que Mario solo era un amigo.
— Ni para que venir con ese cuento, sabes demasiado bien, que no me interesa, solo salimos una vez y en plan de amigos. —respondí de forma cortante.
Raquel que desde un momento atrás estaba distraída con su celular, me volteó a ver detenidamente.
— Yo creo, que si debemos tomar ese cuento… y arreglarlo — me dijo, la observé un momento, percibiendo en su mirada una singularidad, sabía que eso solo significaba una cosa y era que íbamos a tener una conversación seria. Para mí solo había dos modos de comprobarlo, uno era que cuando la mirada de Raquel se ponía seria y entrecerraba sus ojos, y la otra, cuando con voz tierna decía – Venga ya, dinos ¿Qué pasa?
— Raquel, no hay modo de que te pongas seria con este tema, esta todo realmente como yo lo deseo, solo salimos una vez, nada fuera de lo normal, créeme aún está en mis manos…
— No es tanto por ti, Camila — ella me miró de forma furtiva y milagrosamente no me solté a llorar — yo sé que tu corazón es fuerte, ves algo te gusta y lo consigues, vives feliz. Pero si no, te cierras y de ahí ni yo te puedo llegar a sacar.
— Entonces, el problema es…
— Es ese chico, Mario, vamos no es de tontos esconder o tratar de maquillar lo mucho que le interesas, se le nota demasiado bien y eso ni tú lo puedes negar, el problema… ¿Es Mario el que te atrae o Agustín?
Raquel se fue directamente a la pregunta fuerte, que dio lugar a sensaciones bastante incomodas, “¿Por qué cuando llegaba hasta este punto, hasta yo misma comenzaba a dudar?” Estaba convencida de que mis sentimientos eran bastantes verdaderos hacia Agustín, el corazón mismo me lo demostraba cuando estaba a su lado, se me alborotaba y llegaba a conmocionarse, pero con Mario era bastante feliz, nos llevábamos bien, era amable y lindo conmigo, pero solo lo consideraba como un mejor amigo.
— Es Agustín, no hay dudas en eso. — contesté.
Mis amigas me sonrieron, pensé que Raquel diría algo más, tal vez me daría un consejo o una reprimenda, pero pasó totalmente del tema y una vez más Luisa volvió a sacar el tema del hombre mayor.
“Es Agustín” me repetí eso el resto del día, y no dejaba de pensar en él.
Agustín era un chico bastante atractivo y estaba segura que no era la única que lo pensaba, ya había notado que muchas chicas lo observaban y no por nada me había fijado en él, y fue como tontamente dicen muchos “amor a primera vista” él era, alto, de tez morena, ojos castaños y brillosos, de cabello n***o, delgado y demasiado atlético, era inteligente, diligente en sus estudios y sabía que también tenía ciertas habilidades artísticas y deportivas.
Por otro lado, Mario era un poco menos alto que Agustín, con la piel blanca y delicada, a veces le podía ver una venita a través de su traslucida piel, de ojos negros y cabello castaño claro, a diferencia de Agustín, él era un poco más llenito y sin mucha eficacia en los deportes, en realidad no resaltaba en nada más, lo que no lo hacía muy popular en la universidad.
Me tiré sobre la cama, por un momento observé el techo de mi cuarto, abriendo y cerrando los ojos como si así se disiparan las dudas, no sabía porque no dejaba de hacer comparación tras comparación y me daba vueltas la cabeza, dificultosos remolinos de pensamientos contrarios y tontos. La respuesta era obvia, entonces ¿Por qué tenía dudas?
***
Después de esa primera cita con Mario, le siguieron otras dos, no se diferenciaron mucho una de la otra, íbamos al cine o a comer. Pero nunca hablamos de sentimientos de por medio y eso de cierta forma me seguía tranquilizando. ¿Por qué arruinar nuestra relación de amigos? Tal vez ahora que Mario me había conocido mejor, había decidido que no era el tipo de chica que estaba buscando y claro que era comprensible.
Los días pasaron cargados de una lentitud decaída, yo no me encontraba radiante de felicidad, mi preocupación se debía a que súbitamente Agustín había cambiado de personalidad, ahora parecía taciturno, muy tímido, un poco tonto, de andar pausado, pero lo peor de todo: más alejado y no entendía muy bien el ¿por qué?, pensé que al acercarme más a Mario esto me ayudaría a estar más cerca de él, pero tal vez estaba ocurriendo todo lo contrario.
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Era el último día de la semana, ya había poca gente en la universidad pues la gran mayoría ya se había retirado, así que fue extraño cuando al salir de la sala de maestros de la planta alta me lo encontré. Chocamos y por un momento creí perder el equilibrio, cuando él me tomó por el brazo.
— ¿Te encuentras bien? — preguntó Agustín, su cercanía me aturdió, hacía bastante tiempo que no le escuchaba y su voz me atravesó violentamente, él carraspeó.
— Sí, perdón, no te vi — le dije, él asintió y solo sentí como me soltaba el brazo.
— No te preocupes, también iba distraído — hizo una pausa, miró a su alrededor con atención — bueno, nos vemos.
— Espera… — alcancé a tomarlo por la muñeca, él volteó a ver el agarre y luego me miró a los ojos, lo solté con rapidez — ¿Tienes algo que hacer? Me refiero a cuando salgas de la universidad.
— Debo ir a mi casa…
— Sí, entiendo, solo ¿Te gustaría salir conmigo? — maldecí internamente cuando mi voz sonó bastante desesperada, no había pensado muy bien lo que preguntaría y obviamente me sentiría muy estúpida si él me rechazaba.
— ¿Por qué quieres salir conmigo?
— ¿Me odias? — otra maldición gritó en mi cabeza, ¿Por qué nos contestábamos con preguntas? Lo volteé a ver, él parecía incomodo y yo estaba lista para decirle que olvidara todo.
— No te odio.
— Hace mucho que no hablamos y…
— Perdón si eso has pensado todo este tiempo. — me interrumpió y yo dejé de hablar.
— En realidad, no entiendo que hice mal.
— No, no tiene que ver contigo — Agustín volteó a otro lado evitando el contacto de nuestras miradas, parecía avergonzado, sin embargo, estaba segura que por fin podría conseguir la respuesta que tanto esperaba.
— La verdad es que quiero salir contigo porque me agradas.
— Estas con Mario.
— Bueno, estamos saliendo, pero no es como que…
— Estas saliendo con Mario. — repitió, sus ojos parecían apagados y el frunció un poco el ceño.
— Sí — contesté, me sentía extraña, parecía que esa era su respuesta a mi invitación y yo no entendía ¿Por qué Mario era relevante? Todos éramos amigos ¿no?
— Saliendo debo ir a casa, así que…
— Entiendo — susurré, había recibido un rechazo.
— Ok, chao.
Noté que Agustín no sabía cómo despedirse de mí, después de unos segundos solo dio un par de pasos hacia atrás y se alejó caminando con rapidez por el pasillo. Me sentía extraña, triste, como si estuviera perdiendo algo… algo que nunca tuve.
Al parecer, Mario era la razón por la que él había tomado distancias, pero no entendía… todos parecíamos llevarnos bien, ¿acaso Mario había hablado con Agustín? O ¿Agustín lo había decidido por sí mismo? No entendía bien que había sucedido, pensé que todo esto me acercaría más a él, pero al parecer había sucedido todo lo contrario.
Siguieron pasando lo días, y ahora pocas veces intercambiábamos palabras, en algunas ocasiones no nos la dirigíamos aun cuando estábamos compartiendo el mismo sitio, sentía como si él estuviera enojado conmigo, cosa que no me atrevía a preguntar, porque realmente no quería verme sumamente interesada en él, aun así sus desplantes silenciosos no pasaban desapercibidos de mis ojos, ni menos cuando él se encontraba conversando con Mario y de improviso salía yo, rápidamente desaparecía, metiendo escusas tontas y demasiado fuera de lugar, en esas ocasiones me invadía una gran impotencia y tristeza, me daban unas ganas de llorar, quería detenerlo para decirle lo mucho que me dolía su comportamiento y también aprovechar para decirle lo que sentía, lo mucho que lo quería, pero mi sentido común combinado con amor propio de mujer, callaba a mi lado sentimental y estúpido, e ignoraba por completo las suplicas incesantes de mi propio m********o.
Y así, los días continuaron, los desplantes de Agustín dejaron de importarme, o eso me quería hacía creer, me concentraba en llenar ese “vacío” con mis amigas y por supuesto con Mario, que ahora más que nunca lo sentía bastante cercano, lo cual me agradaba.