Ella se giró y lo besó con una intensidad salvaje que lo hizo lamentar lo rápido que se acercaban a su apartamento. No es que importara. Incluso cuando el coche aminoró la marcha, no la dejó alejarse. La única ruptura en su conexión llegó cuando se abrió la puerta y él la condujo al ascensor. Y entonces sus labios volvieron a posarse sobre los de ella. Cuando las puertas se abrieron con un ruido metálico, la abrazó y, de alguna manera, logró llevarlos de vuelta a su ático. Solo la bajó cuando estuvieron en medio del apartamento, tomándole la cara entre las manos. —No sé dónde has ido hace un momento, Emma, pero ese no es tu lugar. Había notado la mirada desolada en su rostro y no quería volver a verla. No cuando había tanta vida y pasión en ella. Una señal de alerta sonó en su interi

