52. —¡¿Estás bromeando?!¡No puede ser! Maldita sea, cómo se le ocurre venir aquí. La puerta se abre. Ella entra, mi madre. Viene con uno de sus típicos vestidos de princesa, y el pelo todo recogido. —¿Qué haces acá? —Estoy bien, Sarah —me ignora y contraataca. Mira a Mely que se ha quedado como una estatua. —Veo que volviste a contratar a tu asistente. —La necesito. Es buena. —Eso es nuevo, que veas a los que te rodean como personas, no como elementos que te sirven en tus caprichos. Le enseño la mejor sonrisa que tengo. —¿Qué quieres que te diga, mamá? Lo aprendí de ti. Mamá me ignora. —¿Dónde está el chico? —No aquí. Y no lo conocerás, no de esta forma. Mi madre cierra sus oídos, es lo que hace siempre. Se fija la cama desordenada, y mis ropas en el suelo. —Están teniendo

