Nos quedamos un rato tratando de nivelar nuestras respiraciones. Me dirijo al baño para pensar en lo que acaba de ocurrir. Regreso a la rectoría y él posa una manta en mis hombros invitándome a tomar asiento al frente de la chimenea. ─He pedido comida, no sé si te guste… ─Está bien ─interrumpo con una sonrisa. Tomamos asiento y comemos las hamburguesas, reconozco que son del bar de Arturo. Lo hacemos en silencio, pero aprovecho el tiempo a solas. ─¿Por qué te convertiste en Sacerdote? ─Inquiero dándole un mordisco a mi hamburguesa. Sus ojos oscuros se posan en mí. ─Vamos, estuviste dentro de mí; sé que no eres como los demás chicos ─murmuro bajando la mirada. ─Me obsesioné con el sexo. Veía terapia, lo intenté, pero nada podía con mi sed, eso a lo que le llamo “bestia” dentro
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