La mañana llegó con una niebla ligera que cubría la ciudad, como si el mundo intentara esconderse de la tormenta que se avecinaba. Desde la ventana del despacho, observaba cómo los coches se acumulaban en la avenida principal, una metáfora perfecta de mi mente congestionada por pensamientos. El teléfono vibró con un mensaje de Greg: “Hay movimientos raros en la junta de accionistas. Tu hermano ha conseguido apoyo para pedir una auditoría interna.” Sonreí con ironía. Eso significaba que el circo comenzaba a tomar forma. Mi hermano, sin saberlo, estaba cavando su propia tumba con la pala que él mismo sostenía. Decidí que era momento de actuar, pero no con prisas ni desesperación. Quería que todo fuera calculado, que cada movimiento dejara en claro quién realmente tenía el control. Llamé
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