Socio británico. La lluvia golpea los cristales de mi despacho con una monotonía casi terapéutica. Afuera, Londres parece dormida. Adentro, yo observo. Tres pantallas en mi escritorio proyectan las imágenes en vivo del operativo: cuerpos, disparos, gritos. Y en el centro del caos… ella. Sargento Violet. Bonito nombre para una simple máquina. Perfecta. Implacable. Exactamente como la diseñamos. Una ejecución quirúrgica. Una sinfonía de muerte. No siento orgullo. El orgullo es para los débiles. Para los hombres que creen que controlar una creación les hace dioses. Yo soy algo más simple: un estratega. Uno que nunca juega a perder. En la pantalla, la sargento entra en su trance. La señal es clara: el silbato. Un eco agudo que destroza la frontera entre la máquina y el ser humano. Au

