Habían pasado cuatro meses desde que el eco de los gritos de Fabricio y el gélido desprecio de Allegra sacudieron los cimientos de la mansión. Cuatro meses de un silencio bendito. Allegra Cavalli se había evaporado de sus vidas, supuestamente refugiada en una propiedad familiar en los Alpes o en la Riviera, nadie lo sabía con certeza y, lo que era mejor, a nadie parecía importarle. El Renacer de Isabella Isabella ya no era la sombra asustadiza que tropezaba con sus propios miedos. Gracias a la fisioterapia constante y al apoyo inquebrantable de Elena, su pierna había sanado por completo. Ya no quedaba rastro del andador ni del bastón; ahora caminaba con una seguridad nueva, una elegancia que no nacía de la ropa cara, sino de la paz interna. Elena seguía en la casa, aunque su contrato té

