Capitulo 3

1961 Palabras
Oigo una voz desde la puerta. —¿De qué te disculpas, cariño?—. Es la Sra. Simmons. Lleva un vestido informal de algodón con escote pronunciado. Hay una ventana a un lado, y tanto Wes como yo podemos ver solo la parte superior de su cadera derecha. Está guapísima. Tiene su sonrisa de siempre, pero parece que está cargada de electricidad, y todo en la habitación espera a que la estática se libere por fin. Wes, que esperaba que se sonrojara, está pálido como el papel. —Estaba...—, empieza a responder, pero tiene la mirada vidriosa y sus pensamientos se han ido. —Lo escuché—, dice la Sra. Simmons, —y para que conste, ni siquiera soy católica, y mucho menos el Papa. Wes asiente. —Piso—, dice la Sra. Simmons. Su voz es dulce como siempre, pero firme. Wes asintió de nuevo. Se levantó de la silla y se puso de rodillas en silencio. —Buen chico—, dice la Sra. Simmons, acariciándole el pelo. —Desnúdate y métete debajo de la mesa. —Sí, señora—, dice Wes. Y vuelvo a tener una erección. Claro, había notado que la Sra. Simmons era hermosa, pero siempre había sido una belleza distante. Es como si hubiera sido una pintura o escultura renacentista: delicada y hermosa, pero inaccesible y sagrada. Ahora, sin embargo, su atractivo es palpable. Por fin noto cómo envuelve todo su ser con un poder delicado, como si lo llevara puesto. Ve mi mirada fija en ella y me guiña un ojo. Mi rostro se enrojece. Wes quitándose la ropa es lo que me distrae de la Sra. Simmons. Se ha quitado los pantalones y la ropa interior, dejando al descubierto una vez más su pequeño pene aprisionado. Rebota al quitarse la camisa, y su paquete presiona firmemente contra los barrotes negros de su jaula de castidad. Su respiración y sus movimientos también hacen que los piercings de su pezón y ombligo brillen bajo la cálida luz del sol, casi de verano. Entonces está desnudo, sentado en el suelo de mi cocina. Es ágil y musculoso, pero pequeño, y cuando se pone de rodillas, sus ojos solo llegan a mi cintura. Se apoya suavemente en las manos y se arrastra, a cuatro patas, por cierto, debajo de la mesa de la cocina. Su culo con forma de corazón y taponado es lo último que se desliza bajo el mantel. Bueno... *ahora* estoy cachondo. La Sra. Simmons se quita los zapatos, se sienta a la mesa donde Wes había estado momentos antes y levanta las caderas para subirse el vestido por sus largas y gruesas piernas que apenas quedan a la vista. —No sé cuánto te explicó Wes, cariño, pero espero que haya estado retorciéndose todo el tiempo—. Se ríe, y yo también me río por costumbre. Entonces, la Sra. Simmons golpea suavemente la mesa. —Wes, ¿te portas bien y empiezas a chuparme el clítoris?—. Oigo que se arrastran los pies antes de que meta la mano debajo de la mesa. Empieza a mover las caderas, y siento que la mesa se mueve casi imperceptiblemente mientras folla lentamente la cara de Wes. Coloco ambas manos sobre la mesa. Si no, querré empezar a tocarme, y necesito estar alerta. Al menos, lo hago un rato más. —¿Y qué demonios?—, pregunto. —Bueno, intenté explicarlo —dice ella—, pero me hiciste un gesto para que te fueras y pudieras terminar de masturbarte. Es culpa tuya, no mía. —No estaba bromeando... —Oh, cariño—, sonríe, —ya hemos superado eso. Me quedo en silencio un momento. Entonces, me doy cuenta de que, entre nuestras palabras, oigo un ritmo suave y húmedo, con Wes gimiendo suavemente en el coño de la Sra. Simmons. —Sé que eres un chico bisexual excitado por tu historial de navegación, y creo que, con algo de práctica, podrías convertirte en un dominante. Tienes esa chispa. Podrías ser como yo—, dice. —Solo quería ayudarte. Estoy perdido. Esta mujer, que me ha predicado sobre recuperación espiritual y empatía a cada paso, es una dominatrix, y se está follando la cara de mi abusador. Se está follando su cara de ojos saltones. Ella... Ella se pone de pie y se quita el vestido por la cabeza y el cuerpo. Tiene caderas anchas y un vello abundante y despeinado que marca el valle entre sus piernas. Sus piernas y axilas están igualmente sin depilar. Parece natural, como si no hubiera otra opción. Tiene perforaciones que imitan las de Wes a través de sus pezones y ombligo. Las suyas son plateadas. La humedad, ya sea de su excitación o de los labios de Wes, se adhiere a su vello. Tiene músculos, pero aún es suave, y tiene muslos gruesos que se mueven al contonearse bajo el vestido. —David—, dice en voz baja mientras rodea la mesa, —hará todo lo que le pida. Y... quiero lo mismo para ti. Mereces obtener lo que deseas del mundo. Sospeché que esto podría ser parte de ello—. Pone su mano sobre la mía. Está caliente. —No sé qué decir... —No digas nada—, dice. —Siéntate en esta silla si crees que quieres dar el siguiente paso—. Saca una silla vacía y la coloca a unos metros de la mesa. Trago saliva antes de ponerme de pie. Casi al instante, me avergüenzo de mi erección. Me ha arrancado la cintura del cuerpo, y es más fuerte que cualquier otra que haya tenido. La Sra. Simmons levanta las cejas y sonríe al mirar mis pantalones acampanados. Es su sonrisa habitual. Al cabo de un momento, me doy cuenta de que, aunque ella es la que está desnuda, soy yo quien está al descubierto. La vulnerabilidad se ha apoderado de mí. Camino los cuatro escalones hasta la silla y me siento. Es idéntica a la que tenía hace un momento, pero se siente completamente diferente. —Wes—, dice ella, —ven y chupa tu primera polla real, cariño. Wes levantó el mantel y apareció por debajo. Recorrió la corta distancia arrastrándose. Mientras lo hacía, observé cómo sus caderas se balanceaban de un lado a otro, cambiando su peso de un lado a otro. Sus labios brillaban con el semen de la Sra. Simmons. —Ha practicado muchísimo con consoladores de distintos tamaños durante la última semana—, dice la Sra. Simmons, —pero creo que se debe a su entusiasmo. A pesar de todas las quejas que ha tenido sobre el entrenamiento de su pene, suele ser cuando más le gotea. ¿Verdad, cariño? Wes la miró. —Fue porque eras tú, señor... De repente, la Sra. Simmons le da una nalgada fuerte. Su cuerpo se estremece un poco por el retroceso, pero Wes casi se desploma y gime. Está a solo un paso de distancia, y puedo ver el comienzo de la huella de una mano en su nalga. —Por favor, di que sí, cariño—, dice la Sra. Simmons. Aunque lo dice como una petición, tanto Wes como yo sabemos que es una orden. —Sí, señora. —Si señora, ¿qué? —Sí, señora, mi jaula fue la que más goteó mientras estábamos entrenando a la polla. —Buen chico—, dice ella sonriendo. Le frota suavemente el culo rojo y le da un empujoncito a su consolador. Cierra los ojos y ahoga un gemido, igual que en el vestuario. Aprovecho para levantar las caderas y deslizar el chándal hasta el suelo. Cuando Wes abre los ojos, se abren de par en par. Mi polla está justo delante de su cara, a menos de veinticinco centímetros. Apenas y sin darse cuenta, se frota los labios. Tengo el pene circuncidado y me llevo el vello púbico recortado, pero lo que le sorprende es su tamaño. Mide unos veinte centímetros y es grueso, curvándose hacia mi estómago. Una gota de líquido preseminal se asienta en la coronilla, y las venas decoran mi m*****o. Me tiemblan los testículos mientras los mira. Se me quedan colgando. La Sra. Simmons busca su propia silla y la aparta. —Los dejaré, tortolitos, a hacer lo suyo—, dice. —No somos...—, empieza Wes, pero no le entusiasma. No aparta la vista de mi polla. Bajo la mirada y asiento. —Chúpame la polla, Wes. —Solo hago esto por la Sra. Simmons...—, dice, y su voz se apaga de nuevo. Sus dedos se extienden hacia arriba, rozando apenas la parte interior de mis muslos. Se me pone la piel de gallina mientras me rodea con cuidado con sus uñas pintadas. No tardo en apretarme. Se acerca más y siento su aliento envolviéndome. Es cálido. Entonces, me toca, y no estoy segura de si es el calor de sus labios, la pura fuerza de la excitación o algún poder divino, pero en cuanto hay contacto, me estremezco y empiezo a derramar líquido preseminal como un grifo. Se mueve hacia adelante para atraparlo todo, apretando firmemente sus labios alrededor de mi cabeza. Levanta la vista y veo sus ojos parpadear. Su lengua me rodea. Puede que no lo sepa, pero ya está borracho. Tiene las mejillas sonrojadas y empieza a tararear conmigo en su boca. Se bebe mi líquido preseminal como si fuera medicina. —Ese es un buen m.aricón—, le digo. Antes de que tenga tiempo de protestar por su nuevo título, decido seguir el ejemplo de la Sra. Simmons y le paso los dedos por el pelo antes de posar la mano en la nuca. Me mira mientras me deslizo más profundamente en su boca, penetrando su garganta. Al principio siente unas arcadas, pero pronto tengo casi toda mi polla enterrada en su esófago. Se desplaza hacia adelante, colocando un brazo bajo mi pierna izquierda. Hay un pequeño charco de líquido preseminal justo debajo de donde estaban sus caderas, así que muevo mi pie derecho y lo fijo firmemente en su pene. Lo encuentro separado de su cuerpo, húmedo y con ganas de estar completamente erecto. Mierda. Tararea de nuevo, y me retiro hasta que mi polla se posa en su labio inferior. Al principio, lo agarro del pelo con cierta soltura. —Ruégame que siga follándote la cara—, le digo. —¿Puedes follarme la cara, por favor?—, pregunta. Sus ojos simplemente evitan los míos. Lo agarro con más fuerza, tirando de un mechón de su cabello entre mis dedos. Hace una mueca de dolor al oírme hablar. —No dije que pidieras. Dije que suplicaras. Me mira y gime un poco. —Por favor, señor. Por favor, fóllame la cara. Lo necesito. Por favor. Necesito tu polla enorme entre mis labios. Por favor. Me dejé ir. Su cabeza cae inmediatamente en mi regazo y me empuja hacia su garganta aún más profundamente que antes. Toma una mano libre y empieza a masturbarme la base de la polla con la saliva rodando por sus costados. Gimo. —Eres un chupapollas nato, Wes—. Lo digo en serio. Que se joda el gilipollez, su boca se siente mejor de lo que jamás hubiera imaginado. Me doy cuenta de que esta es mi primera mamada. El mundo se siente lejano, y por un segundo siento que solo somos Wes y yo. De repente, se aparta, concentrándose en la cabeza mientras me acaricia con ambas manos. Entre meneos, habla entre jadeos y jadeos. —Gracias, señor—. Otro meneo. —Por favor, dame tu semen—. Una vez más. —Lo necesito, señor. Mierda.
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