No sabía porque lo había hecho, pero al verse al espejo se dio cuenta, se había vestido para él. Llevaba una bonita blusa camisera blanca, unos jeans deslavados, unas sandalias negras con tacón alto, un abrigo azul rey, unos sencillos aretes de plata labrada y su largo cabello suelto. Solo que en realidad, esa era ella realmente, no la versión de Marco y no la versión de Augusto, si no ese reflejo que el espejo le devolvía y exactamente esa era la versión que le gustaba a Gerardo. Le gustaba pensar que no había olvidado, en todos esos años, quien era en realidad. Al llegar al restaurante entregó las llaves al valet, había una reservación hecha a nombre de Gerardo Ferrer y él ya la estaba esperando. A medida que avanzaba por el laberinto de mesas y sillas, sus manos sudaban y su corazón pa

