Ancona, Italia. Lía caminaba de un lado a otro de la cocina, sabiendo que en algún momento Franco entraría, y la encararía, y ella no tenía argumentos de defensa. «Solo espero que la señorita Sarah me reciba en su casa» Y el momento más temido por aquella malvada mujer llegó. —Lía el señor Franco te espera en la sala —comunicó una de las empleadas. La mirada de la mujer se volvió turbia, sintió que las piernas le temblaban, pero no iba a demostrar su temor, irguió su barbilla como era costumbre, observó con desdén al resto de las empleadas y se encaminó al gran salón. Miró a Franco junto a Susan, y apretó los labios. —Me mandó a llamar —musitó. Franco giró y la miró a los ojos, con esa expresión de ira, y enojo que solía poner. —Recoge tus cosas y lárgate de la casa —gritó

