El trayecto desde la Prisión de los Lobos hasta la mansión Thorne transcurrió en un silencio que cortaba el aire. La lluvia seguía azotando el techo de la limusina, pero la verdadera tormenta se estaba gestando en el asiento trasero. Kaelen no había vuelto a pronunciar palabra desde que salimos de aquella celda subterránea. Se limitaba a observarme con una fijeza que hacía que mi piel se erizara bajo el abrigo de esmoquin que me había prestado. Sus ojos grises, habitualmente calculadores y serenos, ahora eran dos piscinas de plata líquida, oscuras, salvajes y hambrientas. Sabía lo que esa mirada significaba. Él había cumplido su parte del trato. Había contenido a su lobo, había tragado su orgullo de Alfa Supremo y me había permitido usar mi magia para salvar a mi padre. Ahora, la

