Kaelen Thorne estrelló su copa de cristal contra la chimenea de mármol de su despacho.
El sonido del vidrio rompiéndose en mil pedazos no fue suficiente para calmar la tormenta de rabia y desesperación que soplaba en su interior.
Sus garras arañaban las palmas de sus manos, luchando por no emerger.
—¡Busquen en cada maldito rincón de ese convento! —rugió Kaelen, volviéndose hacia Gideon.
Gideon, su Beta, lo observaba apoyado contra la pared con una calma que a Kaelen le resultaba exasperante en ese momento.
—Ya lo hicimos, Kaelen —respondió Gideon, cruzándose de brazos con firmeza—. Mis mejores rastreadores han peinado cada habitación, cada pasillo y hasta las catacumbas. Se ha ido. Se escapó por una ventana del sótano durante la tormenta.
—¿Cómo es posible? —Kaelen se pasó las manos por el cabello, tirando de él con frustración—. ¡Es una novicia! Pasó años encerrada rezando. No conoce el bosque, no tiene dinero, no tiene ropa...
Gideon dio un paso adelante, su mirada cargada de un reproche que no ocultaba.
—Tenía un motivo, Kaelen. Y el miedo es un motor más potente que cualquier cosa. La humillaste frente a Selene Vane. La rechazaste frente a toda la manada después de haberla marcado en la sacristía. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que se quedara sentada en su celda esperando a que le dieras permiso para llorar?
—Ella es mi compañera, Gideon —susurró Kaelen, bajando la voz por primera vez —. Mi lobo está aullando. Siente que una parte de nosotros se está desvaneciendo, como si estuviera muriendo lentamente.
—Te diste cuenta un poco tarde de su valor, ¿no crees? —La voz de Selene Vane llegó desde la puerta, cargada de un veneno que hizo que Gideon frunciera el ceño.
Selene entró en la habitación luciendo un camisón de seda roja que no dejaba nada a la imaginación.
Su vientre —el que ella aseguraba que albergaba al futuro heredero de los Iron-Blood— aún era perfectamente plano, pero ella caminaba con una mano sobre él, como si cargara el tesoro más grande del mundo.
—Sal de aquí, Selene —ordenó Kaelen sin siquiera girarse para mirarla.
—No me voy a ir, Kaelen. Tenemos un contrato firmado. Mi padre espera la ratificación final mañana mismo frente al consejo —ella se acercó y puso una mano posesiva sobre el pecho de Kaelen, justo encima de su corazón—. Olvida a esa monja de una vez. Fue solo una distracción momentánea. Lo que sentiste en esa capilla fue solo el celo, puro instinto animal, Kaelen.
Kaelen la apartó bruscamente, sus ojos brillando con un gris eléctrico que hizo que incluso Selene retrocediera un paso.
—No vuelvas a tocarme.
—¡Soy tu Luna! —gritó ella —. ¡Y llevo a tu hijo en mis entrañas! ¿Vas a arriesgar la paz de la manada y el futuro de tu heredero por una mujer que seguramente ya está muerta en alguna zanja del bosque?
Kaelen no le respondió. Caminó al balcón, mirando hacia el bosque oscuro que se extendía hasta el horizonte. El rastro de Evangeline se había desvanecido en el aire frío de la lluvia, pero su instinto le decía otra cosa.
—Ella no está muerta —murmuró para sí mismo, ignorando los gritos de Selene—. Puedo sentirla. Pero se está alejando... y algo en ella ha cambiado. Se siente diferente.
***
Mientras tanto, a cientos de kilómetros de allí, el rugido de un motor era lo único que llenaba el silencio de mi mente.
Me encontraba oculta bajo una lona vieja y polvorienta, en la parte trasera de un camión de carga que se alejaba de todo lo que alguna vez conocí.
El olor a gasolina, aceite y caucho quemado era mi nueva y cruda realidad, reemplazando el suave aroma a incienso, mirra y flores silvestres que me había rodeado durante mis años en el convento.
Llevé mi mano a mi vientre. Aún se sentía plano bajo la tela áspera de mi hábito roto, pero en mi interior ardía algo. Era como una pequeña brasa que se negaba a apagarse, un calor que palpitaba con un ritmo propio.
—Estamos solos —susurré —. Solo tú y yo, pequeño.
El dolor del vínculo con Kaelen Thorne seguía allí, incrustado en mi pecho como un clavo ardiente, pero ya no era una llama viva que me consumía.
Se había transformado en una cicatriz fría. Podía sentir su confusión y su rabia a través de la distancia, una estática molesta que me decía que él me estaba buscando. Que el Alfa no aceptaba haber perdido su juguete.
—Búscame todo lo que quieras, Alfa —pensé con amargura —. Pero ya no encontrarás a la monja que se arrodilló ante ti. Esa mujer murió en la sacristía.
Horas después, el camión redujo la velocidad. Estábamos entrando en la Terminal de Autobuses de la Ciudad de Piedra.
El vehículo se detuvo con un chirrido de frenos que me hizo saltar el corazón. Aproveché el descuido del conductor, que bajó a firmar unos papeles, para saltar al asfalto húmedo.
Mis pies, cubiertos solo por unos calcetines sucios y rotos, ardieron al tocar el suelo frío y lleno de hollín de la ciudad.
Me envolví en el viejo abrigo de lona que había robado del camión, tratando de ocultar mi cuello, donde la marca de Kaelen —aunque invisible para los humanos— se sentía como una quemadura de segundo grado.
—¿A dónde vas, preciosa? ¿Quieres que te acompañe? —Un hombre con aspecto desaliñado y ojos turbios se me acercó en una esquina oscura de la terminal.
No respondí. Bajé la cabeza, ocultando mi rostro tras el cuello del abrigo, y aceleré el paso. Sentí un movimiento brusco en mi interior. Mi loba Kayna, que solía ser pacífica y sumisa dentro de los muros de San Judas, mostró los colmillos en mi mente.
“Mátalo si te toca”, gruñó.
Me detuve frente al escaparate de una tienda cerrada para recuperar el aliento. Mi reflejo en el cristal me devolvió la imagen de una completa desconocida.
Mi cabello, antes largo, cuidado y sedoso, ahora estaba horroroso; me lo había cortado yo misma con un cuchillo romo para deshacerme de la identidad de Sor Evangeline.
Mi rostro estaba manchado de grasa y hollín, pero mis ojos... mis ojos tenían un brillo de acero que nunca antes habían tenido. La inocencia se había evaporado, dejando solo la voluntad de sobrevivir.
Entré en un pequeño baño público que olía a cloro y orina. Me lavé la cara con agua helada. Al mirarme de nuevo al espejo, sentí una náusea repentina y dsegradable que me obligó a doblarme sobre el lavabo.
—¿Tan pronto? —murmuré, tocando mi abdomen con miedo.
Recordaba las leyendas que las hermanas mayores susurraban en el convento sobre las antiguas manadas. Los hijos de un Alfa crecían con una rapidez antinatural si la madre se encontraba en peligro extremo.
Era un mecanismo de defensa de la especie para asegurar que el cachorro naciera antes de que la madre fuera alcanzada por sus enemigos.
—Me estás consumiendo —le dije a mi vientre en un susurro, sintiendo cómo mi energía se agotaba—. Pero no me importa. Te daré todo lo que tengo.
Salí del baño y caminé durante lo que parecieron horas hacia una zona de moteles baratos en las afueras de la ciudad.
—Necesito un trabajo —me dije, mirando con desesperación los carteles de "Se busca ayudante" pegados con cinta adhesiva en las ventanas de los restaurantes de comida rápida.
Finalmente, me detuve frente a una cafetería de aspecto lúgubre que abría las 24 horas. El cartel en la puerta era simple: "Se busca mesera para el turno de noche".
Era perfecto. Nadie hace preguntas en el turno de noche de una ciudad como esta.
Entré. El lugar olía a café recalentado y a grasa de hamburguesa, pero para mí, en ese momento, era el aroma de la libertad absoluta.
Una mujer de mediana edad con el cabello teñido de un rubio cenizo me miró por encima de sus gafas mientras limpiaba el mostrador.
—¿Tienes experiencia, niña? —preguntó, barriéndome con la mirada a de arriba abajo.
—Puedo aprender rápido —respondí con firmeza—. Y le aseguro que no causo problemas. Soy trabajadora.
La mujer se fijó en mi abrigo sucio, que apenas ocultaba los restos de mi hábito roto, y luego en mi cabello trasquilado y desigual.
—Parece que vienes escapando de algo muy pesado, niña. ¿Un novio abusivo? ¿Una familia que no te quiere?
—Algo así —mentí, bajando la mirada—. Solo necesito una oportunidad para empezar de cero.
La mujer suspiró y dejó el trapo sobre el mostrador.
—Mira, te pagaré la mitad del salario mínimo porque no tienes papeles ni identificación, y te daré esa pequeña habitación en la parte de arriba. ¿Te sirve?
—Sí. Me sirve. Muchísimas gracias.
—Bien. Empiezas ahora mismo. Límpiate esa cara en la cocina y ponte este delantal. Te llamas... ¿cómo dijiste que te llamas?
Dudé un segundo. El nombre de "Evangeline Cross, la Luna Sagrada" había muerto y sido enterrado en la sacristía de San Judas, bajo los pies de Kaelen Thorne.
—Cristal —respondí con voz clara—. Solo Cristal.
***
Los primeros días en la cafetería fueron un infierno. Mis piernas se hinchaban por las largas horas de pie y mi loba, hambrienta por el esfuerzo del embarazo, reclamaba carne cruda constantemente, obligándome a apretar los dientes.
Tenía que controlar mis instintos animales para no asustar a los clientes, que solían ser hombres rudos y cansados que a veces intentaban sobrepasarse.
—No me toques —le dije a un camionero enorme que intentó agarrarme de la cintura durante mi tercera noche.
—Vamos, dulzura, solo es un poco de diversión... no seas así —empezó a decir con una sonrisa burlona, pero se detuvo en seco cuando le clavé la mirada directamente a los ojos.
Mis ojos, generalmente marrones y suaves, brillaron con un destello dorado y salvaje por un segundo. El hombre palideció de golpe y retiró la mano como si hubiera tocado hierro al rojo vivo.
—Lo siento... yo... no quería... —balbuceó antes de dejar unos billetes sobre la mesa y salir casi corriendo del local.
—Tienes carácter, Cristal —dijo Mabel, la dueña, observando la escena desde la caja—. Me gusta eso. Pero ten cuidado, este barrio atrae a gente muy peligrosa que no acepta un no por respuesta.
—Sé cuidarme, Mabel. He aprendido por las malas.
Esa noche, al subir a mi pequeña habitación después del turno, me quité el delantal y me miré en el pequeño espejo roto que colgaba sobre el lavabo.
Me levanté la camiseta y mi corazón dio un vuelco. Mi vientre ya no estaba plano. En menos de una semana, parecía que tenía tres o cuatro meses de embarazo. El crecimiento era aterrador.
—Vas a ser un guerrero —susurré, acariciando la piel de mi abdomen que empezaba a tensarse—. O una reina. Pero una cosa es segura: nunca serás un Thorne.