El rugido del motor del deportivo de Kaelen era lo único que rompía la paz del bosque. Habíamos dejado atrás la mansión, los guardias y el perfume sofocante de Damian Volkov. —¿A dónde me llevas, Kaelen? —pregunté, mirando cómo los árboles pasaban a toda velocidad. Él no apartó la vista de la carretera, pero su mano derecha apretó mi muslo con una fuerza posesiva. —A mi santuario, Evie. A un lugar donde el mundo no existe. Solo nosotros. Subimos por un camino privado hasta la cima de la Montaña Thorne. Allí, camuflada entre los pinos oscuros, se alzaba una estructura transparente. Era una cabaña moderna, mínima, con paredes que eran puras ventanas de piso a techo. —Es... increíble —susurré al bajar del auto. —Es transparente, como tú —dijo Kaelen, rodeando mi cintura—. Desde aquí s

