Llegó el día del compromiso. Mía permanecía frente al espejo, con los labios temblorosos y los ojos cargados de una tristeza que no sabía ocultar. El vestido azul que caía sobre su piel parecía sacado de un cuento de hadas; sin embargo, ella sentía que más que un sueño era una condena. Respiró hondo, intentando convencerse de que aquello era lo correcto, aunque en el fondo sabía que no lo hacía por voluntad propia. Al contrario, cada segundo frente a aquel reflejo le recordaba que estaba sacrificando su libertad por una promesa que nunca deseó. Finalmente, bajó las escaleras con pasos lentos, como si con cada escalón dejara atrás un pedazo de sí misma. —Estás hermosa, hija —dijo su padre con orgullo, aunque en sus ojos se escondía un brillo de preocupación. Su madre, en cambio, le son

