A salvo.

2073 Palabras
Hace más de tres días que no lo veo. No sé si es normal, si las prometidas sienten esto, pero yo lo extraño. Extraño a D’Angelo. El modo en que me mira, su voz grave diciéndome “hermosa”, y esa forma suya de acercarse como si el mundo tuviera que detenerse para que él me mire. Falta muy poco para la boda, apenas unos días, y siento como si un hilo invisible me tirara hacia él… cada noche, cada vez que me miro en el espejo. Esta tarde estoy con Viridiana en casa. Ella se tiró en mi cama sin permiso, como siempre, y anda revisando mis cosméticos mientras yo trato de peinarme. Es una escena repetida de nuestra infancia, pero esta vez… hay algo distinto. Supongo que yo ya no soy la misma. —Entonces… —dice con su sonrisa traviesa—, ¿qué tal besa el hijo del Don? Sus cejas oscuras se alzan como si esperara la revelación de un pecado. —Viridiana… —murmuré con vergüenza, bajando la mirada—. No deberías preguntarme eso. —¡Oh, por favor, Alai! Estás a punto de casarte, ya no eres una monjita. Y ese hombre… ese hombre es un poema. Así que habla, que me muero. Me reí bajito, porque no podía evitarlo. Tomé una almohada y se la lancé sin mucha fuerza, pero ella la atrapó como si hubiera ganado un trofeo. —Besa… riquísimo —confesé al fin, y fue como si algo se derritiera dentro de mí al decirlo. —¡Lo sabía! —gritó Viridiana, agitando los brazos—. ¿Y qué sentiste? ¿Mariposas? ¿Tormentas? ¿Fuegos artificiales? —Mariposas. En todos lados. Y algo más… como si me cayera en un pozo y no supiera si gritar o reír. Ella me observó, esta vez con un poco más de ternura. Después se sentó cruzando las piernas. —¿Y te ha tocado? —preguntó más bajito, con cuidado—. ¿O todavía eres… tú sabes, intacta? Me sonrojé hasta las orejas. —Claro que no —respondí rápido, como si la palabra en sí me quemara en la boca—. Me ha tocado la cintura, el rostro… fue dulce. Respetuoso. Viridiana suspiró. —Pues ojalá siga así. Los hombres a veces cambian cuando se creen dueños de algo. —No creo que él sea así —dije, aunque en el fondo una sombra de duda me apretó el pecho—. Tiene algo… sí, algo que da miedo, pero también me hace sentir protegida. Como si estuviera en medio de un huracán, pero el ojo de la tormenta fuera su abrazo. Viridiana sonrió, pero no dijo nada más. Me miró con esos ojos sabios que tiene desde niña, y suspiró. —Te estás enamorando, Alai. Yo no respondí. Porque tal vez… era verdad. Después de que Viridiana se fue, la habitación quedó en silencio. Me quedé mirando las flores bordadas de mi vestido de casa, aún con el rubor en las mejillas por todo lo que habíamos hablado. Estaba tan perdida en mis pensamientos que no escuché la puerta abrirse. —Alai —dijo la voz firme de mi tía Greta. Me giré. Entró con paso decidido, su vestido de lino claro impecable, el peinado perfecto, y esa expresión de urgencia envuelta en elegancia que siempre me inquietaba. —Necesito hablar contigo —declaró, sin rodeos. Asentí, y me senté con las manos juntas sobre las rodillas, como me enseñó. Mi tía cerró la puerta tras de sí y caminó hasta el borde de la cama. Se sentó y me observó, como si midiera cada parte de mí con una mirada crítica. —La boda será en menos de dos semanas. Y tú… mi niña… vas a convertirte en la esposa del heredero de Sicilia. ¿Sabes lo que eso significa? —Sí, tía —dije con voz baja. —No, no lo sabes —replicó con sequedad—. Porque si lo supieras, no me harías repetir siempre lo mismo. Escucha bien: por tradición, nosotras debemos cubrir parte del costo de la ceremonia. No somos nobles, no somos ricas, pero debemos estar a la altura. Necesito que le pidas dinero a D’Angelo. Mis ojos se agrandaron. Sentí cómo la sangre se me helaba. —¿Pedirle dinero? —Por supuesto —respondió ella, como si fuera lo más lógico del mundo—. Eres su prometida. Su futura esposa. ¿Qué crees que significa eso? —No puedo hacer eso —murmuré, sacudiendo la cabeza—. Es humillante. Él pensará que solo estoy con él por interés. Y no sería correcto… Tía Greta se rió. Una risa fina, seca, como un aplauso frío en medio de la vergüenza. —¿Correcto? Ay, Alai… ¡no estamos hablando de un muchacho cualquiera! ¡Es un Santoro! ¿O ya lo olvidaste? ¿Olvidaste todo lo que te enseñé? ¿De qué sirven las clases de canto, los modales, los concursos… si no sabes usar tu belleza? —No es eso —susurré, con los ojos fijos en mis manos—. No quiero que él piense mal de mí. Apenas confía en mí. Mi tía entrecerró los ojos, como si evaluara mi respuesta con desprecio. —¿Acaso ya se acostaron? Abrí los ojos con espanto. —¡No! ¡Tía, no! Eso… eso no está bien… Ella se levantó de golpe, dio unos pasos por la habitación, como si no pudiera creer lo que oía. —¡Eres una tonta! —espetó, bajando la voz solo lo justo—. ¿Qué parte de “asegura tu lugar” no entiendes? Él puede cambiar de opinión en cualquier momento, Alai. ¡Tiene opciones! Mujeres con apellido, con poder. No puedes darte el lujo de ser casta como una santa cuando estás a punto de ser la esposa del futuro Don. Me mordí el labio con fuerza. Sentí una punzada en el estómago. —Él ha sido bueno conmigo… —intenté defenderme. —¿Y qué crees que significa eso? —su voz ahora era venenosa—. Los hombres son buenos hasta que dejan de serlo. Un Santoro puede darte el mundo, o quitártelo en un suspiro. Tienes que hacer que dependa de ti, Alai. De tu ternura. De tu piel. De lo que sólo tú puedes ofrecerle. Me quedé en silencio. Las lágrimas me ardían en los ojos, pero me negué a llorar frente a ella. —Piensa bien en lo que te digo —añadió, ya más tranquila—. Esta boda puede salvarnos a ambas… o arruinarte para siempre. Bajé al jardín con paso lento, como si el sol pudiera aliviar el nudo que tenía en el pecho. La tarde estaba hermosa. El aire olía a jazmines y lavanda, y por un instante, quise fingir que todo era normal. Que yo no estaba a punto de casarme con un hombre al que apenas conocía, que mi tía no me presionaba cada día con sus palabras frías y sus planes calculados. Que nadie me había enviado una nota firmada por “el Diablo” prometiendo muerte a quien me tocara. Me senté en uno de los bancos de piedra, acariciando con los dedos la falda de mi vestido de lino claro. Mi tía, desde la galería, se puso los guantes y anunció con voz alegre: —Saldré a hacer unas compras. No tardo. Compórtate, Alai. Solo asentí. No pregunté adónde iba. No tenía fuerzas. Pasaron unos minutos, o quizás más, cuando escuché el motor de un coche detenerse al otro lado del portón. No esperaba a nadie. Me puse de pie, algo inquieta. Y entonces lo vi. D’Angelo. Vestía traje oscuro, el cabello ligeramente despeinado por el viento, la mirada seria y esa presencia suya… tan firme que parecía llenar el aire. Caminó hacia mí con paso seguro, y yo me quedé congelada, sin saber si debía correr a saludarlo o esconderme. —¿Qué haces aquí? —pregunté, con voz suave. Se detuvo frente a mí, estudiando mi rostro. —Tu tía me mandó llamar —dijo—. Pero no me dio muchos detalles. Solo dijo que debía venir cuanto antes… y que tú estarías aquí. ¿Estás bien? Asentí con torpeza. —Sí… solo necesitaba un poco de aire. No me dijo nada más. Solo dio un paso y, sin avisar, me abrazó. Su abrazo fue firme. Protector. Su brazo rodeó mi cintura, su mano subió lentamente por mi espalda hasta mi nuca. Yo cerré los ojos, respirando su perfume, sintiendo cómo mi corazón se rendía al contacto. —¿Qué pasa, cariño? —me susurró, junto a mi oído—. Quiero que confíes en mí. Si hay algo que te molesta, que te incomoda, quiero saberlo. Estoy aquí para ti… no solo como tu prometido. Como el hombre que quiere cuidarte. Entonces lo miré a los ojos. Esos ojos azules, tan intensos y claros, como el hielo cuando aún no ha sido tocado por la luz. No sabía si decirle todo. Si contarle lo que mi tía me había pedido. Si confesar que tenía miedo. Que cada día me sentía más pequeña, más usada. Pero en lugar de hablar… solo asentí. Y me aferré un poco más a él. Porque en ese momento, en sus brazos… me sentí un poco menos sola. D’Angelo me abrazaba como si pudiera protegerme del mundo entero. Mis manos descansaban sobre su pecho y su perfume, ese aroma a maderas nobles y algo más cálido, me envolvía. Cerré los ojos unos segundos hasta que sentí sus dedos acariciar lentamente mi cabello. —¿Qué pasa…? —preguntó con voz baja—. ¿Estás arrepentida? Abrí los ojos y negué suavemente con la cabeza. No, no era arrepentimiento. Era miedo. Confusión. Una lucha constante entre lo que siento y lo que no entiendo. D’Angelo sonrió apenas, como si esa respuesta le bastara. Dejó un beso lento en mi frente y entonces metió la mano en el bolsillo interior de su saco. Sacó un sobre blanco y lo colocó sobre mis manos. —Quiero que pongas la cantidad que necesites —dijo con tono sereno—. Para el vestido, las flores, lo que haga falta. No quiero que tengas que preocuparte por nada. Lo miré, abriendo ligeramente los labios. —No… no puedo aceptar esto. No quiero que pienses que te uso. —Alai —me interrumpió con una dulzura que me dejó sin aire—. A mí el dinero no me importa en lo más mínimo. Lo único que me importa eres tú. Tú y esta boda. Y quiero que todo sea perfecto. Quise hablar, pero no pude. Las palabras se me atragantaron. Bajé la mirada, con ese nudo en el pecho que no me dejaba en paz desde hace días. —Me siento mal —murmuré. —¿Por qué? —preguntó, tomando mi rostro entre sus manos con ternura. Lo miré, y fue entonces cuando decidí decirlo. No podía seguir callando. —Hay… hay algo más. Hay un hombre. No sé quién es. Solo sé que se hace llamar el Diablo. Y creo… creo que él fue quien mató a Fontana. No lo sé con certeza, pero… me dejó una nota, y dijo cosas horribles. Y tengo miedo. Miedo de que quiera hacerte daño a ti, D’Angelo. Él se quedó en silencio por un segundo. Su expresión cambió. Sus ojos se volvieron más fríos, más intensos. La ternura se transformó en una especie de autoridad silenciosa. —No quiero que tengas miedo —dijo al fin, con voz grave—. Sé quién es. Y te prometo, Alai, que no te tocará. No me hará daño a mí, ni a ti. Nadie se interpondrá entre nosotros. —¿De verdad… sabes quién es? —susurré. —Sí —respondió, mirándome a los ojos con una firmeza que no había visto en él hasta ese momento—. Y créeme… él sabe que tú ahora me perteneces. Y que conmigo, nadie juega. Me abrazó de nuevo, esta vez con más fuerza. —Nos casaremos, Alai —susurró contra mi oído—. Y cuando seas mi esposa, nadie… ni siquiera ese miserable… podrá acercarse a ti sin pagar las consecuencias. Y en ese momento, lo creí porque aunque aún no lo entendía todo, sentí que estaba a salvo. Por ahora.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR