Miedo que arde.

806 Palabras
A la mañana siguiente, el desayuno con tía Greta fue tan silencioso como siempre... hasta que cometí el error de colocar el tenedor del lado equivocado. —¿Vas a cortar el pan como si fueras una campesina? —murmuró sin siquiera levantar la vista de su taza de té—. La gracia también se demuestra en lo pequeño, Alai. —Perdón, tía —susurré, corrigiendo mi postura de inmediato. Ella comía con una elegancia natural, como si todo en su cuerpo hubiera sido tallado para el refinamiento: la muñeca recta al sostener la copa, el gesto pausado al saborear el café, la mirada rápida cuando algo la disgustaba. Respiré hondo. Me armé de valor. Y solté la pregunta. —¿Tía... el Don tiene hijos gemelos? El tintineo de su cucharilla cesó en seco. Greta me miró. No con sorpresa. Sino con molestia. —¿Desde cuándo te interesan los Santoro? —Es solo curiosidad —dije, bajando la mirada—. Escuché algo ayer, en la fiesta… Ella dejó la taza con lentitud, casi teatral. —Yo también te vi en la fiesta. Muy pendiente de D’Angelo. Sonreías demasiado. —Sus labios se fruncieron con exactitud quirúrgica—. No quiero confusiones en tu cabeza, Alai. Ese hombre está comprometido con una muchachita de apellido importante. Una unión pactada, necesaria para mantener alianzas. No es asunto tuyo. —No tía, claro que no… yo no... —balbuceé, sintiéndome de pronto muy pequeña. —No debes coquetear con hombres así. No pertenecen a nuestro mundo —continuó ella con calma, pero con la firmeza de una sentencia—. No te dejes envolver por sonrisas, ni palabras bonitas, ni miradas de seda. Ellos se alimentan de la inocencia de muchachas como tú. Te hacen sentir única... y cuando han tenido lo que desean, se marchan sin mirar atrás. La vergüenza me subió al rostro. No sabía si era por la pregunta, por D’Angelo, o por lo que había sentido al ver a su reflejo oscuro en aquella cafetería. —Tú vales mucho más que un suspiro bajo la luna —dijo entonces, más suave, como si intentara tocar algo en mi alma—. Me he matado criando tu imagen. Tu reputación. Tu cuerpo. No permitiré que te lo arruines por un capricho. No dije nada. Solo asentí en silencio, mientras apretaba la servilleta entre los dedos. Mi tía Greta insistió en acompañarme esa mañana a la academia. Como siempre, llevaba sus gafas oscuras y su abrigo beige perfectamente entallado, como si cada día fuera una presentación ante el Vaticano. Durante el trayecto me habló sobre las alumnas que desafinan en público, y cómo las humillaciones pueden arruinar carreras enteras. Yo asentí, en silencio. Al llegar, me besó en la mejilla —una frialdad calculada, casi simbólica. —Recuerda quién eres, Alai. Y lo que no puedes permitir. Después se marchó. Apenas crucé el portón, sentí que podía respirar. Como si el aire fuera menos denso sin su perfume de rosas viejas envolviéndome. Vi a Viridiana sentada cerca del piano, con su moño alto y su típica sonrisa de escándalo. —¡Alai! —exclamó, alzando una ceja—. Hoy vienes más bonita que de costumbre. ¿Es por alguna razón que no me estás contando? —No digas tonterías —respondí, sonriendo sin querer. Ella siempre conseguía que sonriera, incluso cuando no debía. Charlamos apenas unos minutos. Me contó que su madre había soñado con un sacerdote desnudo —su manera de decir que algo terrible iba a pasar— y que su primo había preguntado por mí otra vez. Yo solo reí nerviosa y le prometí que luego le contaría un secreto. No era verdad, pero así la despistaba. Caminé hacia los vestidores. El pasillo estaba vacío. El eco de mis pasos se multiplicaba en las paredes como si me siguieran sombras. Entonces lo vi. Sobre mi casillero.Una rosa negra, perfecta. No marchita y debajo, una nota doblada con precisión. Mi pulso se aceleró. La tomé con manos temblorosas. La letra era fina, inclinada, elegante... y sin embargo, algo en ella me heló la sangre. > “Las flores más puras se cortan de noche. No por maldad, sino porque nadie las merece al sol. Alai… tu voz me atormenta. Tu cuerpo me llama. No me provoques más, o no podré contener lo que he estado deseando. Tu Diablo.” El papel tembló entre mis dedos. Quise reír. Pensar que era una broma. Tal vez Viridiana. Tal vez alguna alumna fastidiosa. Pero no, nadie sabía. Nadie podía saber. Ese nombre. El Diablo. El que vi en la cafetería.El que me miró como si ya me hubiera desnudado con los ojos. El que me salvó aquella noche… y me dejó con un miedo distinto. Uno que no dolía. Uno que ardía.
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